HBO, incluyendo su filial española, han estrenado por fin la largamente esperada serie The Nevers. La última creación (sin necesidad material previo ni adherida a ninguna franquicia existente: lo que viene siendo un bicho raro hoy en día) de Joss Whedon debuta con un episodio piloto que cumple su función introductoria, planta las semillas de lo que está por venir, alienta  al enganche y por encima de todo conjuga una nueva iteración de la fórmula whedonita.

Quien ha seguido la carrera de Joss Whedon en televisión, cubierta casi por completo (el casi es por sus años formativos en Roseanne o sus presencias a modo de pasatiempo en The Office y Glee), por series completamente originales (incluida, claro, The Nevers), tiende a la unificación de criterios cuando se trata de recordar como han ido sus obras: cada una de ellas, con una sola y gloriosa (aunque fatídica) excepción despegaron hacia su forma definitiva tras un periplo de aproximadamente una temporada entera. Buffy se convirtió en ese hito cultural allá por su segundo año; Angel se encontró a si misma en su segundo año; Dollhouse se reinició en su sexto episodio; y si añadimos Agents of SHIELD, la cosa implosionó allá por la mitad del primer año. Esa excepción que decíamos es, por supuesto, Firefly y su extraordinario piloto rodado en una cadencia de meses en los que Joss Whedon escribió y dirigió el musical de Buffy, el episodio ballet de Angel y el mencionado piloto de Firefly. Menudo año.

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¿Es Touched un comienzo habitual para Whedon o es otro caso Firefly? Decididamente tiende más a lo segundo. Acercarse a esa conjunción astral de guión, dirección, casting y química instantánea surgida en Firefly es imposible. Pero The Nevers y su piloto de entrada no pueden jugar en la misma liga. Median sólo (o mucho si uno es joven) ocho años entre el anterior piloto rodado por el guionista de Toy Story, cuando en 2013 estrenó Agents of SHIELD, pero una eternidad en cuanto al panorama televisivo. En aquel entonces SHIELD pertenecía al ya decadente sistema de emisión generalista (22 episodios por temporada) mientras que The Nevers, una producción completamente millonaria en la privada HBO, se ejecuta a modo película de 10 (ahora 12) episodios. El piloto, en efecto, debe ponernos en situación pero también debe empezar a cubrir etapas: en ello media, además, un tipo de espectador que ha perdido la paciencia para apreciar la televisión serializada. The Nevers, con consecuencia, empieza yendo considerablemente a por faena.

Joss Whedon nos sumerge en Londres de finales del siglo XIX con una introducción, de casi cinco minutos, partida entre 1896 y 1899. En la primera secuencia de imágenes asistimos a la llegada del evento misterioso que baña Londres de unas extrañas partículas de colores. Buena parte del elenco principal reacciona ante ese fenómeno salvo nuestra protagonista, Amalia True (Laura Donnelly), cuyo suicidio (en circunstancias que quedan de momento sin explicación) queda felizmente abortado cuando saltamos en el tiempo y vemos que despierta en el suelo de una enorme casa. Todavía sin diálogo alguno, pero con un tono completamente opuesto, acelerado por la bella composición de Mark Isham, asistimos a la puesta en marcha matinal de Amalia y Penance (Ann Skelly). Su saludo, con un ingenioso juego de palabras, activa formalmente la entrada de la gran arma creativa de Whedon: los diálogos. Y con ellos se adorna, con menciones al pasado, su tarea del día: el posible reclutamiento de una nueva tocada, una chica con alguna habilidad especial en una sociedad que tiende a confundir dicha cualidad con una suerte de maldición.

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El reclutamiento, o recogida, de Myrtle (Viola Prettejohn), sirve a la narrativa: sabemos que Amalia dirige el orfanato de las tocadas, que Penance es su número dos (y que es adorable), que son mundos opuestos pero se completan y que han hecho esto muchas veces. Los padres de Myrtle, asustados ante el extraño lenguaje (satánico según su madre) que habla su hija, son objeto de la burla de Whedon ante el origen de sus suspicacias pero no se ensaña más allá de la ligera comedia. Whedon lanza además otro de sus clásicos al subvertir la expectativa: la niña no es satánica, simplemente habla chino. La situación nos permite observar a Amalia y Penance en acción: la primera es capaz de ver fragmentos del futuro inmediato y la segunda es una ingeniosa inventora. En una lograda escena de acción, en la que Penance aporta uno de sus inventos, podemos ver las habilidades de Amalia para el noble arte de repartir estopa. Y como reparte. El leñazo en la zona noble a uno de los tipos que pretenden llevarse a Myrtle duele sólo de verlo. Una Amalia que, por cierto, ostenta habilidades de combate similares a las de Natasha Romanoff.

