inherent vice

EL ARTESANO DE LOS SONIDOS EN RADIOHEAD, JONNY GREENWOOD, DESPLEGÓ SU HACER LA MEMORABLE BANDA SONORA DE INHERENT VICE  DE P. T. ANDERSON.

Paul Thomas Anderson ha dado algunas de las películas icónicas en la últimas dos décadas del cine. Títulos como Boogie Nights (1997) y The Master (2012) hablan por el californiano. Basado en Inherent Vice de Thomas Pynchon —Anderson lo leyó en dos días, y sin saber el cómo supo que tenía que llevarlo a la gran pantalla— el realizador nos trajo en 2014 un filme tipo neonoir / screwball donde, por supuesto, la protagonista femenina lleva las riendas de la narración, y las tensiones sociales van entre líneas. La banda sonora de Inherent Vice, hecha por el ya obvio colaborar del director Jonny Greenwood, aporta elementos fundamentales dentro del giro que Anderson da a la historia de Pynchon.

En el primer fotograma una cámara fija la vista donde el mar y el cielo se hacen uno. Lo tangible: la 4210 de The Strand separada de su vecina por el callejón a Playa Gordita. Suenan fragmentos de canciones irreconocibles mientras se cuela nuestra heroína para, silente, abrirnos la puerta a la vida de Larry Doc Sportello (Joaquin Phoenix). Ella es Shasta (Katherine Waterston), la protagonista, que da el nombre a la primera melodía de Jonny Greenwood. Como si fuera una composición clásica, Shasta es la primera melodía de las tres que oiremos dedicadas a ella. Esta se escurre tímidamente, casi imperceptible, en el discurso de despedida de la amiga de Sportello. Los adjetivos para calificar a esta canción, enigmática y llena de bellos sonidos clásicos, son transitivos a la protagonista.

La confesión que Shasta le hace a Doc, antes de acelerar su convertible, amarra. Sin embargo, oímos Can, de Vitamin C, la elegida para impulsar a Doc y aguantarle en su desconsuelo. Han pasado poco menos de ocho minutos en este intro y leemos en verde neón: Inherent Vice. La revisión del cine noir por Paul Thomas Anderson donde la femme fatale, su hombre y el investigador venido a menos se enmarañan como viaje de peyote dentro de este guion basado en la “inadaptable” novela homónima de Pynchon. Una trama confusa, donde las drogas embelecan a nuestro héroe y vamos ciegos. Sortilège —Lège— (Joanna Newsom) es nuestro bastón blanco, el palo guía cuando vemos casi nada. Can se estresa hasta el doble de lo original en tanto visionamos como Doc comienza la tarea. Si se puede decir así.

Greenwood presenta Under de Paving-Stones, The Beach! mientras se llega a una casa de putas. En medio del idílico «town homes» típico de Los Ángeles, Anderson bifurca los caminos. Sabemos, pues, que debajo de esos andenes no están si no las consecuencias para los no blancos. Es Simba, la canción de Les Baxter con un sonido lounge, la que suena en la recepción de las especialistas en cunnilingus. Jade (Hong Chau) da una muestra gratuita del menú que junto a las paredes del local y la onírica melodía funcionan hipócrita y premonitoriamente para introducir la fuerza y brutalidad del teniente de policía local Christian Bigfoot Bjornsen (Josh Brolin): un hilo más en la madeja.

En Inherent Vice la ausencia de música deja asimilar cierta información, que luego se complementa con los susurros de Lège. Captamos la primera gran imagen dentro de este enorme rompecabezas cuyas piezas se multiplican como zancudos en una noche en la playa con el fondo sonoro de Spooks, la tonada que más recuerda a Radiohead de este soundtrack.

Conociendo los daños colaterales de los encuentros entre Bigfoot y Doc; para la segunda ocasión Anderson decide mostrarnos las causas enfatizándolas usando la cámara lenta. Greenwood dilata el truco con la angelical Burnig Bridges, de Jack Scott que se quedó por fuera del CD que recopila la banda sonora. La música es otra vez el bálsamo de este bestial encontronazo, y cierta incómoda cita calco de la última cena, pero sin beso. Cuando el asunto va a más en misterio, Jonny presta sus armas dándole presencia sonora a The Golden Fang: el gran pulpo. La sensual voz de Jade advierte a nuestro héroe sobre esta especie de Espíritu Santo en el mundo corporativo.

Pero Sportello ya está jugado, su compromiso es total. El director usa la paleta de colores para ahondarlo a nuestros ojos: intercala primeros planos de Shasta, en rojo, y Doc, en azul, y abre el plano para ver el mar en gris. Harvest, con el lamento folk de la Gibson de Neil Young, nos hace empatizar aún más con el detective y sus motivaciones en una canción que aunque suena más de dos minutos en el filme tampoco aparece en el CD de la banda sonora.

Con el sonido surf-jazzy, acompañado por coros y palmas que sobre llevan el ritmo de su guitarra, de Here Comes the Ho-Dads, de The Marketts, nos vamos de fiesta con Coy (Owen Wilson): un saxofonista surf que trabaja para la campaña de Nixon (sí, así es este extraño mundillo de Inherent Vice). Lège, la secretaria modelo, trata de organizar tal cantidad de información y conexiones que ya vamos necesitando libreta. Y vuelve el misterio; y otra vez el de Radiohead tira de su arsenal sónico. Instrumentos de cuerda que se aceleran para luego ser reemplazados por sonoridades sintéticas, sonidos ululantes, violines cargados de malos presagios y campanillas desconcertantes: Adrian Prussia. Una orgiástica presentación de Jonny que engrana sin sobresaltos con el montaje cinematográfico de (The Master, 2012 | Thin Red Line, 1998), la editora de Anderson en este caso, y este último empieza a armar el rompecabezas.

