Comedias involuntarias: Rocky IV (1985)

Director: Sylvester Stallone | Guion: Sylvester Stallone | Música: Vince DiCola| Fotografía: Bill Butler| Reparto: Sylvester Stallone, Talia Shire, Burt Youn, Carl Weathers, Brigitte Nielsen, Dolph Lundgren | Productores Irwin Winkler, Robert Chartoff | Productora: United Artists, Metro-Goldwyn-Mayer

Rocky IV no podía faltar en una sección como esta. Mítica, generacional e hiperbólica a partes iguales, Rocky IV se presta fácil a una revisión en clave de cachondeo. ¡No hay dolor!

Rocky IV es un caso extraño no sólo en la saga Rocky sino, directamente, en la historia de las sagas: con un inicio habitual en toda franquicia, esto es, con su primera entrega siendo de largo la mejor valorada, incluso premiada, el personaje creado por Sylvester Stallone aumentó su popularidad exponencialmente con la entrada en los años 80 y lo ratificó con su mayor éxito en la cuarta entrega. Un caso similar, más tarde, fue el de la saga Jungla de cristal, cuando en su tercera entrega logró coronarse como mayor éxito mundial de 1995. Sea como sea Rocky IV, sintiéndose por completo una entrega más de la saga, fue todo un hito, adaptando con ingenio la historia y la producción a lo que entonces se llevaba: URSS por un lado y vídeo clip hortera por otro. Y, de algún modo, se convirtió en la entrega más mítica de la saga. Vamos a por ello:

Cada entrega de Rocky se inicia con el final de la anterior por lo que en este caso podemos ver un resumen de la pelea menos memorable de todas: la de Rocky contra Clubber Lang, una suerte de apisonadora maligna que no tenía desarrollo alguno en la película (máximo una proposición sexual indecente hacia Adrian: intolerable. Con Adrian poca broma. Más tarde hablamos de ello). Rocky y Apollo tienen su amistoso, y a la vez sepamos ya quien es el mejor, combate sin cámaras (años más tarde supimos que, en teoría, Apollo venció) y el primero regresa a su hogar. Todo va bien: es campeón del mundo, vive en un casoplón (la mar de elegante: ¿dónde quedó el Rocky hortera de la segunda parte? ¿Decide ahora todo Adrian? Seguramente, viva Adrian), conduce un Lamborghini Jalpa negro y su hijo disfruta del capitalismo voraz filmando todo una cámara.

Están de celebración: Paulie, que al parecer todavía vive con Rocky y Adrian, cumple años y su regalo es… Es difícil de describir: una suerte de robot androide, de enorme (y terrorífica) cabeza, adornado (desconocemos si para el espectador o se supone que suena así) con sonidos tecnológicos (que quedaron pasados apenas unos años más tarde), lucecitas y demás. Básicamente a Paulie le acaban de regalar un sirviente androide. Genial. Mientras Rocky adelanta el noveno aniversario de bodas regalándole a Adrian un horripilante reloj tipo serpiente: definitivamente es Adrian quien eligió la casa. Rocky sigue siendo un hortera de cuidado. Y de repente la imagen de Ivan Drago aparece en pantalla.

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Su presentación ante los medios como candidato a pelearse con todos levanta un buen revuelo. Tanto que Apollo, que juguetea con sus perros en su mansión, entra en cólera, de pura indignación patria, y llama a Rocky para decirle que va para su casa. ¿La estampa de Rocky en ese momento? Impagable: ataviado con un chandal Adidas, lavando sus dos Lamborghini (por alguna razón conduce el Jalpa pero ahí tiene un Countach rojo, cuidado), con su hijo abrazado al nuevo androide y una hortera pieza musical pop ochentera sonando (honestamente no veo a Rocky fan de ese tipo de música).

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Ivan Drago y el ejército de preparadores que lleva con él organizan una exhibición consistente, básicamente, en pegarle un piñazo a un saco electrónico, o algo así. Para ello necesita, al parecer, media estación espacial detrás, con tipos enfundados en bata (y mirada de mala leche). A destacar la presencia de la esposa de Drago, Ludmilla, una Brigitte Nielsen que mete aún más miedo que el propio Ivan.

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De vuelta al hogar de los Balboa, y con Apollo contándoles porque quiere pelear con Drago (de lo que convencen o no sus argumentos es algo que, directamente, pasamos: la película necesita esa pelea así que fuera), asistimos al momento más erótico-electrónico de la película: Paulie ha reconvertido a su androide en una mayordomo sensual, con voz porno, música porno y sirviendo cervezas. Impagable. Impresionante. Apollo no da crédito. Ni nosotros.

