Crítica de ‘El drama’ (2026): ¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?

El drama es más que una cinta con dos de las estrellas de Hollywood más influyentes de su generación y mucho más que una comedia romántica al uso. Se podría describir como una comedia negra, una comedia romántica, una comedia, un drama y un romance. Sin embargo, resulta ser todo eso y nada de eso a la vez.

Kristoffer Borgli pertenece a ese grupo aún relativamente pequeño de cineastas contemporáneos cuyo estilo distintivo resulta inconfundible tras solo unos minutos de metraje y donde precisamente Hollywood está poniendo mucha más atención que antaño, ya que este necesita con urgencia renovar sus géneros tradicionales, y esta nueva corriente de directores con un toque de rareza, excentricidad y sátira está comenzando a emerger gracias a ello. El trabajo de Borgli, si bien no es tan peculiar como el de Yorgos Lanthimos, es comparable a otro excéntrico escandinavo: Ruben Östlund, que nos regaló El triángulo de la tristeza hace unos años.

Al igual que este, Borgli se ha consolidado como un narrador preciso de la autoimagen moderna, creando películas caracterizadas por un humor negro, una dolorosa vergüenza ajena y una infalible percepción del abismo de las sociedades narcisistas. Borgli conduce a sus personajes con deleite y coherencia hacia situaciones de máxima autoexposición, lo que le ha valido no solo para obtener el reconocimiento de la crítica internacional, sino también para acceder a oportunidades de producción cada vez mayores.

Aquí nos encontramos con El drama, su tercer largometraje, donde continúa por este camino y nos trae de nuevo su ya marcado estilo y una gran intención de involucrar al espectador en una vorágine de preguntas existenciales e incluso introspectivas. Siempre haciendo uso de su poética de análisis de los comportamientos sociales en el mundo contemporáneo, partiendo de lo «pequeño» y lo cotidiano que, en apariencia, es insignificante, pero con un efecto capaz de trastornar por completo la realidad de sus personajes protagonistas y la del espectador.

El drama pone de relieve la fragilidad de las relaciones modernas y las dificultades que surgen al intentar conciliar las expectativas con la intimidad de la realidad personal. Borgli, que entró en mi radar hace tres años con la maravillosa Dream Scenario, lleva esto al extremo al integrar un nivel metatextual de tal magnitud que no solo influye en la relación del dúo protagonista, sino también en la del espectador con la propia cinta. Inicialmente te encuentras con una comedia romántica clásica, pero tras un detonante que transforma por completo la película y que surge en una escena sublime a la par que inofensiva, el espectador se encontrará a sí mismo perdido en un mar de autopreguntas y de juicios rápidos.

Todo esto con una mantenida sensación de náuseas psicológicas e inseguridad hasta un desenlace emocionalmente exigente, donde además el espectador se ve sometido a una presión adicional para posicionarse respecto al tema de la película —lo cual no es nada fácil— sin recibir ningún tipo de ayuda por parte del director. El espectador se queda lidiando no solo con la historia y con su ambivalencia moral, sino sobre todo consigo mismo.

En sus casi dos horas de duración, Borgli logra crear una atmósfera de tensión constante. El humor cínico y macabro de El drama no sirve principalmente como desahogo, sino más bien como un elemento que amplifica la tensión. Junto con una excelente realización en cuanto a banda sonora, sonido y, sobre todo, edición —hablaré de esto más adelante—, esta tensión se intensifica aún más y nos deja con una cinta más que recomendable.

Juega con el espectador

Robert Pattinson y Zendaya

El drama se mantiene fiel a los temas habituales de Borgli. Una vez más, todo gira en torno a la fragilidad de la autoimagen, la discrepancia entre la percepción interna y la actuación externa, y las estrategias a menudo grotescas que los personajes emplean para reconciliar estos dos ámbitos. Tras ese detonante que comentaba anteriormente, Borgli está menos interesado en el peso fáctico de lo dicho y se centra mucho más en el cambio de percepción resultante.

¿Cuánto puede cambiar un momento así la imagen de alguien a quien creías conocer? ¿Y se puede perdonar algo que nunca sucedió, pero que, sin embargo, lo pone todo en tela de juicio? Estas son preguntas que la película no solo plantea a sus personajes, sino que también refleja deliberadamente al público. Todo esto se logra y sustenta en las extraordinarias interpretaciones de los dos protagonistas, con el dúo Zendaya–Pattinson funcionando a la perfección, y de manera particularmente efectiva a través de Emma. Junto con su prometido, que mezcla una peculiaridad y un afecto entrañable, nosotros como espectadores también comenzamos a verla bajo una luz diferente, a reevaluar sus acciones, a interpretar su aura de otra manera, y la actriz maneja esto con una templanza sublime. De este modo, Borgli desvía la atención de la pura autoimagen hacia esa imagen frágil y siempre cambiante que una persona proyecta al mundo exterior, una imagen que, una vez hecha añicos, rara vez vuelve a su forma original.

El drama ofrece mucho en qué pensar, pero no proporciona respuestas definitivas. En cambio, juega con la ambivalencia, generando bastante inquietud. En concreto, con respecto al comportamiento de otros personajes para ofrecer diferentes puntos de vista muy marcados, donde estos muchas veces se contradicen y generan muchísima más fricción, y con respecto al uso de diferentes secuencias que quedan en entredicho de si reflejan la realidad o la imaginación de uno de los personajes, contribuyendo al juego mental. Borgli mantiene deliberadamente estos niveles ambiguos, utilizando esta incertidumbre como motor dramático.

Sin querer contar mucho más para no estropear la sorpresa, no puedo quedarme sin alabar la maravillosa interpretación de Alana Haim, Rachel en la cinta, ya que se convierte en el enemigo número uno del espectador con una maestría brillante.

El verdadero drama

Reparto de El drama

Contrariamente a lo que sugieren mis palabras y el título mismo de la película, esta es sorprendentemente divertida cuando retrata situaciones embarazosas y cuando juega estupendamente con la edición y el engaño en las imágenes subliminales. La edición de El drama es algo que la hace única, original y, por tanto, imprescindible.

Todo sirve simplemente como metáfora de la imposibilidad de la comunicación humana propia de la época actual y como una crítica sutil a la hipocresía de la corrección política y el radicalismo que conlleva. En resumen, funciona como un experimento mental sobre la percepción, la confianza y la fragilidad de la autoimagen que resulta tan inquietante como fascinante, y que logrará sin duda perdurar en la mente del espectador mucho después de que terminen los créditos. La pregunta «¿Cómo habría reaccionado yo?» surge inevitablemente, pero cuando uno realmente se pregunta: «¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?», ahí es precisamente cuando empieza el verdadero drama.

Sinopsis

Una pareja, en los días previos a su boda, se enfrenta a una importante crisis cuando una inesperada revelación desbarata lo que uno de ellos creía saber sobre el otro.

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