Año: 1998 | Dirección: Joel CoenEthan, sin créditos— | Título Original: The Big Lebowski (El Gran Lebowski) | Producción: Ethan Coen —Joel sin créditos—| Guion: Ethan y Joel Coen | Fotografía: Carter Burwell | Reparto: Jeff Bridges, John Goodman, Steve Buscemi, Julianne Moore, Philip Seymour Hoffman | Género: Comedia | Duración: 117 minutos

¿De qué se trata El gran Lebowski? Algún desprevenido dirá que es acerca del Dude (Jeff Bridges) al que le mean la alfombra, y él con la fuerza de sus convicciones quiere ser resarcido. En su misión hay millonarios con sus chicas trofeo secuestradas e hijas artistas conceptuales; porno, filantropía y sexo por conveniencia; rusos blancos y porros; Vietnam, Irak, boleras y coches: América.

That rug really tied the room together.

—The Dude

En el Western se hizo popular que en los fotogramas previos a algún duelo un arbusto fuera lo único con la carencia total de interés por lo que iba a ocurrir como para rodar y rodar hasta atravesarse entre los contendores. El cine de los Coen ha sido etiquetado como nihilista y cínico cuasi usados como sinónimos (?), como ese arbusto hecho una expresión artística carente de principios y sinvergüenza. Pero Ethan es filósofo y le gusta bromear. El gran Lebowski es su explicación del cinismo a la manera de Diógenes Laercio, que lo definía como una forma de vida que nace en los momentos de crisis para transformar la corrección en desgarramiento, y en casos extremos en relajación.

Y aquí nos encontramos, ante este trabajo que habla más por su forma que por su fondo.

El Gran Lebowski (01)

¿Será porque al coger la realidad para llevarla al cine todo se hace caricatura en estos directores? La cinefilia, aunque sea frustrada a ratos, cerciora que el Dude y Walter (John Goodman) existen. En El gran Lebowski es fácil encontrar también los elementos del cine noir tan de ellos: el Dude, Walter y Donny (Steve Buscemi) son al uno la pandilla que deviene en investigador inepto; la femme fatale, la dama en peligro es Bunny Lebowski (Tara Reid); el dinero que parece fácil; y toda la serie de eventos inesperadamente concatenados que llevan al fracaso. Claro, el Dude no es el tipo elegante. Es un simple hippy al cual solo le interesan tres cosas: los rusos blancos, los porros y jugar a los bolos; así, de entrada, un incompetente.

En su búsqueda de recompensa por lo sucedido a su alfombra, él, enfundado en su bata, conoce a Brandt (Philip Seymour Hoffman), el secretario privado del fantoche Jeffrey el gran Lebowski (David Huddleston). En plena grandilocuencia del discurso neoliberal e individualista del gran Lebowski, nuestro héroe realiza una escena icónica hecha gif para el “deal with it”. Bunny con sus bellos pies coquetea, los nihilistas —Flea entre ellos— asoman. La oportunidad toca la puerta: Bunny es secuestrada. Pero mientras se llega el momento de intervenir nada mejor que ver bailar a Jesús (John Torturro) al son la versión de ‘Hotel California’ de los Gypsy Kings. El Dude vuela en su alfombra lisérgica, la fotografía ya sale del convencionalismo con ángulos increíbles. Pero la historia, si es que la hay, sigue con el esfuerzo hercúleo de nuestra pandilla para no lograr nada. Para qué si hay una bolera abierta. ¡Un ruso blanco por favor!, que llega la noche y hay que jugar. La oportunidad insiste en boca de Maude Lebowski en tanto entendemos que el Dude y el gran Lebowski no son tan diferentes en lo que respecta a trabajar. Todo manipulado. El Extraño (Sam Elliot) suelta su discurso.

Pero ese, el fondo y su historia, no son el punto. Porque no hay mucho de eso acá.

La forma es lo importante, como sabemos el medio es el mensaje. Lo es por cuanto a través de la forma que los Coen comparten su diversión con la audiencia a costa de su chapa de cínicos. Si Roger Ebert dijo que el cine negro era el género cinematográfico por excelencia en los Estados Unidos, Joel y Ethan le agregan el boliche y Vietnam y los coches. La gringada es total cuando la fiesta de Jackie Treehorn (Ben Gazzara) termina para el Dude en un viaje donde protagoniza un musical que mezcla bolos y porno con Maude animados por ‘Just Dropped In’ Kenny Rogers. Luego el Dude confieza el asunto de los Siete de Seatle (la historia del verdadero Dude). Se hace evidente entonces que la manera de cine negro, con su oscuridad, con sus mujeres manipuladoras y peligrosas, con su desasosiego, es la manera en la que los directores dicen que mostrarse alejados de la realidad, en el duermevela de tragos y canutos, es su forma de mostrar a una sociedad aletargada; pero que puede, si quiere, entender de qué y cómo van los asuntos. Ese es su cinismo, la reacción al despropósito. Como el auto del Dude es la metáfora que arranca en hierro viejo, seguirá el camino menguante en el metraje hasta arder bajo las luces de neón en el último tercio.

El Gran Lebowski (02)

Otra vez en la pista de bolos. Vemos el maderamen, vemos la maquinaria hacer su magia con los pinos y trayendo la bola. ¿Fue una buena historia? El Extraño lo afirma, porque “esta es la comedia humana perpetuándose por generaciones”. Ethan y Joel hacen esta joya y sin salpicarnos de sangre explican el cinismo resumido: al Dudel el mundo le resbala, pero se hará moler por su alfobra. Y, sin que nos demos mucha veces cuenta, los directores vuelven a las obstinaciones de siempre, que también son las de todos. Porque aunque no entendamos muchas de las cosas de su sociedad estadounidense, como esa relación con los bolos, la solución que proponen para vivir en este mundo en perpetua crísis sigue siendo válida: el cinismo, que se hace risa para no dejar paso a la violencia.

Crítica de El Joven Karl Marx (2017): El Comienzo del Legado

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Reseña Panorama
El Gran Lebowski (1998)
8.5
Soy un colombiano que entiende el porqué de nuestro top of mind: Shakira y la farlopa. Mas entender no es compartir y menos aceptar. Ingeniero por confusión, MBA por necesidad, filósofo, mountain biker y amigo de curiosidad. La que me hizo melómano, cinéfilo y lector junto a las ganas de probar el mundo. Así se llega a un par de cosas que dejan a los sentidos disfrutar, como escribir tratando de no perder la elegancia en ello.