El montaje… Ay, amigo… El montaje. El montaje lo es todo. En esta nueva entrega de grandes trabajos ignorados por los Óscar vamos a explicar por qué y cuáles son las más icónicas ediciones ignoradas por la Academia.

Se dice en el mundillo que el montador es la virgen de Lourdes. Puede parecer exagerado, pero si el director es el creador intelectual de la película, el montador es el autor físico. También es verdad que eso lo suelen decir los malos directores, pero lo cierto es que un montador puede hacerte de Transformers una película de Terrence Mallick y de El árbol de la vida, una de Michael Bay.Es la cocina donde, con los ingredientes que le manda el director de fotografía, se pueden marcar un Masterchef o un Casa Pepe. Créeme cuando te digo que el montaje no es todo pero sí casi todo.
Si no fuera así, no pasaría que en Hollywood el director no pueda entrar en la sala de montaje. Eso es terreno vedado para que el productor consiga la película que le encargó al director (y que el director, por supuesto, no hizo). El trabajo del cineasta medio acaba en el set de rodaje. Obviamente a un Eastwood o un Spielberg nadie se atrevería a negarle la decisión final en postproducción, pero para conseguir ese privilegio hay que ser precisamente eso, un Eastwood o un Spielberg. De ahí la conocida etiqueta de “montaje del director” con el que nos venden dos veces el mismo Blu-ray.
A tal nivel llega su importancia, que en los Oscars está ligada a la de mejor película. Es rarísimo que un film se haga con el premio gordo sin estar nominado a montaje. Rarísimo no, casi imposible.
Ocurrió en 2014 pero fue toda una excepción. Es más, hay que retrotraerse hasta 1980 para que Gente Corriente ganara el Óscar sin ser nominada en montaje. Da la sensación de que los académicos piensan que una película es buena cuando está bien montada. Cuando Hasta el último hombre le arrebató esta estatuilla a la favorita empezó a mascarse la tragedia. La la land no podía perder ese Óscar (claro que se supone que tampoco podía perder el de mejor película y mira tú por dónde).

En cierto modo tienen razón. Chicago no es una gran película. Rob Marshall, sé que me estás  leyendo y de verdad que no quiero restarle mérito a la puesta en escena que orquestaste… pero hasta tú tienes que reconocer que Chicago tiene EL montaje, no LA dirección. Pero Hollywood es la Meca de las paradojas y los montadores no han cobrado royalties por sus películas hasta hace nada.

Se considera autor de una película al director, al jefe de producción, al director de fotografía, al guionista y al músico. La persona que físicamente ha creado la película… No se la ha considerado más que un mero artesano. Al menos a la hora de repartirse las ganancias. Esto se ha solucionado hace poco, las cosas como son. Los sindicatos de los distintos gremios en Hollywood son muy poderosos y aún así se han pasado más de un siglo luchando por ello. Clama al cielo que la misma industria que considera que mejor montaje es igual a mejor película no les haya considerado autores intelectuales de la misma.

La soga ( William H. Ziegler) 

He estado a punto de elegir Birdman en vez de la cinta de Hitchcock porque la de Iñarritu fue todo un prodigio de la historia de la edición. Puede que hasta más que La soga en lo que a complejidad, resultado y espectacularidad se refiere.

Aún así, películas como Paseando a Miss Daisy o Spotlight, con montajes efectivos pero poco espectaculares, consiguieron la nominación, pero Birdman no. Inexplicablemente no. El montador Douglas Crise confesó que la película tenía 20 cortes pero al equipo de efectos especiales se le escapó que fueron 100. Eso no deja de ser una muestra del portentoso montaje de una película pensada para que parezca entera un plano secuencia de 2 horas.

Con todo, la Academia pensó que el artificio era más mérito del director de fotografía, de la puesta en escena y del encargado de continuidad que del montador. Así que Douglas Crise rompió la racha de un cuarto de siglo en la que la mejor película estaba nominada automáticamente a mejor montaje. ¿Porque no hablar entonces de Birdman? (Aunque técnicamente sea lo que llevo haciendo desde que empezado) Pues porque este artículo no seleccionamos trabajos excepcionales sino iconos del cine. Hitos, no prodigios.  Y la cinta de Iñarritu no deja de ser una vuelta de rosca a lo que concibió Alfred Hitchcock para La soga.

El primer, enorme y más famoso (y falso) plano secuencia de la historia. Sólo diez cortes hay en toda la cinta. Que sí que es verdad que son bastante torticeros y se ven a leguas, pero en ese momento seguramente no podría haberse hecho mejor. Y si es que sí, no le quita mérito a William H. Ziegler. Inventó el falso plano secuencia y eso ya no sé lo va a quitar nadie. A partir de él, cada vez que se ha realizado, se estaba haciendo un “La soga”.

Seguramente sea el peor de todos los que se han hecho. Quiero decir, comparado con los demás (lo que no quita para que la película sea imprescindible). Aún así, sin la osadía de Hitchcock y el buen hacer de Ziegler, no habría existido ningun otro falso plano secuencia. Ni Birdman tampoco.

