Largo viaje hacia la noche es la última travesía onírica de Bi Gan, una obra maestra que va más allá de la técnica y la narración

Está claro que a Bi Gan le gusta su tierra natal, Kaili. Se regodea en ella, la retrata con sus medios cual lienzo de Chagall. Y como ya hiciese con su ópera prima Kaili Blues, de la que toma el mismo lirismo, retorna a la ciudad que le vio nacer hace 30 años en este Largo viaje hacia la noche. Perteneciente a una surgente ola de directores chinos englobados en el art house y en la que resaltan nombres como Hu Bo o Zhang Dalei, es uno de los cineastas a los que realmente hay que seguir en su trayectoria, pues eleva al cine a su máxima expresión.

Partiendo de la búsqueda de un antiguo amor, nos sumergimos con ayuda de Luo Hongwu en una búsqueda entre lo real y lo onírico, una sucesión de eslabones que conforman la cadena que es nuestra historia, y que nos serán entregados de forma desordenada, alternando entre el pasado y el presente. Un viaje a través del tiempo y de los recuerdos, cargados de un estilo noir que conducen unidireccionalmente hacia Wan Quiwen, nuestra femme fatale.

Largo viaje hacia la noche

Este viaje cinematográfico va más allá del mero relato ahondando más en la propia experiencia del espectador; de lo que ve, de lo que siente. Una travesía marcada por una primera parte con encuadres preciosistas y un uso del color y la iluminación que fácilmente recuerda a los trabajos del hongkonés Wong Kar-Wai. Este derroche técnico, más allá de la idea de la experiencia como disfrute, pretende identificar y resaltar los motivos principales de la película, sus constantes, así como su significado. Motivos en los que sobre todo destaca el recurrente del fluir del agua con uso atmosférico, tal y como hizo Tarkovski en Stalker, y que se apoya en otros elementos, una mujer vestida de verde, una fotografía, un escondite, un asesinato…

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Pero sin embargo, lo que hace más famosa y valiosa a Largo viaje hacia la noche, consiguiendo que brille en esa nocturnidad todavía más, es su segunda mitad. Sus casi 60 minutos finales filmados en 3D, permitiendo una inmersión todavía mayor. Todo acontecerá cuando nuestro protagonista entre a una sala de cine decrépita y use sus gafas 3D, donde el espectador deberá emular la acción y acompañar a Luo en su viaje onírico. Onirismo grabado enteramente en un único plano secuencia de una complejidad espectacular, pasando del uso de grúa que nada tiene que envidiar a la usada en Soy Cuba de Kalatozov y de la que tiene reminiscencias, a el transporte en tirolina o a la steadycam.

Elementos usados con cabeza y no como mero capricho técnico, logrando así una mayor profundidad en el relato, como en la imagen. Incluso llegando a un perfeccionamiento  mayor al demostrado en Kaili Blues.

Largo viaje hacia la noche

Esta dotación técnica, que no solo sirve como ensoñación, transmite a la película de esa dimensión faltante durante toda la primera mitad, y abandona la constante intermitencia entre el pasado y el futuro para conferir al relato de una linealidad explicativa. Así logra entrelazar los eslabones narrados de forma visual y vocal, complementando el “todo” de la historia y aliviando esa omisión de información a los inicios de la película, haciendo un guion redondo.

Probablemente Largo viaje hacia la noche sea una de las películas del año, tal y como demostró en la pasada edición de Cannes en la que logró cosechar una invaluable cantidad de elogios que le han otorgado una mayor visibilidad. Aun así, estamos ante una película inmersiva que puede generar hastío si no se logra conectar con ella, evocando los molestos bostezos o frases como “¡qué coñazo de película!“. Pero ante todo, estamos frente a un derroche audiovisual ESPECTACULAR.

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Reseña Panorama
Largo viaje hacia la noche
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Visión a 24 fotogramas por segundo, amante del cine fantástico y de ojos rasgados. Tengo en propiedad Xanadu, así como también tengo Manderley. Además de ser un ferviente seguidor de las escrituras del Libro Rojo de la Frontera del Oeste.