—«If you’re dead, you’re dead. Are we talking philosophy?» —le reclama Bigfoot Bjornsen a Doc Sportello. Pero lo cierto es que esto se parece bastante. A medida que Sportello es visitado por personajes que iluminan ciertos asuntos y lían otros Les Fleurs, de Minni Riperton, suena bajito como nuestra propia verdad interiorizada a duros golpes. Siempre sabemos que está ahí, pero la queremos ignorar, acá usa los labios para hacerse presente.

Al igual que Shasta Fay: la segunda de la trilogía de canciones dedicadas a nuestra heroína. Fay es su segundo nombre, su nudo. Las cuerdas se acompañan de vientos y generan una hermosa y clara atmósfera. Tanto que se hace misterio y revela la peligrosidad del poderío femenino en el momento en que los violines, cada vez más altos, rozan el agobio perdidos en un crescendo prontamente evaporado. Similares son los recuerdos que, insuficientes pero poderosos, le viven pasando cuenta a Sportello. Y el folk de Neil Young vuelve en Journey The Past para ayudar a la memoria del héroe perdido en lejanías: los estertores de su historia de locura psicótica y amorosa con Shasta.

La memoria de Doc, él los pega siempre, está fumigada por THC, y el director de Inherent Vice profundiza la sensación de desorientación al empezar a tener partes de canciones ya oídas, de diálogos en tanto el montaje difumina y sobrepone fotogramas. Se encajan piezas, pero siguen apareciendo más. Ahora musicalmente tenemos al The Chryskylodon Institute. Una tonada similar a las otras de Greenwood cuando de llamar al misterio se trata. El lugar al que parece todos van y del que todos quieren escapar. Un par de fuetazos y nuestros amigos se aceleran, mandibulean un poco, y el time-lapse da cuenta de ello. Sukiyaki se escucha con la claridad de la que carece Bigfoot, y el contraste de lo que sabemos con lo escuchado desconcierta. Sportello no está tan nublado como aparenta, y ahí vamos con él.

Shasta Fay vuelve a sonar y llena la sala. Empezamos a tener una explicación de lo que significa el título de esta película, y por demás entendemos por qué ella es la protagonista. No aparece mucho, pero es la que lleva las riendas de todo. Y la banda sonora se encarga de imprimirle la seriedad, el misterio y la peligrosidad que su cara mimetiza. La verdad tiene muchas piezas, asunto que aporta cuando se quiere que se mal entienda, y se asemeja a Inherente Vice en cuanto siempre es complicado tenerlas todas juntas.

Y con las repeticiones llega también el silencio en Inherent Vice.

Para el desenlace —que no se precipita, porque no son trucos de mago lo que vemos acá—  el director se toma su tiempo y dedica un cuarto del metraje. Son tantos los asuntos planteados que los ojos tienden a dejar pasar información y el sonido no está para ayudar. Es solo hasta los últimos diez minutos del fin cuando llega Amethyst, la canción como un amanecer soleado: tibia, tierna, dulce y calma para la hija de dos yonkis rehabilitados: Coy y su pareja. Los instrumentos cuyos sonidos antes se usaron para el misterio ahora tiñen de esperanza. Y Sportello la fija en esa familia.

https://www.youtube.com/watch?v=71e5iIonCuI

Aunque Shasta Fay se ha desnudado ante nuestros ojos nos faltaba Shasta Fay Hepworth para el desenlace de la trinidad sonora que Greenwood le montó a la protagonista. Se oye subrepticiamente durante la corta sentencia de ella: “Solo nosotros… juntos”. Porque algunas personas saben cosas de nosotros que podemos ignorar. Y algo en los ojos y en las últimas palabras de Doc Sportello expresan su cambio: él ya la conoce del todo —o todo lo que se puede—. Any Day Now, de Chuck Jackson, cierra el ciclo. Volvemos a ver el título en letras capitales de neón verde, mas Sportello tiene otra expresión lejos de la primera vez que lo vimos. Igual pasa con Shasta.

Esta es la tercera vez que Jonny Greenwood pone la banda sonora para una cinta de Paul Thomas Anderson. Otra vez es enrevesada, pero también otra vez es poderosa cuando soporta el tono y el ritmo del filme. Porque no tuvo que ser fácil para el director adaptar Inherent Vice del inexpugnable y enmarañado Pynchon; pero tiene la música de Greenwood que entre composiciones nuevas y clásicos indican el camino. Que sirven ya como guías, ya como énfasis, y solo queda esperar que lo sigan haciendo.

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Soy un colombiano que entiende el porqué de nuestro top of mind: Shakira y la farlopa. Mas entender no es compartir y menos aceptar. Ingeniero por confusión, MBA por necesidad, filósofo, mountain biker y amigo de curiosidad. La que me hizo melómano, cinéfilo y lector junto a las ganas de probar el mundo. Así se llega a un par de cosas que dejan a los sentidos disfrutar, como escribir tratando de no perder la elegancia en ello.