William H. Ziegler fue nominado tres veces a los Oscars a lo largo de su carrera. Nunca lo logró, pero pocos editores pueden presumir de haber creado un hito en la historia del montaje.

Corre, Lola, correMathilde Bonnefoy)

El montador parece que se encarga de la parte física de la película y no tiene mayor poder de decisión en otro tipo de naturaleza de la obra. Nada más lejos de la realidad: Algo tan sumamente importante como el sentido del ritmo se crea en la sala de montaje. El editor puede crear una sucesión de imágenes relajada, frenética, in crescendo o como considere que lo necesita la historia. También puede optar por una narrativa experimental y rompedora. Es decir, que según el montador la película final puede ser completamente distinta.

Lola corre, Lola es todo un ejempo del uso del tiempo. Cuenta cuatro veces la misma historia, pero son realidades alternativas. Esas cuatro partes duran cada una exactamente veinte minutos. Cada episodio es introducido por una secuencia de animación exactamente igual… salvo por algún detalle que desencadena en un efecto mariposa. Asi, todos los capítulos son una realidad alternativa a lo que podría haber pasado. Si eso no es EL montaje, que baje Billy Wilder y lo vea.

Aparte, Lola se pasa media película corriendo (el título es básicamente el tagline). Aparece en plano a plena carrera por todos los ángulos habidos y por haber y nunca jamás se salta el eje. Eso no es que sea difícil. Es que si lo haces en primero de montaje te convalidan la carrera entera (y nunca mejor dicho). Y tú te preguntarás: muy bien, ¿pero que es eso del eje?  Es algo complejo de explicar pero en todos los rodajes las palabras: “te estás saltando el eje” suenan igual que invocar a Voldemort.

De una manera muy simple, podemos decir que no saltarse el eje es que si el actor mira a la derecha, no mire luego a la izquierda. Que si entra por un lado, tiene que salir por el otro. Esto puede sonar completamente básico y simple. Que es una chorrada, como exhalar después de inspirar. Pues sí… pero no, créeme que no. A veces resulta más fácil sacar la fórmula de la fusión fría que el eje en el siguiente plano.

Por mucho que el montaje de Lola corre Lola sea un prodigio de ritmo y tiempo, difícilmente tenia cabida en los Oscars. En fotografía, vestuario, maquillaje, música y arte son mucho más generosos a la hora de reconocer el trabajo de sus compañeros de diferentes cinematografías… Los montadores son mucho más corporativistas. En todas esas categorías, España ha logrado mínimo un Óscar (excepto en música, pero seguro que Alberto Iglesias termina dando la campanada).

En este siglo, solo Ciudad de Dios y Tigre y dragón han conseguido la nominación no estando rodadas en inglés. Imposible que reconocieran el currazo de Mathilde Bonnefoy cuando su película no aparecía en la máxima categoría. Eso sí, el sindicato de montadores de Estados Unidos la nominó. Bien por ellos, pero no es el mayor premio que ha conseguido la editora. Es ser estudiada en todas las escuelas de cine del mundo sobre cómo invocar a Voldemort… Quiero decir… Cómo mantener el eje.

El club de la lucha (James Haygood)

David Fincher no siempre ha sido considerado el director estrella que es hoy en día. No solamente por el pinchazo de Alien 3 o que pensaran que Seven era una película más de psicópatas. Cuando realizó La habitación del pánico, no tenía suficiente poder como para despedir a Hayden Panettiere. Tuvo que ser Jodie Foster quien le hiciera el favor (porque ya sabes que la hija en la película al final fue Kristen Stewart, ¿verdad?).
Puede ser que hasta La red social no fuera reconocido como uno de los grandes autores del cine contemporáneo. Su estilo, narrativa, y universo es hoy en día completamente marca de artista. Pero eso es hoy. Y es curioso, porque por un breve instante de tiempo, la productora de Seven parecido se cuenta de la hora maestra que era. La iban a reestrenar para que quedara fresca de cara a los Óscar.
Lo que pasa es que fue el año de 12 monos y Brad Pitt ya tenía asegurada su nominación como secundario, por lo que iba a anular su opción por Seven. Parece que no llegaron a pensar que Morgan Freeman consiguiese la nominación como protagonista y mucho menos que Fincher se coronara director. Así que rápidamente volvieron a pensar qué Fincher no era más que un currito con talento.

Sin embargo, hubo un colectivo que siempre fue por delante de todos los demás. Los montadores de Hollywood reconocieron a la primera el impresionante talento que había detrás de las películas del señor Fincher. Le han reconocido cuando nadie lo hacía. Seven consiguió la nominación al Óscar y Los hombres que no amaban a las mujeres se coronó con el premio.

