Juicio a Netflix: ¿Asesino o salvador del cine?

Llevamos matando el cine desde el principio de los tiempos. Primero, que la televisión haría que nadie fuera a la sala. Pero el cine sobrevivió. Luego, que si el vídeoclub sería la puntilla para que la gente dejara de ir al cine… Pero tampoco pasó nada. Ahora el fatalismo se repite con la plataformas de streaming… Pero ahora realmente la cosa ha cambiado.

Desde hace una década mal contada, sobrevuela la idea de que “Netflix ha matado al cine”. No es una afirmación literal —las salas siguen abiertas y los estrenos continúan—, pero sí condensa un cambio profundo en cómo se produce, distribuye y consume el audiovisual. Estamos viviendo un cambio de ciclo. No es algo que se le deba achacar exclusivamente a las plataformas de series, ni tampoco afecta solo al cine. También la televisión está en decadencia y ya vivimos en su día la muerte de las tiendas de discos.

Hemos experimentado un cambio radical de modelo en un tiempo récord. Tenemos que asumir que ya no vivimos en los tiempos del grupo, sino en el del individuo y las plataformas y redes sociales son al mismo tiempo causa y efecto de este individualismo neoliberal atroz en el que hemos caído. ¿Es malo? Depende. Vamos a ver los pros y los contras de estos nuevos hábitos de consumo cultural.

La principal ventaja de este mundo digital es la inmediatez y acceso universal a prácticamente cualquier libro, película, serie o película que queramos disfrutar. Eso es innegable y es una de los grandes beneficios del tiempo que nos ha tocado. No solo en cuestión lúdica, sino que tenemos todo el conocimiento de la humanidad en la pantalla del móvil. Cualquier Einstein, Newton o Aristóteles habría matado por tener un smartphone en el bolsillo.

Pero todo tiene su reverso tenebroso. Podríamos decir que la calidad media ha bajado porque las plataformas propician guiones sobrexplicados y un apartado visual más pobre para que no se pierda la imagen con la compresión en cualquier dispositivo. Pero esto tampoco sería justo, puesto que títulos como como El irlandés, Roma, El poder del perro o Historia de un matrimonio son producciones de Netflix y brillan en todos los sentidos. El problema es otro. Dos, para ser exactos.

El primero es que hemos dejado de compartir el cine como un evento social y las mayores perjudicadas son las salas de cine. Lo que no consiguió ni los videoclubs ni la televisión, ahora lo han logrado las plataformas. Las salas de cine han quedado sólo para los grandes eventos; películas de Marvel, estrenos en 4D, fenómenos como lo que pasará con La Odisea de Nolan. Más allá de las grandes producciones, la exhibición en salas está tocada, esta vez sí, de muerte.

Mira que me cuesta reconocerles nada bueno, pero aquí quien lo está haciendo mejor es Francia. Allí existe una regulación muy conocida llamada “chronologie des médias” (cronología de medios). Básicamente, es un sistema legal y de acuerdos del sector que obliga a esperar cierto tiempo entre el estreno de una película en el cine y su llegada a plataformas de streaming. La idea principal es proteger a los cines y, ya de paso, financiar el cine francés. Por eso, cuanto más dinero invierte una plataforma en producción francesa, antes puede estrenarse en streaming. Ya que hablamos de Netflix, normalmente puede colgar la película 15 meses después del estreno en salas si financian cine francés; si no, más tarde.

Las plataformas no sólo se han llevado por delante las salas de cine. También nos han anestasieado. Cuando se tiene todo, y aparentemente «gratis» (puesto que por lo que cuesta una entrada tienes todo el contenido de la plataforma), se deja de valorar. Eso es así. Vemos una película tras otra, nos tragamos maratones enteros de series, escuchamos una canción y otra, y otra, y otra… y lo que siempre había sido especial, valorado, esperado… ahora se ha transformado en ruido de fondo. Esto no es una rabieta de abuelo cebolleta. Sobre este proceso ya ha hablado gente más lista que yo.