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Saltan chispas en la rueda de prensa previa a la pela. La chulería patrio-paleta de Apollo se ve contrarrestada por el imperativo gélido del entorno de Drago. Pero al pobre no sabe que le espera: la mayor horterada vista jamás en un escenario hasta la llegada de los programas de Tele 5 allá por los primeros 90. El combate, en Las Vegas, parte con el pobre Drago metido cual animal en el sótano, que es el propio ring, con este emergiendo al tiempo que se inicia el show: James Brown, sus músicos, sus coristas, todo al límite de lo que Norma Duval consideraría incluso hortera, al tiempo que Apollo Creed desciende ataviado con los colores patrios y dando vergüenza ajena hasta a los turistas de extrema derecha que pasaban por ahí. Brutal. No es de extrañar que Drago empiece a cabrearse. Uno de los momentos más brillantes de Rocky IV, sin duda.

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El ambiente que rodea la pelea es festivo en todos los frentes salvo en el de Drago: Ludmilla vacila a la esposa de Apollo, el propio Drago tiene que aguantar un discurso (en ruso, sin subtitular, pero qué más da: es para acojonarnos), y este avisa claramente a Apollo que se van a acabar las horteradas. Le advierte, directamente, que va a perder. Así que empieza la pelea.

Apollo nos recuerda que estamos en Rocky IV y no en Rocky o Rocky II. Inicia su baile pero pronto se da cuenta que Ivan Drago, que mide como cuatro metros, no tiene más que quedarse a mitad de ring para que Apollo directamente no sepa ni donde meterse. Con el puño preparado, Drago espera, y espera. Ante una orden tan locuaz como gritarle su propio apellido, Drago inicia una monumental somanta de puñetazos que dejan a Apollo medio KO antes del primer asalto mientras vemos imágenes de disfrute del entorno ruso (Ludmilla, además, fuma: señal de que es un ser maligno). Y aquí debemos detener esto: Apollo le pide a Rocky que no detenga la pelea, por nada. En el segundo asalto Drago va a por faena y prosigue con su paliza. Apollo está perdido. No se entera de nada. El árbitro no hace nada. Duke, el entrenador de Apollo, implora a Rocky que lance la toalla. Rocky, toalla en mano, espera. ¿A qué? Drago está matando a Apollo. La única posibilidad de evitarlo es arrojar la toalla. Y hay tiempo (Duke implora varias veces). Nada. Drago atiza el golpe final y deja a Apollo tumbado en el ring.

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Tras el funeral, con Rocky decidido a tomar revancha, se da otra rueda de prensa en la que el libreto no acierta demasiado en dejar el asunto ecuánime: los rusos se enorgullecen de la diferencia genética de Drago sobre los débiles estadounidenses y la arenga lastimera de Ludmilla temiendo por su marido en los hostiles EEUU no se la cree ni el propio Stallone. La intervención de Paulie, posiblemente futuro votante de Trump, es de lo mejor de la escena.

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Nos detenemos de nuevo ante la mejor escena de la película: Adrian y Rocky tienen una charla, en su casa, de noche, acerca del combate. Adrian (excepcional Talia Shire, como siempre) está más que preocupada: le advierte de que no puede derrotar a Drago. Va a perder. Le va a matar. Rocky, convencido, admite que -como siempre- Adrian debe tener razón. Pero para poder vencer a Rocky, Drago necesitará ponerse frente a él y matarlo, e ignora si tendrá coraje para ello (bueno.. Acaba de matar a Apollo sin pestañear pero vaya, la escena mola) (y mola porque Adrian, y Shire, son lo mejor de la saga: es una certeza científica).

La charla deja tocado a Rocky y se larga a meditar. La gente normal nos damos un paseo. Rocky es millonario, esto son los 80 y el film es muy hortera. Así que agarra su Jalpa y se pone a conducir mientras medita sobre el pasado, sobre Apollo, sobre Drago. Destacamos, además del montaje musical videoclipero, unos extraños planos muy precisos del Jalpa. Parece un anuncio de Lamborghini. Total que Rocky, que por momentos no mira la carretera, medita como a 200km/h. Llegado el día se larga a la Unión Soviética con Duke y Paulie pero sin Adrian.

Antes de la partida el androide erótico de Paulie se despide de su amo y Adrian se queda triste en una ventana. ¿He dicho ya que Adrian es lo mejor de toda la saga Rocky? Total que Rocky y los suyos llegan a la URSS y lo que les espera no puede ser menos acogedor: una tormenta de nieve (la misma que en el estado de Wyoming, en Estados Unidos, donde rodaron todo eso), un avión como de los años 50, unos amenazantes agentes del KGB que les conducen hasta la destartalada cabaña que Rocky ha pedido para entrenar. Afirma que necesita estar alejado pero, de nuevo, el film necesita llegar a cierto punto.

