Segunda lección de nuestro manual para el perfecto debut como director novel (o, como mínimo, menos desastroso). Tras explicar cómo evitar caer en los brazos de la irrelevancia, vamos a ver cómo huir justo de lo contrario. No te pases de listo, el cine ya existía antes de que tú lo descubrieras.

Allá a comienzos de siglo (de este, me refiero) tres compañeros de escuela, que juntos no sumaban ni 60 años, decidieron hacer una película (seguimos tomando como ejemplo una película en concreto para nuestro manual de director novel). Como no tenían cómo pagarla, idearon un sistema de micromecenazgo que les funcionó bastante bien. Ahora el crowdfunding nos puede sonar a algo tan antiguo como las pirámides egipcias, y en cierto modo así es. Ir metiendo sablazos a todos tus conocidos para poder rodar un corto es algo que siempre se ha hecho. La diferencia es que con internet, el sablazo se volvía global.

Manual del director novel: Lección 1 – Dirige la película

Nicolás Alcalá, Bruno Teixidor y Carola Rodríguez fueron los primeros en importar este modelo a España. Fueron noticia y la comidilla de todo el mundillo con sólo veinte años. El cosmonauta estaba siendo una sensación mediática antes de su primer día de rodaje. Sin embargo, todo se desmoronó. ¿El problema? Pues fue un cúmulo de malfarios, pero el primero de todo llevaba el nombre de su director: Nicolás Alcalá.

Me imagino que si eres un pipiolo, estás rodando tu primera película y todos los medios hablan de ti, pues es normal que se te vaya algo la pinza. Pero sólo algo. Lo que se le fue a Alcalá fue el cesto entero de la colada. En sus propias palabras: “Queríamos cambiar el statu quo del cine”. Dos puntualizaciones. La primera es que, en efecto, se dice “statu quo” y no “status quo”, pero eso no importa ahora. Lo que cuenta es que nadie va a cambiar nada en el cine por su cara bonita. Este arte lleva más de un siglo vivo y no lo vas a reinventar de la noche a la mañana.

La innovación por sí misma no tiene el más mínimo valor. No es un fin sino un medio. Creas algo nuevo para llegar al punto que quieres, si esa novedad no lleva a ninguna parte no es una genialidad, sino una mamarrachada. Cuando a Segundo de Chomón se le ocurrió colocar la cámara sobre raíles para que se moviera, no lo hizo pensando lo molón que quedaría. El travelling óptico que propuso el operador de cámara Irmin Roberts en Vértigo tampoco era porque quedaba guapo. Ambas innovaciones tenían una motivación narrativa, no formal.

¿A qué nos lleva esto? A que de El cosmonauta rodó la burrada de 180 horas de metraje. Alcalá estaba tan ensimismado consigo mismo y su reinvención del cine que rodó y rodó… sin tener ni siquiera claro hacia dónde quería ir. Con cada plano novedoso y escena “nunca vista” resulta que al final no tenía historia. El “cómo” sin un “para qué” no lleva a ninguna parte.

En el arte hay que ser humilde. Si descubrimos un hallazgo narrativo o formal que pueda servirle a otros cineastas, fantástico. El cine te lo agradecerá. Pero pretender inventar algo que ya está inventado es un ejercicio vano. Es tu primera película. No quieras ser más guay que nadie. Ojo, que se te puede ocurrir algo que no se haya hecho nunca. Orson Welles en Ciudadano Kane fue el primero en rodar un techo. ¿Lo hizo por ser el primero? En absoluto. Welles se había formado como pintor y sabía que los cuadros en los que se ve el techo aumentan la sensación espacial (como en Las meninas). Fue un innovador, sí, pero buscaba algo con ello.

¿Qué se te ocurre algo que no se ha hecho nunca? Fantástico ¿Sirve para algo? Maravilloso entonces. ¿Qué no? Pues a Clint Eastwood tampoco y es otro fucking master del cine. Sé un fucking master.

Por cierto, te recomendamos el fantástico documental Hard As Indie que cuenta el naufragio de este proyecto, y que debería ser de visionado obligatorio en todas las escuelas de cine. Muy fan de Carlota Rodríguez defendiendo la partida de cerveza para el equipo como “el dinero mejor gastado de toda la producción”. Me representa.

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