El psicólogo Barry Schwartz, en su libro La paradoja de la elección explica cómo ante demasiadas opciones se reduce la satisfacción y aumenta la ansiedad. Por ejemplo, tener miles de películas o canciones disponibles puede dificultar elegir, generar sensación de pérdida («¿y si había algo mejor?») y hacer el consumo más superficial. Lo ha llamado «La fatiga por decisión». Mucho antes de internet, nada menos que en 1935, Walter Benjamin escribió en El trabajo del arte en la era de la reproducción manual que cuando el arte puede reproducirse infinitamente, pierde parte de su singularidad ritual (lo que llamó «aura»). ¡Si llega a conocer Netflix le da un infarto!

Porque yo me pregunto. Es cierto que tenemos todo el conocimiento del mundo en el bolsillo, pero… ¿Realmente buscamos activamente lo que realmente deseamos ver o entender? Porque sobre el papel, me resulta apasionante saber que tengo toda la filmografía de Akira Kurosawa disponible, algo impensable si tuviera que depender de la televisión, cinematecas y videoclubs. Pero… ¿Me he puesto alguna vez en serio a buscarlo, más allá de dos o tres títulos en concreto? Porque al cuarto ya estaba me estaba tragando lo que Netflix había decidido por mi. El pretendido alcance activo de la cultura se ha convertido en consumo pasivo basado en algoritmos. O eso, o ver en bucle siempre lo mismo. Ante el exceso de oferta, te cortocircuiteas y te refugias en lo que ya conoces. Nos ha pasado a más de uno: No sabemos ya qué elegir, por lo que volvemos a lo que ya nos sabemos.

Es decir, que es cierto que por primera vez tenemos la fortuna de disponer de toda la cultura universal asequible, aunque tener acceso a todo no significa elegir libremente. Gran parte del consumo actual no nace de una búsqueda consciente, sino de recomendaciones automáticas, impulsos momentáneos y el tóxico scroll. Vamos a reconocerlo: No somos más listos ni más cultos desde que tenemos internet. De hecho, cada vez que abro tik-tok, solo veo a gilipollas. Supongo que es lo de siempre, que el capitalismo y el neo-liberalismo encuentran siempre la manera de corromperlo todo. Lo que era un avance al servicio de la humanidad lo han sabido convertir en un instrumento para su propio beneficio, volviéndonos a nosotros en el producto.

Le escuché a Juan Soto Ivars una vez hablar de cómo el sistema nos había puesto en bandeja este ocio low-cost. Lo planteaba como una forma de entretenimiento extremadamente barato, cómodo y pasivizador que encaja muy bien con las necesidades del sistema económico actual. Básicamente, el capitalismo contemporáneo ha encontrado una forma de mantener a la población entretenida, emocionalmente anestesiada y relativamente satisfecha mediante ocio de consumo continuo, barato y doméstico. Es muy eficiente, muy rentable y, más importante todavía, muy poco conflictivo socialmente: El entretenimiento como sedación social. El pan y circo romano, básicamente.

Mientras la gente consume series y scrollea, le queda menos energía para la participación política, la organización colectiva, la vida comunitaria o cuestionar el sistema. Además, las plataformas permiten una vida completamente casera. Todo se hace desde el sofá: trabajar, comprar, socializar… La expresión “ocio low cost” no sólo se refiere a barato en dinero, también en lo personal: poca paciencia, poca implicación, poco esfuerzo intelectual, poca presencia física. El mismo sistema te ofrece un entretenimiento optimizado para que no pienses en cómo ese mismo sistema ha precarizado tu vida. Os juro que eso lo decía Soto Ivars. Quién lo ha visto y quién lo ve. Aunque, para ser justos, esas ideas las cogió prestadas de Guy Debord (La sociedad del Espectáculo), Neil Postman (Divertirse hasta morir) y Byung-Chul Ha (La sociedad del agotamiento).

Que sí a todo, pero… ¿Sabes también una cosa? Mi padre ha estado en el hospital una semana entera. Le encantan de siempre las películas de Jack Lemmon y Walther Matthaw. Las hemos visto todas mientras ha estado enfermo, algo imposible de no haber sido por el acceso universal a la cultura. Pues a lo mejor eso me compensa por todo lo malo que nos ha traído.

Eitán
Eitán
Soy de Santander, pero es que tengo esta gracia en el hablar

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