the exorcist

Tras su anuncio surgían las dudas: ¿Un remake de la película original? ¿Una continuación? Y lo más importante: ¿puede soportar la mitología de The Exorcist su conversión a una serie de televisión?

La vigente etapa de oro en la que vive inmersa la producción de series de televisión, desde finales del siglo pasado, sigue ampliando su oferta con una suerte de ramificaciones creativas de las que han surgido, entre muchas otras, The Exorcist. Si durante buena parte de la década anterior triunfaron series con contenido original o bien adaptaciones relativamente desconocidas por el gran público, el enorme éxito del medio ha derivado en una búsqueda de otras propuestas con las que poder seguir generando nuevos productos. Primero fueron los superhéroes, luego el regreso de series de culto y recientemente el paso de clásicos del cine hacia la televisión, y no al revés, como había sido la norma décadas atrás. The Exorcist y su adaptación presentaban, además, algunas incógnitas. Veamos el porqué.

The Exorcist se basa en la novela homónima de William Peter Blatty (1971) y sobre todo en la adaptación que realizó William Friedkin (1973), guionizada por el propio Blatty, que fue un auténtico fenómeno sociológico, amén de uno de los mayores éxitos comerciales de la historia. Desprovista de mitología más allá de la novela original pero movida por la necesidad de explotar el filón, la secuela (The Exorcist II: The Heretic, John Boorman, 1977) se recuerda, casi sin opción a nuevas lecturas, como un desastre. Una tardía tercera parte (The Exorcist III, William Peter Blatty, 1990), basada en una novela de su creador, obtendría mejor aceptación aunque peores resultados comerciales que la secuela. Dos nuevas entregas, a mediados de la década anterior, dejarían -de momento- en pausa una saga cuya explotación no ha hecho más que recordar la condición de evento único que fue su película inaugural.

The Exorcist, creada por Jeremy Slater, nos presenta la posesión de Casey Rance (Hannah Kasulka) -tras un amago muy logrado con su hermana, concedo-, una chica de 19 años que vive con sus padres, Angela (Geena Davis) y Henry (Alan Ruck), y su hermana Kat (Brianne Howey). Los tópicos se ven algo atenuados por los procesos de recuperación de Henry y Kat tras sendos accidentes que han dejado secuelas cerebrales y psicológicas respectivamente, y sobre todo, por el convencimiento de Angela acerca de la posesión demoníaca de una de sus hijas. El párroco local, Tomás Ortega (Alfonso Herrera), acepta investigar el caso en una velada casera que termina con una inquietante escena en la que se nos revela no sólo la posesión de Casey sino el certero tono con el que Slater y los guionistas van a tratar la serie.

Durante los primeros cinco episodios (de un total de diez), The Exorcist funciona como un remake de la película original, a saber: la posesión de una chica de ciudad (en esta ocasión se trata de Chicago) por parte de un demonio, el cual es combatido por el citado párroco local y por un experto exorcista, Marcus Keane (Ben Daniels). Fácilmente el mejor personaje de la serie, excelentemente interpretado por un Ben Daniels cuyo acento real casa a la perfección con un personaje duro, roído por la experiencia, una suerte del clásico veterano con dosis de recreación agresiva cuando trata de enfrentarse al demonio. La escena en la que, aparentemente, interroga amistosamente a Casey para que revele a su supuesto amigo imaginario, es otra de las más destacables.

A partir del ecuador de la serie, cuando se nos revela la auténtica identidad de Angela, mutamos de una suerte de remake a una continuación de los hechos vistos en la película original. Sin embargo, The Exorcist sobrevive en su dignidad apostando por una conducta creativa de riesgo: se toma en serio a sí misma. Y eso cuando no se hacen bien las cosas suele revelar las costuras. Aquí no se ven. Lo inquietante de la posesión de Casey se sostiene a través del viaje emocional en el que transitan Marcus y Tomás, enfrentándose a sus propios demonios. La segunda revelación, la identidad del demonio que invade a Casey, es menos acertada pero su presentación como amigo imaginario, rozando la interacción sexual, es profundamente inquietante y retiene cierto misterio.

Los episodios finales, sujetos a partir de un giro ingenioso (de esos que requieren un flashback para que veamos cierta escena desde otro punto de vista) es menos satisfactorio pero consiguen la trama se mantenga firme durante los diez episodios. Momentos como el del encuentro de Marcus y el demonio en una suerte de pesadilla urbana, la voz del mismo tratando de engañar a los dos curas (muy certera la serie al no llegar nunca a un estadio facial como el de Regan MacNeil en la película), la agonía humana de Casey llegando al borde del fallecimiento y sobre todo la intensidad interpretativa de Ben Daniels certifican un más que digno resultado final.

Reseña Panorama
The Exorcist. Primera Temporada
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