Bajo la mirada poética de Chloé Zhao y elevada por una actuación trascendental de Jessie Buckley, Hamnet adapta la aclamada novela de Maggie O’Farrell para explorar cómo el dolor, el silencio y la fuerza de la naturaleza forjaron los cimientos de una de las obras más universales de la literatura.
William Shakespeare sigue siendo una de las figuras más fascinantes de la historia literaria. A diferencia de muchos otros autores de su talla, se sabe sorprendentemente poco con certeza sobre su vida. A pesar de su enorme influencia en la lengua, el teatro y la cultura, a día de hoy se conservan pocos documentos fiables sobre su biografía. Esto, naturalmente, es caldo de cultivo para la especulación y las teorías: ¿cómo sería su personalidad?, ¿cómo fue su educación? o, simplemente, ¿cómo era su vida cotidiana? Uno de los mitos más conocidos y que aún persiste afirma que Shakespeare no pudo haber escrito sus propias obras. Al fin y al cabo, siendo hijo de un fabricante de guantes y concejal proveniente de la clase media, supuestamente carecía de un conocimiento profundo de la política, la historia o el derecho. Esta misteriosa brecha es la que siempre ha inspirado no solo a los académicos, sino también a la cultura popular.
Varias películas exploran el enigma que rodea al autor, siendo posiblemente Shakespeare in Love una de las más conocidas al presentar una versión romántica y ficticia de su vida. Es precisamente esta mezcla de su obra mundialmente famosa y su persona prácticamente desconocida lo que hace de Shakespeare una figura fascinante y ajena a partes iguales. Esta fascinación por lo desconocido cautivó a la escritora irlandesa Maggie O’Farrell, cuya novela de 2020, Hamnet —en la cual se basa esta cinta—, explora la temprana muerte del hijo de Shakespeare y cómo esta pérdida pudo haber afectado la vida familiar y, quizás, su propia obra.
A modo de tándem creativo, tanto la directora Chloé Zhao como la propia O’Farrell son capaces de crear una historia emotiva y atemporal sobre la pérdida, el amor y la memoria. Hamnet encaja a la perfección en la carrera de Zhao ya que, como pocas cineastas modernas, es capaz de visibilizar lo tácito entre las personas y transmitir la cualidad trascendental de la naturaleza. Tras su éxito en los Oscar con Nomadland, la cineasta regresa con una cinta donde reina una calma casi poética; una experiencia sensorial que exige paciencia al público, pero que se ve recompensada por completo.
Cómo el dolor cala en ti

Ahora mismo te estarás preguntando: ¿cómo es posible que esta cinta cale tanto si ya se conoce el elemento principal, la muerte de Hamnet? Ahí, precisamente, está el quid de la cuestión y es donde esta obra destaca por encima de muchas otras. Zhao consigue transmitir el dolor de una pérdida a cuentagotas, adentrándose en el espectador con una delicadeza casi íntima. El dolor silencioso, sutilmente tejido a lo largo de más de dos horas, no estalla en un arrebato estridente, sino en una profunda catarsis que reconcilia pena y consuelo en su tramo final.
Zhao se apoya plenamente en la fuerza de las imágenes, creando una puesta en escena que convierte este clímax emocional en un momento inolvidable para la posteridad del cine. Hamnet se dirige con tanta claridad hacia ese final, que lo anterior casi parece desvanecerse en un segundo plano. La cinta dedica un tiempo considerable a la historia de amor entre Agnes y William, deteniéndose en la constante lucha de ella con la perpetua ausencia de él. En favor de la atmósfera, Zhao evita una estructura dramática clásica y prolonga las escenas para calar hondo, como si la cinta divagara en la cotidianidad de la familia. Al final, la vida es eso: silencios, momentos felices, duros o instantes donde no ocurre nada mientras el tiempo avanza impasible. Estas escenas tienen su razón de ser y es solo al final donde esa red, previamente desorganizada, se consolida en un todo significativo que las justifica retrospectivamente.
Las piezas que hacen a Hamnet única

Existen piezas perfectamente engrasadas que completan esta obra, y es conveniente empezar por la más importante de todas: Jessie Buckley. Al igual que la cinta incide en la naturaleza, Buckley es una fuerza de la misma. Nada de la magia de Hamnet ocurriría sin la fenomenal e inspiradora actuación de esta profesional. El nivel de exigencia con el que Buckley aborda el papel es admirable. Encarna a Agnes con una tensión interior que trasciende la pantalla y una poderosa autoafirmación que la define desde el principio. Pero, sobre todo, ella es la encargada de desplegar un dolor crudo con una conexión auténtica. Es digna merecedora de todos los premios a los que pueda optar porque su actuación, como decía su compañero Paul Mescal, pasará a la posteridad.
Mescal tampoco se queda corto. El actor de la maravillosa Normal People sigue demostrando una capacidad extraordinaria para el drama gracias a su madurez emocional. Aunque el guion no le otorga tantos momentos para desarrollar su personaje como a Buckley, esto es intencional: Agnes es el alma de Hamnet.
A esto se suma el exuberante trabajo de cámara de Łukasz Żal, responsable también de La zona de interés; la banda sonora de Max Richter y, definitivamente, la representación de la naturaleza. La cámara, serena y observadora, se detiene en campos y bosques, reflejando el estado interior de los personajes. Aquí la naturaleza no es un telón de fondo, sino un espacio de sanación donde la vida y la muerte coexisten; es un personaje con pulso propio. Richter, por su parte, opta por una partitura suave que convive con el silencio hasta que en el clímax desata la conocida pieza On the Nature of Daylight, la cual termina por destrozar al espectador, perfeccionando una escena ya de por sí poderosa.
En conclusión, Hamnet es una película profundamente atmosférica, con una dirección sensible y una autenticidad emocional extraordinaria. Todo se siente cuidado: fotografía, sonido, actuaciones y diseño de producción. Chloé Zhao exige paciencia, sí, pero la recompensa con un momento final de singular belleza. Es cine que recuerda lo especial de este arte: si la película te hace llorar, es porque ha tocado exactamente donde debe hacerlo.

Magnífico desarrollo, plasma el correr de la vida con sus avatares, con la felicidad y el duelo que no quisiéramos alcanzar.