El pasado mes de julio Netflix, que no suele conceder más de tres temporadas para sus series, anunciaba la cancelación de una de sus series estrellas, con una importante cantidad de seguidores, Las escalofriantes aventuras de Sabrina. La cuarta parte (y conclusión de la segunda temporada) se adaptó pues al hachazo de la cadena y supuso el final de uno de los más destacados relanzamientos del medio. Un final rematado con una resolución que, parece, ha inquietado a los fans. ¡Spoilers a tutiplén!

La explosión del medio televisivo como exponente cualitativo en la oferta visual de similar tonelaje al cinematográfico viene ya de lejos. De muy lejos. En el proceso dicho fenómeno ha ido ampliando sus horizontes (buscando, claro, asimilar y mejorar la cartera de clientes y el consiguiente pago mensual) y estrategias. La recuperación, vía secuela o reinicio, de series pretéritas era cuestión de tiempo. Entre los anunciados regresos de 90210, Prison Break o Veronica Mars, Netflix anunció hace ya cuatro años un reinicio de la exitosa Sabrina, cosas de brujas o, lo que es lo mismo, una nueva iteración de los cómics homónimos de Archie Comics. El éxito y la aceptación fan parecían una realidad pero, por alguna razón, Netflix canceló la serie el pasado verano y, de momento, Sabrina ha llegado a su fin tras dos temporadas, de dos partes cada una, y 36 episodios.

El pasado 31 de diciembre, sobre la bocina de este terrible, y aún no olvidado, año 2020, Netflix publicaba la última tanda de episodios de Sabrina. Tras una tercera temporada (en realidad primera parte de la segunda pero… Menudo lío, ¿eh?) centrada en la lucha contra aquel grupo particular de paganos, Sabrina y los suyos se enfrentan a la última ocurrencia bélica del torturado (por fracaso tras fracaso) Faustus Blackwood (Richard Coyle) para terminar de una vez por toda con ese ser de luz que es Sabrina Spellman (Kiernan Shipka, alias, la actriz que todo estudiante de inglés debería de escuchar, en esta serie, para deleitarse con una dicción perfecta, estadounidense claro, pero perfecta) y su, ahora sí, unido clan de brujas y humanos varios. Dicho plan contempla la ejecución de varios males (uno por episodio: por aquello del orden) universales con los que el intrépido Dark Lord somete a Greendale.

De entrada es una elección narrativa novedosa en una serie que ha ido variando la misma sin rumbo aparentemente fijo. De episódicos y arco general, todo mezclado, a lo Buffy, a trama continuada a lo Netflix (caso de la tercera temporada). En esta última temporada la elección es un hallazgo: no deja de ser un solo arco, total continuidad episodio a episodio, pero los ataques de Blackwood dan lugar, ciertamente, a que cada episodio tenga su entidad diferenciada del resto.

Sabrina 01

De entre los seis primeros episodios (los dos últimos forman una doble aventura aparte) destaca el cuarto, una suerte de what if, de la clásica realidad paralela en la que sólo uno (en este caso, dos) personaje es consciente del cambio. Una apuesta, siempre excitante, que alcanzó cotas geniales en Buffy con aquellos The Wish y Superstar (aunque el segundo tuvo la valentía de empezar con el deseo ya emitido y por lo tanto con el propio espectador sin poder comprender una soberana mierda de lo que estaba ocurriendo), y que en este episodio de Sabrina, con Blackwood convertido en Emperador, tiene su punto. La imaginería nazi, ver a Harvey (Ross Lynch) como un joven radical entregado a la causa, mientras Sabrina y Roz (Jaz Sinclair) tratan de recordar a todos que viven en un Matrix fascista, da lugar una de las horas más entretenidas de esta temporada.

La dualidad que suponen las dos Sabrina es otro ingrediente de dulce sabor: una ocurrencia sabia, por sus posibilidades, y felizmente recogida por una Kiernan Shipka que brilla cuando se desdobla entre esa Sabrina de bandana negra (o Sabrina Spellman) y Sabrina de bandana roja (Sabrina Morningstar). No, aquella insinuación (por encuadres, música, por el rostro de Sabrina), de una dualidad bien/mal, de un lado oscuro y tal producto de reinar en el Infierno, no se da. Lástima. Pero, cuanto menos, todas las escenas que comparten ambas Sabrina son de lo mejor de la temporada, y de la serie.

Sabrina 02

 

Una dualidad que sirve para buscar la motivación necesaria para los hechos del doble episodio final. Sabrina Morningstar, perdiendo en un piedra, papel, tijeras, contra Spellman, cruza el espejo hacia lo que se supone es un realidad paralela casi igual. Y lo que sucede es, tal vez, el episodio más ingenioso, sino el mejor, de toda la serie. Un meta ejercicio en el que Sabrina aparece en lo que es una suerte de filmación de la propia Sabrina real (la nuestra), con el formato cómico de la anterior, y una historia de encierre disópico en las entrañas de la producción televisiva. Un delicioso vehículo para, además de seguir a Sabrina en su investigación sobre el mundo en el que se ha metido, colarnos el funcionamiento -a modo coña hiperbólica, por supuesto- de la TV. Impagable cuando mencionan los finales de temporada como resets para, luego, volver otro año como si nada. O cuando el director, Blackwood, dice que el sólo es el director, y quien manda es el jefe de guionistas (el manido showrunner), que no es otro que Salem.

Sabrina 03

 

El episodio final, no obstante, se dirige hacia un final dramático con la muerte de ambas Sabrinas: primero Morningstar, tras regresar al mundo real, y luego Spellman cuando, tras quedar su cuerpo vagando en el gran Vacío, sus amigos logran que regrese en alma, en el cuerpo de la anterior, para finalmente sacrificarse en un plan conjunto final que por épica y dramatismo recuerda aquellos finales de temporada de Stranger Things. Sabrina, ambas (alma de una, cuerpo de otra), fallecen desangradas para salvar a la humanidad. Impagable cuando Hilda (Lucy Davis) se da cuenta de que están perdiendo a Sabrina. No es casualidad, pese a que la serie goza de un buen fondo de armario en lo interpretativo, sea Hilda quien sostenga a Sabrina en sus momentos finales.

Sabrina, con su extraña fisonomía estructural de temporadas, y partes, no se presta con facilidad al juicio y disección numérica pero podemos otorgar a este último año una buena nota. A la siempre bien recibida presencia de Sabrina, y Kiernan Shipka, siguen prestando su apoyo su grupo de amigos más cercanos (Harvey, Roz y Theo, pese a los discutibles números musicales, cuya presencia constante debe responder, imaginamos, hacia algún propósito que supone el mayor misterio de esta serie), el clan de brujas por fin está unido y los debates sobre el manido shipping no tienen siquiera lugar: Roz y Harvey son una pareja de química casi instantánea (algo que parece responder a un paralelismo en la vida real: visiten redes sociales para más información) por lo que Sabrina, además de fallecida, termina simplemente con algún calentón con el fibrado de Nick (bueno, casi todos están la mar de buenos; sigue siendo televisión). Algo es algo antes del mencionado y triste final. Cuanto menos, parece ser, Nick (Gavin Leatherwood) decide seguir las huellas de las altas botas blancas de Sabrina (hay que mantener el estilo en todos los planos existenciales) y reunirse con ella en lo que, suponemos, es el cielo. Bonito.

Reseña Panorama
Puntuación general
7
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