Por eso no deja de ser llamativo que se olvidarán de la película más icónica que ha salido de la cabeza del realizador. El club de la lucha es, sin la más mínima duda, la película de David Fincher que más ha calado en la cultura occidental. Desde la pastilla de jabón hasta la famosa primera regla del club de la lucha, estamos ante uno de los iconos del séptimo arte. Y el gremio de montadores, que lo pillaban todo antes que nadie, no fue capaz de ver la mayor de las obviedades: que El club de la lucha tiene el mejor montaje de toda la carrera de David Fincher.

Napoleón (Marguerite Beaugé)

Por la fecha de esta producción es imposible que hubiese apuntado a los Óscar, más que nada porque en 1927 no se habían creado. Además, dudo que ningún académico se hubiera tragado las cinco horas y media que dura la cinta. Sí, has leído bien (Para mí que la batalla de Waterloo duró menos).
Pero si una película merecía una mención honorífica pasado del tiempo, esa era la obra maestra de Abel Gance. La época de los pioneros fue mágica para los cineastas porque tenían todo por descubrir y un lenguaje entero por crear. Al otro lado de Europa, Sergei Eisenstein de-construyó el montaje para convertirlo en lo que hoy en día conocemos.
Abel Gance hizo lo propio pero con una intención y resultado completamente distintos al del maestro ruso. Para el cineasta soviético, el montaje era una herramienta narrativa. Para el francés, por el contrario, era algo estético y espiritual. Gance entendía la dirección exactamente igual que los pintores impresionistas usaban el trazo. En un cuadro de Monet, las pinceladas se yuxtaponen una a la otra para que sea el ojo quién las funda. El cine de Abel Gance tomó el relevo para crear una sucesión hipnotica de imágenes con un valor meramente estético. Los planos se suceden a una velocidad que aterraría al mismísimo Michael Bay. Abel Gance se adelantó a la cultura posmoderna audiovisual y su sucesión de imágenes “porque sí”. Y no olvidemos que estamos en 1927.
90 años después George Miller con su Mad Max no hizo nada que no hubiera hecho el pionero  francés. Y por si fuera poco, Napoleón no es una película sino que son tres. Décadas antes de que se intuyera siquiera el formato panorámico, Napoleón se proyectaba en tres pantallas simultáneas y correlativas. Para colmo, cada una muestra una imagen sin relación narrativa con las otras dos. Como pinceladas impresionistas a 16 fotogramas por minuto. Se suele decir que los Lumiere y Melies crearon las dos grandes vías del cine la que llevaba el documental y la que lo hacía a la ficción. Einstein y Abel Gance hicieron lo propio para el montaje: el ruso el camino narrativo y el francés el estético.

Carrie (Paul Hirsch)

Hay directores que consiguen que un determinado elemento en lenguaje cinematográfico quede asociado a él para la eternidad. En Estados Unidos, al primerísimo plano se le llama plano italiano porque para ellos se debe a los westerns de Sergio Leone. Berlanga le ha puesto nombre a un tipo de grúa móvil con la que rodaba todos sus planos secuencia. Cuando una persona pasa por delante de cámara para que de pie el montaje a cambiar de plano, todos lo llamamos hacer un Tiburón.

Hitchcock crea el efecto Vértigo y Michael Bay tiene su propio plano. De Anonofsky nos ocuparemos por separado, pero ahora vamos a hablar de “Hacer un Carrie”

Por supuesto que Brian de Palma nos inventó la pantalla partida, pero desde luego qué consiguió asociarla por siempre a él. Teniendo en cuenta el director del que estamos hablando, es todavía más meritorio que lo utilizará como con valor narrativo y no meramente formal.
A Carrie se le parte el mundo en dos. Al igual que la cámara lenta que precede al culmen de la película, cuando un instante se dilata porque el momento parece eterno. Pero Carrie vuelve a la realidad, una realidad que está hecha pedazos. Por primera vez en su vida, es consciente su espacio y dueña de todo lo que le rodea. Eso nos lo transmite Brian de Palma por medio de la multiplicidad de imágenes en plano. Lo más seguro es que no fuera consciente de que estaba asociando el efecto a su nombre para siempre. Pero es precisamente por eso, la genialidad nunca es impostada. Te sale de dentro sin que te des cuenta porque es innata a ti.
El remake que todos hacemos como si jamás hubiera hubiera existido, se enfrentaba a una escena mítica. Todos estábamos esperando a ver cómo habían resuelto el icono. Cierto que después de una hora de metraje insustancial, no esperábamos una repentina aparición de talento, así que lo que una secuencia que marcada a fuego en la historia del cine (y nunca mejor dicho) se quedó en eso… es algo insustancial. Y no, convertir a Carrie en X-men: Nueva generación no es reinventar el mito. Es no tener ni idea de cómo salir del embolao en el que te has metido. Hay que ser muy bueno, realmente bueno para enfrentarse a un icono y solucionarlo con otro icono.
No es imposible, Coppola lo logró con su Drácula. Hasta en Carrie 2: La ira, el tatuaje de la protagonista tomando vida en la matanza final no funcionaba nada mal. Hay que ver Carrie 2, ahora que lo pienso. Os lo dejo como deberes hasta el próximo artículo de Monjajes icónicos ignorados en los Oscar.
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