Si la pelea nos destapa la personalidad nerviosa y de tendencia a la solución abrupta de Amalia, la posterior persecución revela el potencial de Penance cuando su coche de caballos se convierte en un automóvil de tres ruedas y aire Steampunk. Ese alarde de demostración de habilidades de las tocadas choca con la ominosa seriedad de la reunión de alta esfera en algún punto de la ciudad: Lord Massen (Pip Torrens) y otros señores de alto nivel social, discuten sobre la problemática de las tocadas. No cuesta leer en esa escena la idea de la amenaza a los valores tradicionales metaforizada en las nuevas super mujeres que han aparecido en Londres pero debemos destacar la presencia de Pip Torrens y unos diálogos que se tornan grises con un miedo al cambio que Whedon utiliza a modo de contraste con las escenas del orfanato.

En el, tras la llegada del futurista automóvil de Penance, conocemos algunas de las otras tocadas: Harriet, Lucy o Primrose, cuyo jovial carácter (pero con una mala leche en su comentario inicial que no tendrá relevancia hasta unos episodios más tarde) contrasta con su gigante altura (a uno se le viene rápido a la memoria aquella Dawn gigante de la octava temporada de Buffy). Uno de los pocos hombres que parecen pulular por el orfanato es el Doctor Horatio Cousens (Zackary Momoh) con el poder de curar con la simple imposición de manos, cuyas escenas con Amalia revelan que algo se cuece ahí. O se ha cocido. Sea lo que sea ambos parecen estar en ello pero, tal vez, en esa fase de no decirlo abiertamente.

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Un par de escenas, tal vez de las mejores del piloto, se entremezclan con las comentadas anteriormente: la presentación de Frank Mundi (excepcional Ben Chaplin), el policía encargado de encontrar a la asesina Maladie, bajando a unas obras del metro para deducir con rapidez que alguien pretende aumentar la cuenta de la mujer más buscada de Londres; y por otra parte la entrada de los personajes de Hugo Swann (James Norton) y Augustus Bidlow (Tom Riley), mundos completamente opuestos pero que deben coincidir esa misma noche en la ópera. ¿El motivo? Al segundo, hermano de la mecenas de las tocadas (Olivia Williams, veterana en la obra del creador), le aterra saber que dos de ellas acudirán a la velada. Es difícil discernir si la escena se la lleva Norton o Riley. Uno exhibe músculo interpretativo como el excéntrico y feliz Swann pero el segundo se impone con su nervioso parecer. Si un piloto debe plantar semillas, esto no se detiene: Swann menciona ese club nocturno, ilegal, que dirige, y Bidlow parece tener una conexión curiosa con los cuervos.

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Las escenas en la ópera sirven de tercer acto en un piloto que lleva a casi todos sus protagonistas a ese encuentro. A Bidlow casi le da un ataque al ver que las dos tocadas que acuden son Amalia y Penance, enfundadas en sendos vestidos que realzan lo que ya era obvio desde su primera aparición; Amalia y Massen se las tienen en un discursivo en el que se respira tensión; Swann directamente se pasa la velada fornicando con una chica del ballet; Amalia, ya en el palco, anticipa que la ópera va a terminar mal.

Si antes se nos introducía al Beggar King (Nick Frost) durante la ópera conocemos, al fin, a Maladie (Amy Manson llevándose el asunto nada más aparecer): una suerte de Joker, de incómoda presencia, flanqueada por esbirros entre los que destaca Bonfire (Rochelle Neill) aunque sin apenas diálogo en este primer episodio de The Nevers. La amenaza de Maladie se ve interrumpida por la última tocada en revelarse ante nosotros: Mary Brighton (Eleanor Tomlinson), cuyo canto parece ser escuchado, y sentido, sólo por las tocadas y desactiva momentáneamente la amenaza. El posterior secuestro enciende a una Amalia que muestra su lado más heroico al perseguir a Maladie hasta culminar en una pelea de la que sale con una soberana paliza.

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El piloto de The Nevers termina formalmente con Penance deambulando por la calle hasta dar con Amalia la cual, seamos sinceros, acojona verla tras dar una paliza -por placer- a tres tipos, para saciar su estado de tensión violenta. Llama la atención cuando Penance cambia la forma en la que se dirige a Amalia, de su nombre de pila al apellido, cuando esta no responde en un primer momento. Juntas, con Amalia algo más relajadas, comentan el efecto que la canción de Mary ha tenido en ellas y se juran encontrarla antes de que sea demasiado tarde. La amistad y cariño entre ambas es tal vez el mayor éxito de este piloto: es instantáneo.

El episodio, sin embargo, tiene un epílogo fantástico que completa lo visto en la introducción: regresamos a ese 3 de agosto de 1896 y terminamos de ver el efecto de las partículas de colores sobre muchas de las tocadas, y tocados, pero especialmente destaca el fallecimiento de la ¿nieta? de Lord Massen nada más ser alcanzada por ese misterioso evento así como el despertar de una moribunda Amalia cuando yacía ya inconsciente bajo el agua.

 

Reseña Panorama
Puntuación general
9
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