Iniciamos esta nueva sección, Films en Stereo, con un análisis de la banda sonora de Blade Runner y Blade Runner 2049; Vangelis y Hans Zimmer cara a cara.

Hay películas que podrán pasar a la posteridad por ser recordadas como auténticas obras maestras de su época. Otras alcanzarán el Olimpo por su originalidad, crítica social o contenido transgresor. Podrá ser que haya algunas que centren sus esfuerzos en albergar un buen fondo y, en cambio, también se hablará de aquéllas que, sin un mensaje significativo, sean poesía visual para el telespectador.

Todas ellas habrán alcanzado más o menos éxito siguiendo diferentes direcciones. Sin embargo, existe un aura, una regla no escrita, que inicia los pasos del misterioso camino para alcanzar la gloria cinematográfica: una banda sonora que la acompañe.

Así, desde Cinéfilos Frustrados, iniciamos un nuevo libro de críticas cinematográficas cuyo contenido principal será el análisis de las bandas sonoras del séptimo arte con el objetivo de compartir con vosotros lo que ellas son capaces de transmitir. Para ello, haremos uso de la imaginación y la memoria, recordando momentos puntuales a través de sus canciones.

Iniciamos este libro con una comparativa entre Blade Runner: replicantes Nexus 6 clandestinos que no desean morir; frente a K, portador de un inquietante secreto de fertilidad que podría eclosionar en una lucha de especies.

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Desde el punto de vista de la caracterización de los personajes y el ambiente en Blade Runner 2049, la selección del repertorio musical escogido por Hans Zimmer quizás podría ser uno de los mayores aciertos de la obra en su conjunto. Aquí, quisiera hacer mención especial a Wallace, cuya potencia efectista permite trasladarnos momentáneamente al mundo faraónico del Imperio Egipcio y sucumbir ante el poder del propio personaje.

Los tonos fríos y oscurecidos propuestos en la fotografía de la película visten armónicamente de sonidos creados de manera artificial – sintetizadores digitales, en su gran mayoría –   que le otorgan un clima de nerviosismo y angustia ante las imágenes de masificación; por un lado, de las grandes compañías que dominan el mundo del 2049 y, por otro lado, la total ausencia de emoción de la sociedad en la que conviven humanos, replicantes y avatares virtuales. Pocos instrumentos no filtrados pueden escucharse en la propuesta de Zimmer para la obra. Tan escasos como las sensaciones de humanidad transmitidos en los personajes.

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Si el repertorio que hemos mencionado bien podría calificarse de notable en su secuela, la propuesta de Vangelis para la película estrenada en Estados Unidos en el 1982 da perfectamente en el clavo: sobresaliente. La obra de Ridley Scott habla sobre la necesidad de sentir emociones para distinguir a los seres humanos de las máquinas, de tener un alma. Aquí, la combinación de instrumentos naturales, junto con ruidos característicos del mundo industrial e informatizado, se entremezclan de manera brillante generando una dualidad hombre-máquina muy en la línea argumental del film. Canciones como Memories of Green podrían estar siendo interpretadas en la actualidad bajo la misma influencia de ruido externo que el propuesto en el arreglo del afamado compositor griego: una melodía acompasada por el fervor y la agitación del día a día en pleno siglo XXI.

Pasando a analizar la biblioteca de instrumentos utilizada en cada una de ellas, Vangelis tuvo claro que, en su propuesta, no podía faltar ningún sonido característico de cada familia instrumental. Podemos encontrar pianos, filtrados y nítidos; arpas para los arreglos en las altas frecuencias; metalófonos, saxos y, como instrumento estrella, el sintetizador Yamaha CS-80 con el cual este compositor abarrotó los estudios Nemo que él mismo creó.

