Los siete samuráis, Oldboy, La linterna roja, El mundo de Apu, Yi Yi, Deseando Amar, Las Tortugas también vuelan, The Raid, La historia del camello que llora o El olor de la papaya verde. ¿Conoces todas estas películas? ¿Qué tienen en común todas estas cintas, muchas de ellas totalmente diferentes entre sí? La respuesta no es muy compleja, todas son obras maestras incontestables, pero además encontramos otro denominador común, que tendréis en mente al momento de leer el título de la entrada, su continente de procedencia: Asia.

A raíz de mi amor por la aportación al séptimo arte de este continente, me veo, digamos en la obligación, de sacar de un pequeño rinconcito de Cinéfilos Frustrados esta sección escondida, aportando en menor o mayor medida, eso es algo que decidirán los propios lectores, mi granito de arena en pro de un mayor conocimieno a un cine no tan reconocido, más allá de sus fronteras, como el europeo o el americano. Cuentos de Asia nace con este objetivo y, en formato de crítica (un tanto distinto), os intentaré traer retazos de calidad ocultos por el basto continente.

Para inaugurar con paso firme, os traigo un cuento procedente del país del Sol Naciente, el bello Japón. Posiblemente el país asiático con mas repercusión a nivel mundial, el boom de la animación o una época dorada en el cine clásico que duró varias décadas, con Yasujiro Ozu, Akira Kurosawa o Kenji Mizoguchi como máximos exponentes, son algunos de los motivos de mayor peso para este hecho. Aprovechando la mención de estos tres últimos directores, nos centraremos en uno que surgió entre la retirada de algunos (Ozu y Mizoguchi) y la confirmación de otros (Kurosawa), hablamos de Hiroshi Teshigahara.

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Un amante del arte al completo, no solo el cine era su pasión, en herencia de su familia le viene también un fuerte amor por el Ikebana. Pero el arte de Teshigara era explorado en más ámbitos, como la escultura y la pintura, o incluso la ópera. Un artista con mayúsculas. En este artículo nos centraremos en su parcela cineasta, donde dio sus primeros pasos en los 60, con la cinta The Pitfall, acompañado de su gran amigo y compositor Toru Takemitsu, y su guionista fetiche Kobo Abe. Alcanzó su mayor reconocimiento con su siguiente filme, La mujer de la arena, cinta por la que es mayoritariamente conocido. Aun así, pienso que Teshigahara no llega a las copas del reconocimiento de artistas de su generación como Kobayashi, Kurosawa o Naruse, sin lugar a dudas fue una gran década para el cine nipón.

Así que me gustaría traeros, el que para mí, es el mejor “cuento” del polivalente Teshigahara, El rostro ajeno. Criticada en su época, creo que estamos en el mejor momento para rescatar esta cinta y ponerla en el lugar que se merece. Nunca este filme tuvo más sentido que en nuestros últimos años. Una compleja película que nos habla de la identidad y de como ocultarnos tras la apariencia, pues en esta “distopía” el rostro lo es todo.

Desde el comienzo nos dejan claro el tono psicótico de la cinta, empezando con una introducción de un psiquiatra que será pilar en la historia y, a continuación con un estridente, y maravillo, vals junto a los títulos de crédito. No estamos ante una película para todo el mundo, está claro, pero todo aquel que sepa apreciarla, encontrará una gran satisfacción por sus muchas capas y maneras de interpretarla.

Tras la breve introducción nos presentan al protagonista, interpretado por brillante Tatsuya Nakadai. Repleto de vendas y del cual solo vemos los ojos y boca de su rostro, colocados de tal forma que parece estar frunciendo el ceño a la vez que sonría, aquí ya nos empiezan a presentar la dualidad de la que hace gala el filme. El personaje interpretado por Nakadai, al igual que a todos los de su alrededor, nos producirá cierto miedo y aversión, solo con su voz nos dejará con la boca abierta, para bien o para mal. Esto se ve en su propia esposa, y el trato que le profesa. Los diálogos entre la pareja son para enmarcar, no vemos nada del amor que podríamos esperar, pero sí una cierta inquina venida a raíz del accidente del protagonista, y por el cual se tuvo que vendar la cara debido al estado de la misma.