Y ahí está. Una vez se instalan, cuando Rocky tiene ya la foto de Drago en el espejo (tiene su punto romántico eso), y Duke vence al ajedrez al robótico tipo del KGB que les custodia, se inicia el primer entrenamiento musical videoclip hortera de la película. En la primera Rocky sale a correr temprano por los caminos helados de vete a saber el rincón soviético en el que se encuentra. Esto es maravilloso: mientras Rocky ayuda a un local desatascando su carro y corta leña para la comunidad, Drago abusa de la tecnología punta soviética, repleta de máquinas con luces y electrónicos, siempre bajo la atenta mirada de Ludmilla (cualquiera deja de entrenar con ella ahí vigilando), y de los entrenadores y autoridades. Por alguna razón se dedican incontables planos de los pectorales, brazos y piernas de Drago. En determinado momento se nos regala con una comparativa entre los distintos jadeos de ambos púgiles. Maravilloso. Y con su punto romántico, también. Y bueno, también un punto… Bah, dejémoslo.

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Ese primer entrenamiento finaliza cuando Rocky, recién llegado de su momento de pastor de la nieve, se encuentra con Adrian esperándole en la casa. Es científico: es aparecer Adrian y convertir la escena en una de las mejores de la película. En este punto de Rocky IV, subiendo nivel en motivación del púgil italoamericano tras la llegada de su esposa, se inicia el segundo entrenamiento musical videoclip hortera. Rocky, que ahora tiene a Adrian ahí dándole apoyo (eso es un 34% más de opciones de victoria), se entrena azarosamente en la cabaña al tiempo que Drago replica esos ejercicios utilizando los mencionados artilugios dignos de la peor pesadilla tecnológica de los films más horteras de James Bond en los años 70. Duke motiva a Rocky con el mítico no pain mientras a Drago le inyectan vete a saber que sustancia ratificando la diferencia de métodos entre el noble y rústico estadounidense y el cóctel de malignidad soviética que representa Drago con el uso de tecnología pagada con el sudor del pueblo, drogas y una esposa que fuma. Basta ya.

Finalmente, tras apenas una hora y poco de película (en esto concedemos que van a por faena), llegamos al combate, en la URSS, el día de Navidad (por aquello de que Rocky se sacrifica todavía más). El pabellón es el sueño húmedo de todo fan de la URSS. Rocky, Adrian, Paulie, Duke, y los comentaristas estadounidenses, esto es, el bien, quedan anonadados ante el público y sus cánticos, esto es, el mal. Rocky, para empezar a callar bocas, revela un cuerpo en el que no queda ni un solo músculo por remarcar. Por alguna razón en las dos primeras entregas estaba fuerte y en las dos siguientes parece un cyborg pero no entraremos en ello.

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El combate se inicia con el inevitable barrido de golpes atronadores del gigante soviético. El pobre Rocky, y por ende la parte buena del mundo, teme ante los avances de Drago, y por ende, del sector maligno del planeta. Rocky advierte que de los piñazos que recibe empieza a ver triple y Paulie, que -por poco- es más listo que Rocky, le recomienda que pegue al del medio. Genio, este tio es un genio. La resistencia capitalista y a la vez humilde empieza a dar sus frutos: alcanza a Drago en un ojo y este, ojiplático, advierte a sus entrenadores (hay uno cubano pero sin una sola línea de diálogo) que Rocky es básicamente una piedra. Los comentaristas buenos avisan: ¡no se respetan las leyes del boxeo en Moscú!

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En plena contienda destacamos dos maravillas: una es el contraste entre la imponente figura de Ludmilla y el todo corazón, todo amor, que es Adrian (y aquí no tiramos de ironía, eh, conste). La otra son varios planos del hijo de Rocky, de apenas unos ¿7-8 años? viendo el combate por televisión junto a otros dos niños. Íbamos a comentar la imprudencia de permitir que un niño vea boxeo y, peor, que vea como a su padre le atizan salvajemente porque, dado que sus padres no están en casa, ni Paulie, probablemente es el robot erótico quien cuida de él. Pero tampoco entraremos en ello.

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La pelea entra en una fase de intercambio interminable de golpes, varios planos con el sudor, babas y sangre de los púgiles mientras se castigan (que no, que no entraremos en otra lectura de eso: son dos tipos duros pegándose, punto). Rocky lo hace tan rematadamente bien, es tan obvia su resistencia humilde, que el público empieza a corear su nombre. Aparte de uno de los momentos más chaqueteros de la historia del deporte cabe precisar el entusiasmo con el que pasan de animar un púgil a otro.

Finalmente, como no podía ser de otra forma, Rocky vence a Drago en los últimos instantes del combate y en cuanto le dan el micro se produce el momento más desternillante del film: Rocky, con su particular labia, consigue revertir los sentimientos de odio entre naciones y el solito termina con la Guerra Fría. Las autoridades, emocionadas, aparcan el comunismo y se ponen a aplaudir. Drago, eso sí, no está por tonterías y sólo piensa en que esa noche Ludmilla, muy probablemente, lo mande al sofa.

Reseña Panorama
Puntuación general
6