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Todos los sonidos propuestos con sus distintos matices quedan superpuestos en una maravillosa post-producción llevada a cabo con mimo y cariño. Son estos detalles los que hacen que cada pieza sea predominantemente compleja: basta con escuchar dos veces la misma pista para descubrir arreglos musicales que tu oído no había percibido antes. Blade Runner Blues es absolutamente sensacional en el sentido de que el oyente puede darse cuenta de que, en ciertos momentos, se ha añadido un nuevo sonido que dura exactamente lo mismo que lo que se tarda en percibirlo.

– Aquí un video en el que se ve a Vangelis hablar de la complejidad del sintetizador polifónico de Yamaha –

La banda sonora en su conjunto recuerda influencias con el rock progresivo de los 70 abanderado por grupos como Pink Floyd o Genesis; en cuyos arreglos se puede escuchar diálogos reproducidos en modo continuo, al igual que en algunas canciones de la película. Abajo dejamos el enlace de la canción, en la que parece que Roger Waters vaya a arrancar en algún momento que otro con su famoso “Remember when you were young…” de la canción Shine on you crazy diamonds.

En cambio, la propuesta de Zimmer para la película ambientada en el 2049 es escasa en su contenido musical; sencilla en lo referente a acompañamientos y superposición de líneas melódicas paralelas – continente – y simple en su post-producción. La estructura repetida hasta la saciedad por el compositor alemán comienza generalmente con una línea de bajos con la patente Zimmer en cada uno de ellos, un acompañamiento de agudos repletos – a mi gusto, en exceso, como en Joi – de filtros resonadores que consiguen una envolvente acústica efectiva pero que aburre transcurrido un tiempo determinado. Así, una vez generado el background musical, se incorpora el cuerpo junto con la melodía principal de la pieza. Todo ello pasado por un efecto de realimentación en la producción y una dinámica creciente con su zenit acompasado con las imágenes de la película. De ahí, a mi juicio, su eficacia.

Rompiendo una lanza a favor de éste, es cierto que el jugo exprimible de la antigua Blade Runner era más dulce en el sentido de que la trama argumental y el montaje del director daba más profundidad a la composición de melodías con una armonía más amistosa para el oyente que la visión de Villeneuve para la segunda película de la saga. El New Age en el que se engloba al compositor griego es de un tono más relajado y confortable en su escucha que la propuesta de Hans Zimmer.

EL DIVÁN DEL SONIDO: Rachel’s Song

El espectáculo musical comienza con la simulación de una brisa desértica mediante una combinación de filtros paso bajo y de resonancia en el que este último hace un barrido por el dominio de las frecuencias sin sobrepasar un valor concreto que le otorga la dinámica y el timbre de lo ya mencionado: el sonido del viento, el sonido de la nada.

Rachel se encuentra inmersa en su dilema del ser y, al poco tiempo, suena una maravillosa percusión metálica al compás del tiempo que nos recuerda que la vida pasa de forma incesante, sin que nosotros podamos remediarlo. La melodía comienza a florecer arreglos hasta que, desesperadamente, nuestra protagonista se ve obligada a expresarse a través de un canto cargado de dudas y de tristeza: “no sé quién soy, ni si soy lo que quiero querer creer. No quiero creer lo que dicen de mí, quiero pensar que tengo alma, que mis recuerdos son tan reales como los que creo haber vivido”.

El canto desemboca en un sintetizador tocado en una escala de tonalidad aguda, imitando el gemido de un lloro. Con la misma unión que un relámpago y la sombra de su trueno, las lágrimas caen en el segundo compás al ritmo percusivo de lo que podría ser un metalófono, acompasando a su creador.

Vuelve Rachel a expresarse en su canto, esta vez diciéndose a si misma que sea fuerte, que se deje llevar. Es aquí cuando entra el coro de las angustiadas almas y la melodía se vuelve más mortífera, oscura e incierta; éstas atrapan a nuestra protagonista hasta que suena un nuevo arreglo de notas ascendentes que culmina en un resplandeciente tintineo de metales en el que todo se desvanece… Incluso el tiempo.

GRANDES TRABAJOS IGNORADOS EN LOS OSCAR: EFECTOS ESPECIALES (VOL.I)

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