El cine como manifestación artística, además de con pretensiones estéticas, puede y en ocasiones debe cumplir la función social de crítica. Hoy, 25 de noviembre, se celebra el día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, un día en el que Dios existe: su nombre es Petrunya cobra aún mayor relevancia. Se trata de una historia que testimonia la situación de discriminación que sigue sufriendo la mujer en los Balcanes, pero que lejos de circunscribirse a un territorio particular transmite una problemática universal.

Petrunya

Esta película es la primera producción macedonia que se estrena en España tras 27 años, será concretamente el 24 de enero de 2020. En ella, su directora Teona Strugar Mitevska, nos acerca a la vida de Petrunya, una mujer de 32 años, licenciada en historia y en paro que sigue viviendo con sus padres, y debe hacer frente a la sensación de fracaso, a las presiones maternas por encontrar un empleo y al rechazo laboral por ser demasiado mayor, demasiado gorda o demasiado fea.

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Petrunya, tras una nueva decepción, vuelve a casa pero, durante un momento, advierte que su suerte puede cambiar. Se encuentra con una procesión, en la que como cada año, un sacerdote deberá hacer caer una cruz desde lo alto de un puente, y aquel que la consiga disfrutará de los honores y elogios como digno vencedor, así como de la buena fortuna durante un año. Todo transcurre tal y como se espera, pero en esta ocasión algo cambia, es Petrunya quien tras lanzarse al río consigue la cruz, solo hay un problema, ella es una mujer, y ésta, una tradición de hombres.

A raíz de su victoria, todos la persiguen y acosan para que devuelva la cruz porque no reconocen siquiera la legitimidad de su ganadora. Petrunya se enfrentará entonces a esta situación con las mismas dosis de valentía que de contumacia, por primera vez, se siente vencedora y no va a renunciar a este triunfo le pese a quien le pese.

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Tal y como comentó su directora, en el coloquio posterior a su visionado en el pasado Festival de cine Europeo de Sevilla, la historia está basada en un caso real, ocurrido en 2014. Tras el acontecimiento, la presión del entorno y el revuelo mediático suscitado terminaron, tristemente, por hacer que la verdadera protagonista tuviera que abandonar los Balcanes e instalarse en Londres. No obstante, su iniciativa inspiró a otras mujeres en años posteriores a saltarse (literalmente) las normas para tratar de alcanzar la cruz arrojada, algo que según palabras de la propia cineasta revela la necesidad de desobediencia cuando esas normas, leyes o tradiciones lejos de protegernos, nos constriñen. En este sentido, su intervención recordaba al discurso de la escritora Siri Husvdt, ganadora del Premio Princesa de Asturias, cuando dedicaba el galardón a todas aquellas niñas que piensan, dudan, imaginan, preguntan y se niegan a estar calladas.

Petrunya tampoco calla, muy al contrario, se rebela, quizá en un ámbito de lo que para muchos carece de importancia: una tradición religiosa en pleno mundo secularizado. Sin embargo, su gesto va mucho más allá del mero acto de reclamar la victoria, la protagonista hace pedagogía del feminismo, nos recuerda el poder de lo simbólico en una sociedad patriarcal, que se aferra a esos elementos tradicionales para justificar el dominio sobre el mal llamado sexo débil. Petrunya defiende con firmeza sus derechos, se enfrenta con serenidad a situaciones límite, resiste con estoicismo el menosprecio que la circunda, y termina con la mayor fortaleza que cualquier persona puede albergar, la confianza en sí misma.

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