Llevábamos tiempo esperándolo y finalmente tenemos ante nosotros el Drácula de Moffat y Gatiss, que llega como una coproducción de BBC y Netflix y que hoy mismo se ha estrenado en la plataforma de streaming.

Siguiendo el mismo patrón que en su exitosa (y fantástica) Sherlock, Moffat y Gatiss nos presentan Drácula en tres episodios de aproximadamente una hora y media de duración cada uno. De esta forma, nos encontramos con tres etapas diferentes en la “vida” del más famoso de los vampiros, iniciando su camino, como es lógico, en su propio castillo con la visita de Jonathan Harker.

Quizás uno de los mayores valores de esta adaptación, desde el punto de vista narrativo, es la elección de ser al mismo tiempo respetuosa con la obra original pero también innovadora en algunos detalles y algunas conclusiones. Así, la serie nos presenta primordialmente a los personajes del conde Drácula y Agatha Van Helsing, que se ven enmarañados en un baile sobrenatural sobre el que avanza la narrativa de la serie.

Drácula 1

Drácula ya disponible en Netflix

Pero dejando de lado el argumento, al que no quiero hacer muchas referencias por miedo a caer en el spoiler, la serie nos presenta una producción de altísimo nivel, tal y como cabría esperar considerando quien está detrás. El Drácula de Moffat recuerda estéticamente al de Christopher Lee, e incluso algunas escenas son claros homenajes a las películas que rodara en su día el legendario intérprete.

Desde luego los realizadores no le han tenido ningún miedo a la sangre, ni a las imágenes más grotescas que una historia como esta requiere. Y tampoco han tenido ningún reparo en aprovechar todo el imaginario “draculiano” para crear algunas imágenes poderosísimas: el simbolismo de la serie es sutil, pero persistente. El uso de la luz es sobresaliente y la fotografía, sencillamente fantástica.

Hay algo especial en este trabajo, y no es solo la maestría técnica, ni el atractivo del personaje que trata. A veces nos encontramos con trabajos que están muy bien hechos, técnicamente envidiables y que, además, funcionan muy bien. Hay bastante series y películas que podrían encajar en esa definición, tanto recientes como más antiguas.

Sin embargo, en otras ocasiones mucho más escasas, nos topamos con obras que tienen un espíritu propio, que parecen construir su propio lenguaje: no dependen tanto de la milimétrica perfección y del excelso desempeño técnico, sino que juegan en la liga del arte, dependiendo del espíritu, de la intuición, de la pasión. Drácula encaja más en esta última categoría.

Drácula 2

Los dos primeros episodios de esta miniserie son absolutamente fantásticos, tanto narrativa como visualmente, jugando con el misterio, el terror, la luz y la oscuridad. En el tercero, Moffat y Gatiss llevan Drácula a otro terreno, y aunque habrá a quien le guste más y a quién le guste menos la dirección narrativa escogida, es innegable que el capítulo tiene algunas de las imágenes más potentes de la producción. Me concederé un ligero, nimio spoiler para mencionar la entrada del conde en el club nocturno. Una fotografía excelente, antesala del fantástico clímax que llegaría al final del episodio.

Claes Bang como Drácula ha sido una elección fantástica. Su papel es casi impecable. Dolly Wells, en su encarnación de Agatha/Zoe Van Hellsing, también nos deja muy buenas interpretaciones en esta miniserie, aunque creo que se queda un pasito por detrás de su compañero de reparto. En líneas generales, el elenco se desempeña perfectamente, contribuyendo a crear una obra con mucho que alabar y muy poco que criticar.

En resumen, Drácula nos deja una serie que es narrativamente cautivadora y sorprendente y que visualmente resulta absolutamente deliciosa, siendo una de las producciones más llamativas en este sentido que he visto últimamente.

Advertisements