Este viernes 7 de mayo llega a nuestros cines Tiburón blanco como la enésima iteración de la historia de un grupo de humanos perdidos en el mar y rodeados de uno o varios tiburones con maneras y objetivos dignos de Michael Myers y Jason Voorhees.

Existe algo irresistible en la manida historia del feliz grupo de amigotes que se adentran en determinado paraje natural en el que son detectados y perseguidos por un asesino sin escrúpulos ni otro objetivo que acabar con las vidas de todos y cada uno de ellos. Siguiendo, eso sí, el orden inverso al del sueldo de los actores que participan en la película con lo que al final el único superviviente, rebozado en sangre, emerge triunfal de una odisea que, taquilla mediante, puede repetirse ad nauseam (y nosotros bien felices en algunos casos). Lo que viene a ser el mito del slasher cuando el asesino es una bestia con forma humana o el género de monstruos asesinos cuando este es un animal que, digámoslo finamente, normalmente tienen hambre. Tal es el caso de Tiburón blanco.

En el fondo ambos subgéneros han llegado a parecerse hasta el punto que sólo les diferencia la temperatura de la sangre (y dudamos, sinceramente, de que la temperatura de Myers o Voorhees sea como la nuestra) del depredador de turno. Uno de los sospechosos habituales del género, especialmente desde la mítica Tiburón (Steven Spielberg, 1975) son los escualos, normalmente del tipo gran blanco, cuyo desarrollo en este tipo de películas se reduce a que si te tiras al mar, en el hay tiburones, y estos no hacen otra cosa que ir a por los humanos. En Tiburón blanco, la película australiana que nos ocupa, dirigida por Martin Wilson, el escualo de turno demuestra las perpetuas conductas asociadas a estos animales a lo largo de innumerables películas de clónico desarrollo: el tiburón exhibe una obsesión total por perseguir y acabar con el pobre, y normalmente repleto de estúpidos, grupo de amigos perdidos en alta mar.

Tiburón blanco nos trae a una pareja de atractivos y atléticos guías turísticos de una zona de atolones australiana, un compañero de trabajo y una segunda pareja, en este caso turistas, que se verán metidos en un rescate de una chica desaparecida tras un ataque de tiburón. Por supuesto todo sale mal y el grupo termina a la deriva, perseguidos por un tiburón enorme, obsesionado con terminar uno por uno, pero en el orden que uno adivina ya en los primeros minutos de la película, con los cinco personajes.

Tiburón blanco 01

El problema, de tantos y tantos films de este tipo, sean slashers o sobre monstruos implacables, es que el espectador ávido de este tipo de historias ya acude a la sala conociendo la premisa y lo que va a suceder. Es más, sabe el como, y en la mayoría de casos hasta el orden en el que irán cayendo todos. Y por supuesto se anticipa quien o quienes van a sobrevivir, especialmente cuando el mito de la Final Girl sale de este tipo de productos. Sin embargo nada impide que con esas herramientas, insistimos, de muy escasa originalidad, se pueda aportar algo: sea en lo emocional, cómico, en la acción, en el puro terror o incluso en el desarrollo de personajes.

Lamentablemente esta Tiburón blanco no aporta, siquiera persigue (no se atisba intención alguna de ello, vaya), ninguno de esos elementos, quedándose en una insípida historia mil veces contada, con personajes que no te importan, tiburones que no parecen tiburones (ni por el CGI empleado ni porque llevamos más de 40 años alimentando ese mito del escualo asesino implacable), y la ausencia -y eso era lo mínimo- de sustos de nivel o momentos de tensión. Los atolones, eso sí, son magníficos y un regalo para la vista.

Reseña Panorama
Puntuación general
5
Artículo anteriorEntrevista con Jay Redd: VFX Supervisor de For all mankind [Apple TV+]
Artículo siguienteCrítica Masacre: Ven y mira (1985)