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Pero no solo nos escamará el trato de su esposa, todo su alrededor se verá afectado por su rara apariencia, ya comenzamos a desvelar un poco del trasfondo que oculta El rostro ajeno. El cambio de apariencia y trato de las personas alrededor del protagonista le hacen incluso plantearse la eutanasia a manos de su psiquiatra, pero éste tiene una idea mejor. Ocultar su rostro en una cara nueva, lejos de sus imperfecciones y sus vendas. Pero el psiquiatra le hace un aviso, y es que el nuevo rostro podría dominarlo completamente, la apariencia ocultando nuestro verdadero ser, e incluso llegando a desaparecer. Tengo que recalcar las escenas en el hospital, donde Teshigahara se da las licencias de experimentar dando una sensación de incomodidad propia del cine de terror, porque sí, esta película también bebe del terror.

Tras esto, El rostro ajeno avanza a paso lento donde conocemos más a fondo la desquiciada mente del protagonista afectado por su apariencia, y además nos presentan una historia paralela donde el protagonismo también recae en un rostro, en este caso el de una bella joven, cuya cara es invadida desde un lateral por una imperfección. Ella, por el contrario, no oculta su rostro tras unas vendas ni una nueva cara, la joven convive con su imperfección y acepta las críticas de su alrededor. En esta parte debo destacar también un plano vertical que vemos en las escaleras de un edificio mientras la muchacha huye de un viejo que intentó propasarse, que dominio tiene Teshigahara de la cámara.

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El personaje de Nakadai, en contraposición, está cada vez más cerca de conseguir su nuevo rostro, vemos como “compran” la cara de un hombre en una incomoda escena, una más. Finalmente, obtiene su deseada “mejora” facial, y su personalidad poco a poco da un cambio total de aptitud, reviviendo viejas escenas donde llevaba las vendas y comprobando la diferencia de trato en muchas personas, incluso en su propia mujer. La apariencia lo es todo.

De hecho, el objetivo del protagonista es conquistar el amor de su mujer con su nuevo rostro. En este cortejo vemos el talento de Teshigahara mostrando la sexualidad, que es eje central de su gran obra, La mujer de la arena. Aquí lleva la cámara a los pies del marido y la mujer y vemos a través de ello su acercamiento, pero no por ello entra en el ridículo ni mucho menos, ni pierde pizca de su morbosidad.

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Entre tantos se nos vuelve a cruzar la historia de la bella joven, que incluso ella que no oculta su rostro, parece que está siendo afectada por el desprecio que le muestran a su alrededor. Además, vemos como incluso el psiquiatra guarda en parte las apariencias, ocultando un romance con su ayudante a espaldas de su mujer, a priori loca, que nos muestran disimuladamente a lo lejos en los planos del perturbador hospital.

Llegamos al desenlace de ambas historias, que llega, como ya mencioné anteriormente entre sus virtudes, tras el sexo. El protagonista no soporta el peso de la “apariencia” sobre su verdadero yo y entra en una debacle donde desea adoptar por completo el rostro ajeno y borrar todo aquello que le ata a su verdadero ser. La joven se ve atosigada por el resto de las personas que atentan contra su apariencia, y decide, pese a aceptarse, acabar con su vida.

Estamos ante una película muy pesimista donde ninguno de los caminos terminan por complacer a sus protagonistas y depende del propio espectador sacar sus conclusiones. Como podemos ver en su final, donde una muchedumbre, ocultos todos por rostros idénticos, rodea al personaje interpretado por Nakadai y su psiquiatra (quien también ve hacia que estado se dirige la sociedad). La apariencia ha triunfado frente a la humanidad, llevando a la civilización a un estado de superficialidad donde todos hemos abandonado nuestro verdadero rostro, nuestro yo, nuestra forma de ser.

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El rostro ajeno es sobresaliente en todos sus sentidos, desde sus actuaciones hasta la fotografía, pasando por el guion firmado por Kobo Abe. Una película que en lugar de envejecer se ha rejuvenecido; nuestra sociedad está más cerca que nunca de llegar al estado que nos plantea Teshigahara en su distopía. Una imprescindible para todo amante del cine asiático y nipón.

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