La película de Sam Raimi da el salto al formato más prestigioso del momento: La serie de televisión (Quién lo iba a decir hace diez años). Lo hace sin algunas de las virtudes del título original pero con otras nuevas.

Una academia de cine puede enseñártelo todo. O casi todo. Puedes aprender cómo se cuenta una historia, cómo buscar tu propio estilo, cómo dominar el sentido del ritmo o cómo sobrevivir a los actores. Sólo hay una cosa que jamás podrá enseñarte ni el mejor de los profesores de la escuela de cine más cara y prestigiosa del mundo: La frescura. Esa virtud la tienes o no la tienes. Y si la tienes y la pierdes… ¡Ay de ti como quieras recuperarla!. No hay manera. Y si no que se lo digan a Almodóvar, a Amenábar o a Spielberg (Y fijaos de quiénes estamos hablando) Los tres trataron de volver a esa magia que inundaba sus primeras películas y por la que han pasado a la historia. Pero no. Almodóvar está demasiado acomodado como para hacer una comedia loca y desenfadada. Por eso Los amantes pasajeros fracasó. Amenábar se ha acartonado lo suficiente como para que volver al suspense que le dio la fama desbarre por completo en Regresión. Y Spielberg  hace tiempo que perdió la inocencia, por lo que verle hacer un cuento infantil como Mi amigo el gigante se siente demasiado lejano. ¿Una cuestión de edad? En absoluto. Dos grandes del cine como Scorcese y Miller hicieron con El lobo de Wall Street y Mad Max Furia en la carretera siendo ambos nada menos que septagenários. Hubo más frescura en ambas películas que en la de todos los veintañeros juntos del cine universal de esos dos años. Así que no, descartamos que sea una cuestión de juventud.

ash vs evil dead

¿Pero qué es exactamente la frescura? Es la energía que irradia una obra cuando la haces con toda la pasión del mundo y sin nada que temer. La frescura la tiene un director que no piensa en rendir cuentas. Hace su película tal y como quiere hacerla, no le frena incluir la mayor de las locuras porque no teme las consecuencias. Para ser fresco hay que ser un inconsciente, un temerario. Hay que dejarse la piel pero pasárselo en grande. Acabar jodido, pero contento. Y exactamente esto es lo que hizo Sam Raimi cuando entró en el circuito cinematográfico hace treinta y seis años. De la única manera que se puede entrar: Como una apisonadora. Pero claro, cuando te quieres comprar un yate nuevo y Marvel te firma las facturas… la frescura como que ya en todo caso la dejamos para otro día. Pero la frescura es como la virginidad, sólo se tiene una vez y si no te esfuerzas por lo contrario, la pierdes sin saber cómo. Curiosamente, todos los directores que se han caracterizado por ser tan sumamente frescos, han echado de menos a ese yo del pasado.

ash vs evil dead

Raimi también. Arrástrame al infierno fue la prueba. Con esa película, el director de Michigan quiso volver a sus orígenes. Está claro que no lo consiguió, pero aprendió de ello. Aprendió tanto, que con Ash vs Evil dead dio con el único tratamiento posible: Parodiarse a sí mismo. Algo que ni Spielberg, ni Amenabar ni muchísimo menos Almodóvar se hubieran atrevido a hacer: Coger distancia, saber reírse de uno mismo y mostrar al público aquello que uno ya no es capaz de hacer. El cinismo del personaje de Ash es el de un Sam Raimi viéndose a si mismo con perspectiva. Es un tipo de cincuenta y siete años recordando cómo era a los ventidós, pero sin pretender tenerlos. Todo es exagerado, grotesco, esperpéntico en esta serie.  Raimi, en vez de inyectarle botox a su cine, se cachondea de sus propias arrugas. El resultado es una de las sorpresas televisivas de la temporada. Bravo, Raimi. El que hizo Evil dead con ventidós años y no ha pretendido hacerlo con cincuenta y siete. No, el que que ha hecho Ash vs Evil dead es otro Raimi distinto. Y brindo por él.

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