Tras la Segunda Guerra Mundial el cine japonés sufría una gran vigilancia y censura, y los fantasmas no iban a ser menos. Es Nobuo Nakagawa quien, a finales de los sesenta, encabeza un nuevo boom del cine de terror que acabaría decayendo en las subsiguientes décadas debido a influencias occidentales. Será entonces cuando los japoneses comenzarán a mirar fuera de su país para la creación de nuevas imágenes terroríficas.

El cine de Terror Japonés (Vol. I): Desde sus comienzos hasta la 2ª GM

La ocupación aliada en el Japón de posguerra trajo consigo una gran censura. Las historias centradas en el pasado, que ensalzaban un país y, por tanto, una idea patriótica del mismo, estaban prohibidas; del mismo modo ocurría con los fantasmas, pues estos solían ser espíritus vengativos, y la venganza es lo último que les interesaba a los vencedores. De hecho, es en esta época cuando comienza a imperar el cristianismo en cierta parte del país nipón, es decir, la idea del perdón, en contraposición al espíritu vengativo que ocupaba gran parte del cine y teatro japonés. Es curioso que ocurra este hecho tras haber bombardeado a miles de civiles inocentes, aunque dejaré los juicios de valor al entendimiento de los lectores.

Tôkaidô Yotsuya Kaidan (1959, Nobuo Nakagawa)

Es a comienzos de los años cincuenta cuando el cine que aquí nos ocupa comienza a resurgir, a manos de las seis grandes compañías del momento: Toho, Daiei, Nikkatsu, Toei, Shintoho y Shochiku. Aparecen obras como Kaidan Saga Yashiki (1953, Ryohei Arai) -donde vuelve la figura del gato fantasma, tópico consumado del cine de terror japonés- y Ugetsu Monogatari o Historias de la Luna Pálida (1953, Kenji Mizoguchi).

Kaidan Saga Yashiki (1953, Ryohei Arai)

Pero no es hasta la producción de Yotsuya Kaidan (1956, Masaki Moori) cuando comienza el nuevo auge del terror en Japón, auspiciado por el conocido director Nobuo Nakagawa, quien traerá de vuelta el auténtico espíritu sobrenatural nipón, con obras cercanas al mejor horror-kabuki de Namboku IV. Entre las más representativas se encuentran Kaidan Kasane ga Fuchi (1957), una nueva Tôkaidô Yotsuya Kaidan (1959), Jigoku (1960) y Kenpei to Yûrei (1958). Estas cintas pondría de nuevo de moda el terror en Japón, dando paso a infinidad de títulos de bajo presupuesto de toda índole, aunque mayormente centrados en las ya mencionadas obras de horror-kabuki.

Jigoku (1960, Nobuo Nakagawa)

Durante los sesenta comienza a surgir el conocido como pinku eiga, o cine erótico. Aunque hay pocas muestras de terror en este género, se pueden rescatar cintas como Sanpo Suru ReikyushaKaidan Semushi Otoko (1964 y 1965 respectivamente, Hajime Sato). Otras obras que tocan el género del terror, aunque de forma artificiosa y contextual en algunos casos -aunque siempre presente, como estamos viendo- son las archiconocidas Onibaba y Kuroneko, o Yabu no Naka no Kuroneko (1964 y1968, Kaneto Shindo), dos cantos antibélicos; y Kaidan, aka Kwaidan (1964, Masaki Kobayashi), obra que utiliza los mitos clásicos de terror japonés (mitos que recoge el escritor Lafcadio Hearn, cuyos textos representa la película) como un medio plástico y formal para el avaro de exotismos espectador occidental.

Kaidan (1964, Masaki Kobayashi)

Otras obras destacables de la época son las famosas Yôkai Hyaku Monogatari (1968, Kimiyoshi Yasuda) y Yôkai Daisensô (1968, Yoshiyuki Kuroda), cintas más agradables y de visionado familiar debido al auge de los yôkais en el manga consumido por los nipones más jóvenes. Junto con Tôkaidô Obake Dôchû (1969, Yoshiyuki Kuroda, Kimiyoshi Yasuda) pasaría a formar la trilogía aquí conocida como Yokai Monsters.

Yôkai Hyaku Monogatari (1968, Kimiyoshi Yasuda)

Ya se comienza a entrever lo que posteriormente sería una ruptura total con el terror más puro del archipiélago. Los fantasmas comienzan a ser excusas estéticas, y el cine erótico naturalista cada vez es más habitual. Como muestras de esta ruptura, dada sin lugar a dudas por influencias de occidente, tenemos a vampiros en la trilogía vampírica de Michio Yamamoto iniciada con Chi wo Suu Ningyo (1970, Michio Yamamoto), hombres lobo en Ôkami no Monshô (1973, Masashi Matsumoto) y Urufugai (1975, Kazuhiko Yamaguchi), e incluso alucinaciones psicotrónicas rodeadas de la cultura pop americana como ocurre en la genial Hausu (1977, Nobuhiko Ôbayashi), sin olvidarnos, por supuesto, de las historias de amor de Shigatsu Kaidan (1988, Kazuya Konaka), o del splatter de Shiryô no Wana (1988, Toshiharu Ikeda).

Hausu (1977, Nobuhijo Ôbayashi)

La cultura a imitar ya no es la patria, sino la americana y, en menor medida, la europea, dando lugar a nuevos tópicos, tan relacionados con el mundo japonés gracias a cintas como Ringu, o The Ring (1998, Hideo Nakata), o Guinea Pig (1985, Satoru Ogura), tópicos tan relacionados con el mundo japonés ya que, si algo sabe hacer bien el pueblo nipón, es el imitar y perfeccionar modelos ya existentes. Aunque el terror japonés, desgraciadamente, ya no es japonés.

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Aspirante a escritor frustrado, granadino y consumidor de cine basura. La Troma es mi religión y Jesús Franco mi pastor. Puedo haber visto mil películas, que no voy a recordar ni un solo nombre de actores o directores. Actualmente estudio literatura. Leo mucho; cuentos, novelas, cómics, series, videojuegos y música. Me gustan las tripas, la casquería barata, el heavy metal y el anime de niñas monas.