Y no, no lo decimos porque ambas ostenten el récord de nominaciones al Óscar. Tampoco nos referimos a que el Titanic se hundió el 14 de abril de 1912 y La la land el 26 de febrero de este año. Nos referimos a que, pese a lo que pueda parecer, las dos películas comparten más puntos en común de lo que parece a primera vista.

Ambas cuentan dos historias de amor que son, precisamente, el punto flaco de ambas. Seamos corteses y empecemos por la hermana mayor. Titanic nos narra la historia de Jack y Rose. Historia simple, tópica, contada mil veces y sin nada nuevo que aportar… En todo esto estamos de acuerdo.

 

Entonces, ¿por qué nos emocionamos cuando Leo le confiesa a Kate que el mayor golpe de suerte de toda su vida fue conseguir el boleto para embarcar, aunque le suponga la muerte? Porque nosotros también nos hemos enamorado de los dos. La química entre ambos actores es tal que por siempre jamás diCaprio será Jack Dawson y Winslet será Rose DeWitt Bukater. ¿Soy el único que piensa que los dos actores están destinados a ser el uno para el otro, dejarlo todo y vivir por fin su historia de amor? Y mira que han pasado años desde el estreno de Titanic, pero la unión entre Kate y Leo nunca ha dejado de existir. Son carismáticos, bellos y cada vez que se miran el mundo se detiene. Por eso funciona perfectamente la historia que nos cuenta James Cameron. Aún así, Titanic es una película a la que una parte importante de la comunidad Cinéfila le apetece decir que no es para tanto.

¿Cómo?, ¿que no es para tanto?

Quien crea eso, le invito a que vea Pompeya, de Paul S. W. Anderson y se dará cuenta de que Titanic es una obra maestra. Ambas cuentan exactamente lo mismo: Una historia de amor imposible entre personas de diferente condicion social, truncada por una catástrofe real. ¿Qué falló entonces en Pompeya? Que Cameron tiene talento y Anderson no. El director canadiense hace que nos enamoremos de aquello que nos va a arrebatar. Caemos rendidos en Jack y Rose, nos maravillamos ante la belleza que suponía el barco, no nos oculta ningún detalle para que nos apene su pérdida.

El inglés, sin embargo, tenía una maravillosa ciudad romana que no nos enseña en ningún momento. ¿Cómo nos va a doler la destrucción de Pompeya si no nos ha dejado conocerla? Y encima nos pone de protagonista al actor menos carismático del panorama actual. Que sí, que es muy guapo, nadie lo niega; pero poniendo cara de acelga durante una hora y media no nos va a importar que se convierta en ceniza. Total, ya es como si lo fuera cuando estaba vivo. El caso es que Emily Browning intenta hacer algo digno, pero es como Mel C para las Spice Girls: Da igual que seas la única que sepas cantar si te toca defender el Wannabe con cuatro afónicas.

Además, Titanic tiene un sentido del ritmo perfecto que hace que las dos partes de la historia empalmen perfectamente. Poco a poco, in crescendo, preparando al espectador y jugando con él a continuación. En Pompeya no han caido las dos primeras piedras cuando ya nos introduce un Tsunami. ¡Un Tsunami! En fin, lamentable, pero… ¿A que ya no te parece que Titanic no sea para tanto?

El mismo acierto tiene La La Land. Nos hemos creído que es una historia de amor cuando NO lo es. Para empezar, sus dos protagonistas son meros arquetipos: no tienen contradicciones y no evolucionan en todo el metraje. No son tridimensionales. Con un par de adjetivos se pueden describir (Y uno de los dos adjetivos es “guapo”). Eso no tendría mayor problema si no fuera porque se pasan las dos horas de película sin mover un sólo dedo el uno por el otro, ya que lo único que les importa es triunfar en el mundo del espectáculo. Y aún así, nos hemos creído que es un canto a la vida y la más bella historia de amor de los últimos tiempos. ¿Cómo es posible? De nuevo, el secreto es la química que se produce entre Emma Stone y Ryan Gosling. Se miran de una manera y se hablan de un tono que te derrites al verlo. Nada nos importa su fracaso en el teatro y su vuelta al pueblo. ¿Hola? Que tienes novio, bonita. Y no cualquier novio, no… ¡Que has cazado a Ryan Gosling, tía! ¡Ya has triunfado en la vida! ¡Ryan Gosling! ¡Que le den al teatro! O no… ya que él prefiere sacarse una foto promocional antes que asistir al estreno de su novia… Porque esa es otra, Emma lo abandona y él solamente va a buscarla cuando a ella le sale un casting. ¡Un casting! Para que luego digan que el romanticismo ha muerto. Y Emma no se queda corta. Podría haber ensayado su obra de teatro (de la cual era directora y única actriz) donde quisiera. Por ejemplo, en la gira con su novio. Pero no. Eso sería luchar por su relación en vez de por su trabajo, lo cual parece algo impensable en La la land. 

Sea como sea, el secreto de Damien Chazelle y James Cameron es el haber conseguido que nos enamoremos de dos parejas que, sobre el papel, parecen escritas por un guionista de primaria. Y eso que el guion de La la Land ganó el Globo de oro y fue nominado al Óscar… pero pienso fue para que se confiara y que la broma de los Óscar escociera más.

Sea como sea, es en su visión, en su tratamiento y en su portentosísima puesta en escena donde los dos directores demuestran su enorme talento. Porque sí, La La Land es la nueva Titanic. 

Si te has quedado con ganas de más, aquí te dejamos el motivo por el que los blockbusters son cada vez peores hoy en día. ¡Nos vemos en los comentarios!

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