Todos los artistas han aprendido su oficio de los grandes nombres que le han precedido. Los mejores pintores perfeccionaron su maestría copiando a los grandes de la historia del arte. Y cuando digo copiando, no me refiero a inspirarse o reinterpretar. No, no: A copiar a palo seco. Realmente no hay otra manera de aprender que repetir lo que sabemos que funciona y los cineastas no van a ser menos. Al fin y al cabo… ¿Quién no querría ser un director como Tarantino, un hermanos Cohen, un Wong Kar Wai o un David Lynch? Claro que hay que aprender de ellos. Lo que no puedes (ni podrás) es ser ellos. Ni falta que te hace.

En 1996, el cine español era Pedro Almodóvar. El director manchego no sólo había reventado la taquilla y obtenido reconocimiento en el extranjero. Había logrado algo más enorme todavía: Que cada uno de sus estrenos fuera el acontecimiento cinematográfico del año. El sueño de todo cineasta que empezaba era llegar a lo que el manchego había alcanzado: El éxito artístico y comercial haciendo exactamente el cine que querías. Almodóvar tenía un lenguaje narrativo y visual característico, reconocible y absolutamente personal. El mundo entero lo adoraba haciendo simplemente las películas que él quería. ¿Qué aspirante a genio del cine no sueña exactamente con eso?

Eso mismo debieron pensar David Menkes, Alfonso Albacete y Miguel Bardém: Para conseguir los logros de Almodóvar hay que hacer lo mismo. Craso error. A Pedro Almodóvar le funciona porque le sale de las entrañas, no es capaz de contar una historia diferente ni de otra manera porque esa es su voz. Y eso que hablamos de un cineasta posmoderno de libro, es decir, un autor ecléctico que toma de otros autores los planos, secuencias, diálogos… cualquier cosa que le guste para apropiárselo en sus películas. Exactamente igual que el otro director posmoderno por antonomasia: Tarantino. Lo digiere todo tal cual, pero cuando lo vemos (re)hecho por él, es lo mismo… pero no es igual. Si pensamos en el Madrid nocturno, con drogas, fornicio, visión femenina y diversidad de género e identidad sexual, estamos pensando en una película del primer Almodóvar. Pues eso es justo lo que pretendió el tridente Albacete, Menkes y Bardém (de los Bardém de toda la vida)

Justamente por eso, Más que amor frenesí es un despropósito total. Imitar una voz ajena es, por definición, hacer un cine impersonal al que se le ven todas las intenciones (y ninguna buena). No digo que todo sea malo en una película así. La interpretación de Cayetana Guillén Cuervo no se la merecían, directamente. Ella está absolutamente maravillosa sabiendo que todo a su alrededor no hay por dónde cogerlo. También es un acierto absoluto la elección del tema principal. Estoy Llorando por tí te podrá parecer horterilla (y no te culpo), pero ha sobrevivido un cuarto de siglo y a la propia película. Así que tan mala no será, digo yo. El problema es que los tres directores no se inspiraron en Almodóvar. No aprendieron de su cine ni tomaron referencias de su filmografía. El fallo fue pretender que Más que amor frenesí fuera una película de Almodóvar.

Seguro que cuando hagas una película te encantaría que fuera como la de tu cineasta fetiche, pero nunca lo será porque puede ser algo todavía mejor: Será tu película, tu historia contada con tu propia voz. ¿Que se verá la huella de todos los autores de los que has aprendido? Por supuesto. Que nos recordará a las películas que has visto, no esperamos otra cosa. Pero por mucho que quisieras ser esos grandes genios que te fascinan, que sea tu voz la que cuente la historia, no la suya.

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