El reboot de Los ángeles de Charlie llega a nuestras pantallas masacrada por la crítica, con una taquilla lamentable y Elizabeth Banks (guionista y directora del proyecto) en pie de guerra ante lo que cree es una injusticia. ¿Tiene motivos para la indignación o la película, simplemente, es mala?

Los ángeles de Charlie, como franquicia iniciada con la popular serie de los años setenta, se ha visto sometida a la explotación comercial habitual en este tipo de propiedades: remake de la serie, un par de películas de las que facilitan la pérdida de memoria a largo plazo, y ahora una revisión modernizada de la mano de Elizabeth Banks que, de momento, se ha saldado con una crítica muy tibia y una taquilla espantosa.

Lo más destacable, y siendo honestos, lo mejor que podemos decir de la película es que la trama -razonablemente bien contada y muy simple- es entretenida. Mil veces vista pero con ese toque Bondiano, rozando una Misión Imposible, que convierte los films de espionaje ligero en algo divertido. El Mcguffin es original, de nuestros días, y Banks se concentra en contarnos algo manido sin que esta revisión de Los ángeles de Charlie pretenda llegar más lejos.

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El problema llega cuando debemos dilucidar si en un blockbuster, por muy ligero que sea, por muy consciente de su tono ligero y festivo, debe aspirar a unos valores decentes de dirección y escritura. Por supuesto que debe: no sólo son valores que jamás sobran sino que quienes disponen de ellos los utilizan. Como cualquier talento en esta vida. Y Los ángeles de Charlie, versión Instagram, se queda corta en todos ellos. Concedemos, eso sí, que en ningún momento cruzan la línea de lo cutre ni llega a ser un mal film.

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Cuando mejor funciona Los ángeles de Charlie es cuando se concentran, como decíamos antes, en la historia que pretenden: en los escasos (literalmente, muy escasos) momentos que se ponen dramáticos, fracasan. Y en la parte cómica hay de todo: aciertos, medianías y algún momento de esos de cierto apuro porque uno se da cuenta que pretendían cierta intencionalidad rebelde y se quedan cortos (el ambiente pijo-festivo-lujoso para deleite visual se impone y no quieren sacrificar ese embalaje visual). Nos referimos especialmente al personaje de Sabina (Kristen Stewart), fácilmente el más logrado de todos, que aporta los mejores momentos (la actriz desprende cierta naturalidad al dibujar ese personaje, digamos, poco afín a la normalidad), cae también en el absurdo cuando pretenden pisar terreno rebelde, un agarradme-que-se-me-va, que no cuaja con el resto del film.

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Del resto deberíamos destacar a Ella Balinska (Jane), posiblemente la única actriz del reparto que ofrece (o tiene la voluntad) un registro más amplio. Porque Naomi Scott (Elena) y la propia Elizabeth Banks (Rebekah) apenas salen del cometido de su papel en la historia. De los personajes masculinos no hay ni uno que no caiga en el tópico más manido: el soldado medio robotizado, el codicioso que se juega la vida sin sentido, un agente Q bondiano hipster-moderno…

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Elizabeth Banks se quejaba de la falta de éxito de este film. Desde el nacimiento del medio la calidad no ha garantizado una mejor taquilla pero que huela a film poco agraciado y original desde bien lejos, tampoco. A veces, aunque son muy escasas, surgen situaciones absolutamente gratuitas y alarmantemente faltas de sutileza que no nos llevan a ninguna parte, pues estas ángeles de Charlie se bastaban solas para llevarse al espectador/a.

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