Tras su triunfal paso por Cannes, hablamos de La vida invisible de Eurídice Gusmão, un melodrama histórico con poderío y fuerza contextual.

Rio de Janeiro, 1950. En plena naturaleza esquiva, mística, y monumentalmente inabarcable, vemos a Eurídice caminar entre una flora tan exótica como insondable. A su lado camina Guida, su hermana, a la que tras unos minutos que podrían parecer entre el cruce perfecto de una noche loca de Terrence Malick con Darren Aronofsky, pierde de vista. Desubicada, con miedo, y clamando a firmamento invisible de su país, por su hermana, arranca La vida invisible, que baña la pantalla con unos títulos de créditos que parecerían corresponder a un Giallo excesivamente estilizado.

Pero no. Karim Aïnouz, director brasileño más que consagrado y con trabajos tan variados en el terreno de los cortometrajes, los rodajes en super 8, 16, 35 mm y digital, o incluso, realizador de documentales en distintos países -y con temáticas tan variadas como la pintura y los aeropuertos-, no quiere plantearnos una historia conceptual o incluso onírica, tal y como se muestra al inicio del film. Su misión, no es mas que avanzar lo que se viene, como anticipación de una historia en la que ambas hermanas se perderán.

La película, que comienza con el punto de vista en Eurídice, -pero que acaba siendo compartido con Guida-, es un viaje en forma de melodrama familiar,de las penurias que debe pasar una mujer en una sociedad salvaje, amoral, y un tanto machista, como es este Rio de Janeiro de 2020. Las dos hermanas, son presentadas como polaridades con representaciones antagónicas, pero relacionadas directamente entre si. Por un lado, Eurídice correspondería a la parte más racional y formal, la que respeta y acepta su rol auto impuesto de mujer, en una sociedad en la que se verá obligada a casarse con un hombre al que ni si quiera quiere, o por el que no siente ninguna atracción. En el lado opuesto, Guida es la parte mas emocional, alocada y libre, de la que se aprovechan el resto de hombres, principalmente, explotándola a través de sus atributos físicos, y su fragilidad emocional.

La película, es un viaje en paralelo de estas dos hermanas, que claman en voces opacas y estériles, por encontrarse en algún momento, tras la separación inicial de ambas a causa de un hombre. Aïnouz radiografía sin pudor – y con ciertas escenas explicitas- lo mas interno de una sociedad que vista con los ojos de alguien de 2019, solo puede considerarse como salvaje y un tanto carente de empata y dignidad con sus semejantes. La cámara, estática -y en muchos momentos alejada-, encuadra a los personajes en lineas verticales, en planos feistas, en los que muchas veces, ni si quiera podemos ver sus rostros o sus expresiones de manera completa. Se nos dosifica visualmente la información que vamos viendo, trabajando directamente en el punto de vista cuando quieren que empaticemos con alguna situación en concreto, o por el contrario, cuando no quieren hacernos participes del horror de las escenas. Un horror en forma de matrimonios tradicionales, peleas interconyugales extremas, y constantes faltas de respeto.

Crítica de historia de un matrimonio

El montaje es completamente lineal, y sigue una estructura hacia delante, guiada por el recurso de las voces en off, de Carol Duarte (Eurídice) y Julia Stockler (Guida), que mantienen todo el peso de la trama en sus silencios, sus miradas al vació, y el dolor camuflado y ocultado hasta su estallido final. Un final, que justifica el viaje, pero que no deja ser un melodrama sin una apasionante formalidad. La Vida Invisible de Eurídice Gusmão es interesante, por su crudeza y su retrato social, pero está alejado de destacar en el circuito festivalero, y menos en un año, con películas tan notables.

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Reseña Panorama
La vida Invisible de Eurídice Gusmão
5.5
A veces escribo de lo que me apasiona, y otras, de lo que toca.