Tras una considerable trayectoria como guionista televisivo, llega a nuestras pantallas la segunda película como director de Drew Goddard. Consiguió debutar en la gran pantalla, no sin todo tipo de contratiempos, con Cabin in the woods, pero aunque la crítica fue positiva, la taquilla fue ajustada. Duplicó el presupuesto, sí, pero como la mitad de la recaudación se destina a las salas, sólo cubrió los costes. Si Cabin in the woods la afrontó como una deconstrucción del cine de terror ochentero, en Malos tiempos en El Royale el texano mira al cine de los noventa.

No es una decostrucción, es una reconstrucción del renacimiento del cine negro que llegó tras Reservoir dogs, Pulp Fiction y la explosión del cine hongkonés. Todo lo bueno del lenguaje cinematográfico que tenemos asociado a la última década del siglo XX, vuelve a darse en Malos tiempos en El Royale: Narración fracturada, violencia explícita, diálogos trabajados, estética colorista, musicalización a base de canciones y libertad a la hora de manejar los plano. Si los hermanos Coen, en vez de articular su narrativa en torno a situaciones, lo hicieran contando una historia como tal, rodarían una película muy similar. Al menos, los Coen de los noventa.

Contra todo pronóstico, Goddard realiza una mejor labor como director que como guionista. Su punto fuerte es la puesta en escena sin la menor duda. Hace lo que quiere con la cámara con un sentido del ritmo asombroso para ser su segunda película. Ahora bien, vuelve a cometer los mismos errores que en su debut cinematográfico… el libreto, que es donde debería brillar más, tiene unos socavones que claman al cielo. Los diálogos son brillantes, de eso no hay la menor duda, lo que falla es el hilo conductor. Una cosa es ser sutil o misterioso, jugar con el espectador y que éste termine de construir la película en la cabeza. Otra muy distinta es dejar las subtramas a la mitad o no desarrollarlas. Dos casos son especialemente llamativos, puesto que uno inicia la historia y el otro lo cierra. El primero es la subtrama que protagoniza Jon Hamm. Tras dedicarle bastante tiempo de metraje, queda finiquitada sin haber explicado absolutamente nada. Es lo que se llama “una vía muerta”, es decir, abrir un hilo argumental que no se concluye. No llega a la categoría de McGuffin. Es tan cutre que parece más un McNugget. La trama que incumbe a Chris Hemsworth es la que cierra la historia y apenas está esbozada.

Eso sí, los diálogos son tan frescos y brillantes que consiguen que no le demos mayor importancia a estas cojeras del guión. Es, salvando las distancias, como un gran salón de la Alhambra. Cuando entramos nos quedamos embobados con la explosión decorativa. Las yeserías, los azulejos, los artesonados y el resto de la decoración son una explosión sensorial. Sin embargo, si nos fijamos, esconden una arquitectura de lo más simple. No son más que cuatro paredes ahí puestas, que cualquiera de nosotros levantaría en un fin de semana parando para echarse la siesta y salir por la noche. Digamos que algo así es el libreto de Malos tiempos en El Royale. Unos diálogos espléndidos, como los azulejos de la Alhambra, que enmascaran unas paredes de ladrillo.

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Una última anotación antes de marcharme: Señores productores de Malos tiempos para El Royale, como sé que me estáis leyendo, no perdáis la oportunidad. Redactad sin falta un “In consideration” para La Academia de cara a las nominaciones a los Oscars y publicadla a doble página en Variety. (Si queréis hacerlo en Cinéfilos Frustrados tampoco nos negaremos, que conste). Que no os falte ninguna: montaje, dirección de fotografía, diseño de arte, sonido y no olvidéis incluir a un par de secundarios. Para mí que Cynthia Erivo y Lewis Pullman tendrían más posibilidades, pero si no hay dinero para los dos para mí que Erivo estaría mejor situada. Además, este año estrena también la nueva de Steve McQueen por lo que si no cae por esta película, caerá por la del inglés. Avisados estáis.

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