Park Chan-wook regresa a la gran pantalla con La doncella (The Handmaiden), un thriller erótico ambientado en la Corea de 1930 durante la ocupación japonesa. Una trama intrincada que deja un buen sabor boca.

Park Chan-wook, coreano de nacimiento y director de cine de profesión, está de vuelta con su mejor cine. Conocido por su trilogía de la venganza, compuesta por Sympathy for Mr. Vengeance, Oldboy (la de más renombre entre las tres y de la cuál se hizo un remake bastante deplorable) y por último Lady Vengeance. Tras probar suerte en Hollywood con Stoker, y salir airoso de los estudios americanos, nos trae un thriller de esos que tan bien se les dan a los surcoreanos, en este caso, uno basado en la adaptación de la novela de Sarah Waters, Falsa identidad.

Conozcamos un poco mejor trama que nos atañe:

Sooke, una joven coreana, es contratada como criada de Hideko, una rica japonesa que vive recluida en una gran mansión bajo la tiranía de su tío. Sookee llega a un acuerdo con un estafador que se hace pasar por un conde japonés, y juntos planean hacerse con la riqueza de Hideko.

Pues bien, la novela, ambientada en la época victoriana, es trasladada al contexto de la Corea ocupada por los nipones (1910-1945), los cuales no gozaban de muy buena fama por las atrocidades cometidas durante la ocupación, mientras que las mujeres (protagonistas de La doncella) carecían de poder alguno y eran tratadas como simples objetos. Y ya introducidos en materia, pasemos a diseccionarla un poco intentando evitar spoilers importantes.

La película, al igual que la novela, se divide en 2 partes diferenciadas, en las que se exhiben los distintos puntos de vista de las dos principales protagonistas, Sooke y Hideko, y una última que incluye la resolución final del entresijo creado por Park Chan-wook. Pese a sus casi 2 horas y media de duración, excusadas por la repetición de los hechos, el director coreano consigue manejarse a las mil maravillas, logrando un metraje adecuado para la obra.

En La doncella se toca una amplia variedad de aspectos que van más allá de los que se dejan entrever en la sinopsis: depravación, oscuridad, violencia… pero, de entre ellos, hay uno que sobresale, una de las principales bases del filme, el erotismo. Esta base es recorrida de extremo a extremo, pasando de los aspectos más degenerados (los japoneses son un poquito raros en estos temas) llegando al más elegante y delicado erotismo, con una escena final de elevado esteticismo que me recuerda a La vida de Adèle.

El otro pilar que sustenta esta torre en forma de película es la intriga, que consigue estimular al espectador y que llega a su culmen con un giro argumental de esos que tanto gustan. Y es que Park es un maestro en esto de las vueltas de tuerca, además de tener la capacidad para embaucar al espectador, no solo con las imágenes sutiles, sino también con diálogos cargados de detalles que no dan oportunidad al despiste.

Y ya resumiendo, podemos destacar el apartado técnico, compuesto por una minuciosa escenografía, un guión ilusorio que consigue mantener la tensión, una fotografía impresionante (por parte de Chung-hoon Chung, asiduo en las películas de Park desde Old Boy), una banda sonora adecuada a la época y un reparto que lo borda, dejando vislumbrar que el director sabe como montárselo y como rodearse de gente de su nivel.

Puede que estemos ante una de las mejores películas de 2016, pero de lo que si estamos seguros es de que La doncella dará que hablar. [yasr_overall_rating size=”large”]

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