Desde la concepción del medio cinematográfico, se ha trabajado mucho con los rasgos culturales de nuestra sociedad. Son estos rasgos los que acaban dejando esa firma que identifica el contexto de la narrativa. En ocasiones, es tan sutil que sólo reparamos en ello cuando el contenido de la cinta es extravagante, satírico o de un mal gusto exquisito. La gran pantalla rompe con los tabúes más arraigados en nuestro día a día. La capacidad de mandar un mensaje hiriente a la vez que delicado puede ser la semilla de una buena historia. Desde convenciones sociales hasta la constante ceguera humanitaria de lo que no sufrimos.

Toda la temática de las enfermedades mentales ha sido retratada con una implacable motivación económica, y es que, las películas nos dicen lo que queremos oír y nos muestran lo que queremos ver. Necesitamos seguir formando parte de este grupo que prefiere tener ceguera selectiva, aunque siempre conocer y criticar lo que no somos capaces de afrontar. Hablaremos un poco sobre las enfermedades mentales en el cine.

El retrato del psicópata

Uno de los grandes tabúes que ha afrontado el medio tiene que ver con la mente humana: las enfermedades mentales y las dolencias que sufren los que las padecen. Sin embargo, muchas veces esta temática es demasiado sangrante. Aunque siga siento un tema tabú, todos, tarde o temprano nos enfrentaremos a un problema de este tipo en nuestro entorno. La forma que ha tomado el medio para plasmarlo, es casi siempre, desde un punto de vista en el que el espectador puede sentirse menos identificado con el sujeto protagonista.

Así es como aparecen los asesinos, violadores y delincuentes. Tenemos, por ejemplo, La naranja mecánica (1971) de Stanley Kubrick, que nos presenta un delirante grupo de jóvenes con signos propios de la psicopatía; La falta de empatía y la búsqueda del placer propio, sin reparar en el resto de factores ajenos a su persona. Pero no es esto lo único que nos regala Kubrick con esta cinta. El retrato de una sociedad enferma y decadente, de valores inmorales, que nos hace replantearnos si la mente humana está corrompida de forma general.

La industria del prejuicio

En otro punto del espectro, nos encontramos con retratos más humanos y con otra intención narrativa. Películas como American Psycho (2000) de Mary Harron El silencio de los corderos (1991) de Jonathan Demme, retratan episodios protagonizados por sujetos realmente escalofriantes, haciendo que sintamos una completa repulsa por sus actos, aunque en ocasiones, cierta admiración por la capacidad que tienen desenvolviéndose en situaciones complejas. Es el buen uso de los recursos propios del medio lo que permite introducir al espectador en el foco de la acción. En Funny Games (1997) de Michael Hanneke, se usa la ruptura de la cuarta pared como recurso narrativo. El espectador trasciende del papel pasivo al activo, siendo de esta forma protagonista del delirio de la narrativa.

Ciclo Scorsese | El Cabo Del Miedo (1991): Dios y el Hombre

Caben muchas preguntas al respecto acerca de cómo se está mostrando a la sociedad una realidad tan silenciada. Es vital para la conciencia colectiva que se muestren ciertas realidades. ¿Hasta qué punto seguir estigmatizando estos problemas es lo mejor para afrontarlos? No todos los que sufren enfermedades mentales llegan a ser delincuentes. Parece que necesitamos sentirnos alejados de estos problemas para realmente aceptar ciertas historias, o puede que no seamos capaces de mostrar ciertas realidades de manera objetiva. De cualquier forma, parece que queda demostrada la carente inteligencia emocional de nuestra sociedad.

 

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