Los remakes, esa gran fuente de conflicto. Algunos los aman, otros los odian, pero hoy, en Cinéfilos Frustrados, nos zambullimos de lleno en uno de los más polémicos de los últimos años, la reescritura del clásico de Dario Argento, Suspiria.

Suspiria. Esa gran película. La obra que consolidó a Argento como una luz – de diversos tonos – entre las sombras del cine oculto. Obra de estudio e innegable inspiración para una ristra eterna, de directores cautivados por sus enigmáticos espacios, sus sobreactuadas protagonistas, y su estridente música. Obra abstracta, imperfecta, tosca, y por qué no decirlo, cautivadora. Muchos tenían miedo a un remake, y más si éste, iba a ser dirigido por alguien tan neoclásico en las formas como es Luca Guadagnino. Lo que muchos no sabían, es que el director de Call By Your Name, iba a darle una vuelta magistral a la película original.

Y sí, puedo decir, a día de hoy, que el remake de Guadagnino, como poco, es igual de bueno que la original. El italiano no se ha limitado a copiar o recrear la película original, sino que ha sabido ir al origen de la trama, a donde la original nunca llegaba, para crear algo totalmente diferente, bajo el paraguas del universo que Dario Argento creó hace ya más de 40 años.

Si en la original, se nos contaba una historia de brujas y maldad en una academia de baile, aquí se nos narra el horror palpable tras la Segunda Guerra Mundial, a través de la base de la Suspiria de 1977. Compartimos personajes y punto de partida, pero el resto, es diferente. Guadagnino toma elementos de la trilogía de las tres madres, compuesta por Suspiria (1977), Inferno (1980) y La Madre del mal (2007) para reconstruir, remodelar y ampliar ese personaje tan enigmático y poderoso que era Helena Markos, el espectro final y omnipresente de la cinta original. Pero aquí, no paran las novedades.

Donde antes había colores saturadísimos, rodados con carretes caducados de Kodak, aquí vemos una desaturación del color – con una tonalidad gris que acerca el punto de vista a una realidad más cotidiana. Ya no hay fantasía artificial. Ahora tenemos horror real. Similar ocurre con la planificación, que opta por planos mucho más cortos, inestables y con mucha mas cámara en mano que la original, dejando de lado esos grandes angulares generales que encuadraban a Jessica Harper por los eternos pasillos de la academia original. Radicalmente opuesto también es el montaje, ya que en la primera película, optaba por una linealidad cronológica y espacial, en esta se juega mucho más a lo subjetivo, a lo onírico -con algunas escenas maravillosas- y sobre todo, de forma conceptual. Esto dota a la cinta de una complejidad más intelectual y rica que su predecesora, algo que también podríamos decir de su música. De los enigmáticos y punzantes temas en clave repetitiva de Goblins, pasamos a la tranquilidad y versatilidad de Thom Yorke, que apuesta por una banda sonora mitad contemplativa, mitad inquietante, jugando al eterno juego de alejar y acercar al espectador en función de la clave narrativa de la película en cada momento.

¿Merece la pena este remake de Suspiria? Si, y mucho. Primero porque Luca Guadagnino ha invertido los elementos de la película original, para darnos algo totalmente diferente en cada aspecto formal que constituye una película, dotándola de una profundidad histórica y social que la original no tenía, con unas actuaciones mucho más potentes que en la cinta de Argento, y sobre todo, porque amplía de forma cruda, inquietante, y fascinante, ese universo que se inicio hace cuarenta años, y que sigue contando con adeptos que quieren averiguar que ocurre en esta escuela de baile. Un gran remake, y una de las películas más valientes e interesantes de todo 2018.

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