Regreso a Twin Peaks

Twin Peaks

Casi 30 años después de su estreno, Twin Peaks sigue confirmándose como la obra maestra imperecedera que apuntaba a ser desde sus inicios. La mítica serie creada por David Lynch y Mark Frost marcó a una generación de jóvenes seriéfilos que vieron cómo su apacible existencia se veía trastornada por uno de los grandes misterios de la historia de la pantalla pequeña.

Vi Twin Peaks por primera vez hace tres años. No me considero para nada un amante de la televisión; siempre me ha tirado más el cine. Contadas excepciones me han evitado ser totalmente ajeno al mundo de la pequeña pantalla: Breaking Bad, Lost, Fargo, The Office o miniseries del estilo de Sherlock, El día de mañana o La línea invisible han sido las únicas ficciones televisivas que me han atrapado en algún momento de mi vida. Twin Peaks fue un flechazo desde su magistral piloto.

Cuando me dispongo a ver una serie aspiro a que los minutos no se me hagan pesados y mi ser se mimetice en las situaciones que presencian mis ojos. Twin Peaks lo logró a base de una de las grandes tramas jamás escritas, tanto en televisión como en cine, e incontables subtramas a cada cual más interesantes. Su extenso y heterogéneo grupo de personajes está interpretado a la perfección en un reparto que, sin ninguna excepción, jamás ha estado mejor; ninguno de los actores o actrices de Twin Peaks ha conseguido zafarse de la larga sombra sombra de la obra. De entre todo lo que me resulta acogedor, destacan dos aspectos: Dale Cooper y la mano de Lynch.

Dale Cooper, interpretado por el inolvidable Kyle MacLachlan es uno de los mejores personajes de la historia de la televisión. Su contagioso e incorruptible optimismo lo hace inherente al fenómeno que provocó la serie. Twin Peaks no se entiende sin Cooper. Es el alma de la serie. Por otro lado, la mano de Lynch es lo que convierte a Twin Peaks en una obra tan diferente y rompedora. Que un director de cine tan reputado adaptara su estilo a la ficción televisiva resultó sorprendente para una época en la que la pequeña pantalla no estaba acostumbrada a grandes obras maestras. Aclimatar Eraserhead o Blue Velvet a una serie de tv es una tarea titánica, incluso para un genio como Lynch. Como no pudo ser de otra manera, lo logró, y gracias a ello creó su obra magna.

Si podemos definir a David Lynch con una palabra, esa es “americano”. Pocos como él entienden la sociedad y cultura estadounidenses. Los distintos lugares en los que suceden las tramas de Twin Peaks retratan una sociedad llena de costumbres inherentes, siempre adaptadas al universo que Lynch esboza en cada una de sus obras. Y si Twin Peaks es la viva imagen de América (o al menos de la América de Lynch), Dale Cooper hace lo propio con la idea del estadounidense optimista y resolutivo. En parte ese es el mérito de Twin Peaks: ser una obra arraigadamente americana y que haya traspasado tantas fronteras.

Twin PeaksTres años después de aquella experiencia iniciática, me dispuse a volver a ver la serie. Como no podía ser de otra manera, me ha vuelto a enganchar como la primera vez. El tiempo se marchita cuando suenan los primeros compases de la mítica música del inicio. Las tramas vuelven a captar mi atención. Caigo otra vez rendido a un baile perfecto de personajes y situaciones. Deseo que sea de noche para volver a ver más episodios. Twin Peaks es todo lo que debe ser una serie de tv.

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Recuerdo quedarme prendado de estas dos primeras temporadas. También recuerdo la decepción que me llevé al ver la tercera temporada. La vi tan diferente a la original que no supe con que ojos verla, pero decidí hacer un alto en el camino en el episodio 10 y verla nuevamente desde el principio. Me acabó gustando, aunque ni se acercó a lo que me hizo sentir la de los años 90. Anhelo acabar cuanto antes las peripecias de este remoto pueblo norteamericano y embarcarme en la desvergonzada trama aquella bomba televisiva que azotó mis expectativas en 2017. Tres años dan para mucho.