Una villa en la Toscana, de James D’Arcy, llega a nuestros cines el próximo 6 de agosto. Comedia romántica con todos los ingredientes habituales del género y la fuerte presencia de un Liam Neeson metido en un postre con algunos terrones de azúcar de más.

Las comedias románticas son como cuando entras a un centro comercial: aunque sea la primera vez que pones un pie en ese en particular, la verdad es que sabes de sobras lo que te vas a encontrar, donde y en que cantidad. La diferencia está, por supuesto, en la calidad de la propuesta. Como cuando uno compara El apartamento (Billy Wilder, 1960) con ciertos atentados al azúcar que programan en las cadenas generalistas a mediodía. Suceder, sucede más o menos lo mismo, la distancia entre ellas es sin embargo sideral. En Una villa en la Toscana sucede todo lo que debe, cuando debe, con Liam Neeson eso sí, pero la verdad es que poco más.

Una villa en la Toscana 01

Jack Foster (un Micheál Richardson de un soso casi que inexplicable), en pleno divorcio que se resiste a aceptar, decide afrontar su necesidad urgente de dinero con la venta de la villa en la Toscana que sus poseedores, su padre y él mismo, abandonaron en cuanto murió su madre. Jack y su padre, Robert (Liam Neeson), viajan hasta Italia, a la mencionada Toscana, donde se las verán intentando reparar la villa ante las visitas de posibles compradores en compañía de la agente inmobilaria (Lindsay Duncan) y la propietaria de un restaurante cercano (Valeria Bilello).

Posiblemente Una villa en la Toscana (cuyo título original es Made in Italy) sea del agrado de quienes gustan de este género sin más, ni menos, ingredientes de los establecidos en tropomil ejemplos del mismo. A otros les puede ocurrir lo mismo con otros géneros como el terror slasher, el cine de acción o el manido y omnipresente cine de superhéroes. El arrojar, a plomo, un clon de todo lo visto no es, de entrada, un problema. El repetir lo mismo de siempre sin que, dentro del esquema establecido, no tengan cabida argucias que impulsen el producto pues… Ese ya es otro cantar.

La mencionada interpretación sosa de Richardson se compensa con la poderosa presencia física (voz incluida, acento inglés por supuesto) de Liam Neeson; el inevitable romance de Jack y Natalia (las dos únicas actrices o personajes más allá de Jack y Robert hablan que inglés perfecto, por motivo distinto, pero aún así un clásico del cine estadounidense o inglés cuando los personajes viajan fuera de sus países), desposeído de cualquier atisbo de pasión o drama, se compensa con las bellas postales de la Toscana.

El mayor aliciente en este tipo de películas, decíamos, es añadir ingredientes o variaciones a la fórmula conocida. Algunas tiran de humor, o de gags directamente; otras de drama; otras de momentos clave que puedes retener en la memoria; Una villa en la Toscana sin embargo adolece de falta de chispa en todos esos frentes. El resultado final confía demasiado en una situación pseudo similar a Esta casa es una ruina (Richard Bernjamin, 1986), la inevitable atracción gravitacional de Liam Neeson, los bellos planos del paraje natural y sus prestaciones culinarias.

¿Recuerdan esas comedias en las que uno, o varios, personajes llegan a un pueblo procedentes de una gran metrópoli, se enfrentan al contraste cultural, a inconvenientes de todo tipo, conocen a alguien, establecen vínculos y finalmente personaje y espectador se fusionan en el disfrute de la adaptación local al tiempo que se ríe y llora con las situaciones cómicas y el amor surgido del intercambio lingüístico? Me gustaría poder haber escrito eso, créanme. Una Villa en la Toscana puede, sin embargo, sin problemas, satisfacer el hambre de una comedia romántica escrita y realizada con el firme propósito de darnos, más o menos, una más del género romántico medio.

Reseña Panorama
Puntuación general
5
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