Contracrítica de Clímax (2018): Ácido en los ojos

Año: 2018 | Dirección: Gaspar Noé | Producción: Brahim Chioua, Richard Grandpierre, Vincent Maraval, Edouard Weil | Guion: Gaspar Noé | Fotografía: | Reparto: Sofia Boutella | Género: Musical, Drama | Duración: 95 min

Clímax

No vamos a descubrir a estas alturas a Gaspar Noé, uno de los directores más personales y polémicos de la historia. Sus películas escandalizan y enamoran a partes iguales. Algunas de sus escenas son algunas de las más bestias que se hayan rodado jamás. Su legión de fans adora la locura y el sadismo de sus imágenes. Vamos, que es un autor puro y duro. Con ustedes Clímax.

CONTRACRÍTICA DE CLÍMAX: LA BELLEZA DEL EXCESO

Vi Clímax en el Festival de Sitges 2018. Recuerdo mirar el reloj a la hora de empezar la película y que tenía una pareja al lado comiendo galletas príncipe (cosas que se encuentra uno en el cine). Salí un poco frío. No así mi amigo, al que la película le entusiasmó. Decidí darme un tiempo para comprobar si la película me iba a acabar gustando. Año y medio después, llegó el ya mitificado confinamiento. Aquellos tres meses me fueron productivos por el mero hecho de haber revisionado algunas películas que tenía pendientes. Una de ellas era Clímax, la cual no había vuelto a tocar desde aquel octubre de 2018.

ClímaxVER CLÍMAX EN FILMIN

Creo firmemente que una película es muy complicado que pase a ser de tus favoritas si no la ves varias veces. Revisitar los mundos que proponen hace que te des cuenta de detalles que de primeras es imposible que percibas. Con Clímax me pasó algo similar. De entrada, los dos primeros planos secuencia me enamoraron. Son de una exuberancia artística envidiable. Sobre todo el primero, que presenta a un grupo de jóvenes con unos dotes para el baile que apasionarán a todo aquel que abra su mente. Y si a este apabullante inicio le añades canciones de Daft Punk (Thomas Bangalter, uno de los dos integrantes del mítico dúo, es colaborador habitual de Noé), el espectáculo está servido.

La segunda vez que salí de Clímax fue preciosa porque que consiguiera salir de ella significó que había conseguido entrar; eso no me sucedió en Sitges 2018. El mundo caótico, primitivo, violento, visceral y bañado en LSD que Noé crea en Clímax es una experiencia sensorial única que merece todas las alabanzas imaginables. El cuerpo de la película en sí empieza a los 30 minutos de metraje. Hasta ese momento, hemos visto dos planos secuencia de bailes extremos y dos secuencias de presentación de personajes. La posterior hora es como ácido en los ojos. Un plano secuencia (ya vemos que a Noé le entusiasman) descontrolado que lleva al extremo al espectador. Es como una barrera invisible que hay que derribar para disfrutar plenamente de la obra. A medida que pasan los minutos, el caos comienza a opacar todo lo racional.

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Ver Clímax no es una experiencia agradable. Es única, dolorosa y apasionante, pero no agradable. Es como echarse ácido en los ojos durante una hora y media. Sufres cuando no entras, pero una vez consigues sumergirte en ella, Noé te coge y no te suelta. Jamás la fiesta de una película había traspasado la pantalla con tanta fuerza.

9/10