El oficial y el espía

El célebre director polaco, Roman Polanski, nos presenta en 2019 El Oficial y el Espía, una cinta sobre el famoso Caso Dreyfus, y trata de convencernos de su conexión con el caso del propio cineasta… Sin mucho éxito.

Qué difícil es hacer una crítica a la obra de Roman Polanski, pero vamos a intentarlo con El Oficial y el Espía.

Por un lado, se trata nada más y nada menos que de uno de los realizadores más virtuosos y aclamados de los últimos años, un genio sin parangón, cuyo lenguaje cinematográfico sigue siendo impecable y valioso; por otro, hablamos de un hombre que, en plena virtud de su situación de poder, emborrachó, drogó y tuvo relaciones sexuales con una menor de edad en 1975, y huyó a Francia para escapar de la justicia Norteamericana. Ambas cosas son verdades incontrovertibles que deben ser consideradas en todo momento.

Y no solo es complicado someter al escrutinio la creación del francopolaco por la encrucijada natural de dividir al arte del artista, sino porque el solo hecho de que este tenga aún la capacidad de crear cine,  hace automáticamente que todos los órganos de la Industria, desde los productores que le financian, el elenco y equipo que trabajan con él, y las salas y festivales que proyectan sus películas, sean cómplices de un crímen. De uno muy gordo por el que aún tiene que pagar.

No obstante, Polanski centra su más reciente filme — ahora en la plataforma española Filmin — El Oficial y El Espía en otro crímen, uno perpetrado por el Ejercito francés. Basada en el infame «Caso Dreyfus», un histórico acto de barbarie en el que todo el aparato militar condena a cadena perpetua en la Guyana Francesa a un joven oficial judío por espionaje sin suficientes pruebas, la película narra la búsqueda del coronel Georges Picquart, soberbiamente interpretado por Jean Dujardin, por la verdad.

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Picquart, recién ascendido, descubre que el espía ha sido otro, y va desentramando la maraña de mentiras armada por la maliciosa burocracia militar para encerrar y exiliar a un hombre inocente. Todos están confabulados, desde el General más condecorado hasta el humilde archivista, y la misión de Picquart por hacer lo correcto, deber por el que ha dedicado sus años al servicio armado, termina también por arruinar su reputación, su relación sentimental, y su vida entera. El coronel resistiría hasta que consumarse la Justicia, y en la escena final, sobria pero significativa, se reúne por última vez con Dreyfus (Louis Garrel), ahora un hombre libre y de nuevo uniformado.

el oficial y el espía

El filme, fiel a la impecable manufactura y al estilo clásico que ha sido característica del cine de Polanski, es visualmente majestuoso, certero en su representación de la década que retrata, y bastante inteligente. Pero lo más interesante de El Oficial y El Espía — que prefiero llamar por su título original, J’Accuse, como la memorable carta abierta de Émile Zola — es que nos ofrece una oportunidad única de valorarla en dos criterios separados, observando la dualidad entre el contenido estético y narrativo del filme, y las intenciones y motivaciones de Polanski al realizarlo.

Desde su escena inicial, en la que se lleva a cabo la ceremonia de degradación y condena de Dreyfus, hasta las maniobras de ocultamiento de la verdad a cargo de toda una compleja estructura burocrática que va descubriendo Picquart, y deteniéndose especialmente en la manera en que el ejército vende este gran engaño a una prensa que inmediatamente lo toma como verdad y hacia un pueblo que lo acepta sin cuestionar, Polanski intenta, por un lado, reflejar el ignominioso accionar de una Francia de fines del siglo XIX, y por otro, establecer con esto una conexión con la época actual, en la que él mismo pueda situarse en el sillón de los acusados.

Pero ahí mismo es donde el veterano cineasta comete un grave error, no solo porque su parábola es tan evidente que es risible, sino también porque en su pretensión de equiparar la era de la no verdad con la era de la posverdad, se excede al poner en el mismo saco a una sociedad dispuesta a condenar a un inocente sin razón, y a una con legítimas razones para condenar a un violador.

Y sí que hay paralelismos entre ambas sociedades; la Francia de la película es un Estado profundamente adoctrinado por una retórica nacionalista y de ciega obediencia a los poderes de la Guerra, con el orgullo herido por una sensible derrota ante el Imperio Alemán y ávida de chivos expiatorios. Una sociedad llevada por este chovinismo que demoniza a aquellos de orígen migrante, extranjero, y que los ve como una amenaza existencial a la «grandeza» del legado de su Nación. Esa Francia comparte elementos con esta Europa en la que las fake news están llevando la aguja política más y más hacia la extrema derecha, hacia la clase de intolerancia en la que el judío es, una vez más, persona non grata. La Historia no se repite, pero sí rima.

El Oficial y El Espía

Sin embargo, el propio filme sugiere, en la hipotética conexión Dreyfus-Polanski, que fenómenos como el reciente movimiento #MeToo, que busca denunciar y hacer responsables a aquellos que abusan o acosan a las mujeres, son también parte de esta chusma palurda con sed de linchamiento. Polanski es ahora quien con su dedo nos acusa. Y esto también llega a traicionar el punto principal que de manera grandiosa expresa el largometraje; El Oficial y El Espía nos ofrece una fascinante visión de la batalla entre la transparencia y el ocultamiento, por medio de un valiente que arriesga la libertad y se gana el odio y el escarnio de un pueblo entero por exhibir un sistema corrupto, que influenciado por el odio es capaz de destruir la vida de un inocente. Una persona que no descansa hasta hacer pagar a los responsables y acabar con años de silencio. Una persona igual que aquellas mujeres que ahora buscan revelar los pecados del director.

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El Oficial y El Espía es, como muchas de las mejores de Polanski, una cinta hermosa, en laque se explora no solo la naturaleza, sino la estructura misma de la maldad. Pero su incuestionable belleza no lo hace menos deshonesto ni menos turbias sus intenciones. Roman Polanski no es Alfred Dreyfus, y si bien la historia no hace la comparación directamente, sí que está impregnada de su esencia. Tal vez sí puede llegar a ser posible separar al artista de su arte, pero ante un intento de victimización tan cínico del realizador, es imposible separar al criminal de su villanía.

Reseña Panorama
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