Después de 7 entregas durante 29 años la saga Muñeco Diabólico se apunta por fin a la moda de los remakes (o reinicios, si el asunto triunfa) con una propuesta que, lejos de ser la panacea, por lo menos justifica una visita al cine siempre que seas fan del género slasher.

Existen muchos deportes de riesgo en esto del mundo cinéfilo y uno de ellos es, sin duda, el ser fan del género slasher. A veces todo va como la seda pero, desgraciadamente, el tormento habitual incluye un primer envite más que correcto, unas secuelas pasables y finalmente un pozo amargo repleto de entregas que sólo sirven al sadismo completista del pobre aficionado al género (y me incluyo en él, conste). Muñeco Diabólico, aunque transitó por esa parte final con alguna que otra sorpresa, era la única de las grandes que aún se mantenía fiel a la original de 1988 como punto de partida.

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En los últimos años hemos asistido a varios remakes de los clásicos originales de los años setenta y ochenta (por partida doble en el caso de nuestro amigo Michael Myers) y en un par de casos tan significativos como los de Jason Voorhees y Freddy Krueger los responsables (ni más ni menos que Michael Bay y amigotes) parecieron no entender absolutamente nada de lo que hizo tan grandes aquellas entregas inaugurales: remakearon de la peor manera posible. Sin personalidad alguna.

Entonces, ¿qué tiene esta nueva Muñeco Diabólico para que sea, netamente, superior a otros intentos similares? Pues algo nuevo, aunque sea un matiz, que convierte a este film en una propuesta con personalidad y alejada de facto de sus predecesoras. Ya lo vimos en los trailers: en esta ocasión no se trata de un asesino atrapado en un muñeco sino un muñeco real con problemas de funcionamiento. Y eso lo cambia todo. Para mal, claro, pues perdemos la personalidad (aunque fuera la de un psicópata) del antiguo Chucky, pero también para bien, pues ganamos una narrativa completamente nueva.

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La parte negativa se me antoja casi un mal necesario. Replicar lo ya visto sabemos de sobras donde suele llevarnos (Michael Bay, una vez más, mostrando el camino), y sin duda un Chucky inhumanizado nos priva de esa conexión personal con sus objetivos, con su propósito (no lo olvidemos: no quería quedar atrapado para siempre en ese cuerpo de muñeco), pero Lars Klevberg, y el guión de Tyler Burton Smith, se atreven con esa renovada premisa y salimos ganando más de lo que, seguro (no dejamos de insistir, sabemos como acaba esto), perderíamos con un remake al uso.

Del reparto actoral destacamos interpretaciones y personajes genéricos, aceptables para este género, con un plantel de chavales que dan poca rabia (y una Beatrice Kitsos que ya vimos en la segunda temporada de El Exorcista), y un Mark Hamill que presta su voz (en la versión original, claro) a Chucky. Primero piensas que no surte el efecto deseado pero…

Para rematar, este nuevo Muñeco Diabólico no sólo es un asesino la mar de efectivo (y todas sus víctimas debían, según su criterio, morir), sino que el guión de Burton Smith roza con los dedos cierta auto consciencia, hay una hábil doble lectura del mundo millennial (digamos que adultos y jóvenes van a reírse por distinto motivo), buenas dosis de humor sin llegar a la comedia, menciones a la cultura popular reciente (y una genial pero ya no tan reciente) y, lo mejor, guionista y director nos ahorran cursiladas varias que, a veces, parecen ingrediente suficiente para estropear un film de tan plácido (y sangriento) propósito como este Muñeco Diabólico. ¡Ah! Y un tercer acto que nos recuerda el final de aquella segunda entrega de la saga.

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Reseña Panorama
Puntuación general
6

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