Vivimos tiempos extraños, Emilia Pérez, la película que triunfa en Cannes, que se convierte en la más nominada de la historia de los Oscar en lengua no inglesa (más que leyendas como Amelie, El laberinto del fauno, Tigre y dragón o Parásitos), una de las indiscutibles películas del año, de la noche a la mañana se transforma en la peor película jamás hecha. ¿Pero qué ha pasado?
El problema de Emilia Pérez no es su puesta mala calidad, sino haber sido bendecida por los Óscar como la película no anglosajona más nominada de la historia. Que haya conseguido más nominaciones que, por ejemplo, El padrino, es lo que está jugando en su contra. Películas como Green book, Gente corriente, Una mente maravillosa, CODA o Carros de fuego han sufrido el mismo estigma. No son malas películas pero les pesa haber sido encumbradas como la supuesta cinta más excelente del año, no siéndolo ni de coña. Al final eso es lo que las hace parecer peores de lo que son.
Por lo que sea, Emilia Pérez ha caído en gracia los votantes y han inflado el número de nominaciones. En categorías como fotografía, ha dejado fuera trabajos espectaculares y mucho más logrados como los de Cónclave o Joker: Folie à Deux. Bueno, el Dr. Strange ha visualizado 14 millones de futuros y en ninguno lograba una nominación el Joker después de la que le ha caído, pero su fotografía es espectacular. Mal asunto cuando de una película lo único que se salva es la iluminación, dicho sea de paso.
El montaje de Emilia Pérez palidece ante el de Furiosa o Challengers y las ha dejado fuera. Que se haya impuesto en sonido a Civil war todavía lo estoy asimilando, y como esas unas cuantas categorías más. Es más, han nominado un guion… con errores de traducción. Así pues, el problema está en que si una película correcta o, incluso, buena, es encumbrada como lo mejor del año, por comparación se va a percibir mucho peor de lo que es realmente. Tampoco está ayudando las declaraciones del propio equipo. No sé si Karla Sofía Gascón conseguirá la estatuilla, pero la banda de Miss simpatía ya te digo yo que no. A cada twit que escribe, mayor es la barbaridad que suelta. La (pen)última ha sido comparar el odio a la película con el holocausto.
Desde luego que si su representante no se da a la bebida después de esta carrera de premios, en vez de sangre en las venas lo que tiene es nitrógeno líquido. Que Carla Hool, directora de casting, justificara que el reparto fuera español (Gascón), dominicano (Saldaña) y estadounidense (Gómez) porque en México no hay suficiente talento sobraba completamente. La última gilipollez salida de tono la ha soltado el mismísimo director, que en vez de tratar de conciliar los ánimos (aunque solo sea por no perjudicar a su película en las votaciones) ha graznado que el castellano es una lengua modesta, propia de pobres e inmigrantes. A ver, señor Audiard, que sé que me está leyendo: Jódete que ya perdiste el Óscar a manos de El secreto de sus ojos.

Todo esto no ayuda a que la película despierte simpatías, pero nada de lo que está pasando es algo nuevo. Ya no nos acordamos, pero hace 20 años Memorias de una geisha, ambientada en Japón, fue protagonizada por actrices chinas, despertando la ira de ambos países. Además, Rob Marshall retrató la historia con ojos de guiri, es decir, todos los tópicos posibles. La suerte del director de Wisconsin fue que en 2005 no había redes sociales como ahora y un murmullo no se convertía en estruendo con todo el mundo opinando porque si.
Un mundo sin redes sociales… Éramos felices y no lo sabíamos.
Pero la mirada condescendiente de un director extranjero parodiando una cultura que desconoce y superficializando su complejidad cultural ha pasado mil veces más. En el caso de España, el caso más llamativo fue la película El diablo es una mujer. La novela francesa La mujer y el pelele ha sido llevada al cine en innumerables ocasiones. La versión más célebre es la de Luis Buñuel, retitulada Ese oscuro objeto del deseo, pero la que nos atañe es la adaptación estadounidense de 1935. El encargado fue Josef von Sternberg, pero más parece dirigida por Rupaul. La protagonizó Marlene Dietrich haciendo de andaluza y vestida como Martirio en los años 80.

Esta cinta vapulea cualquier termómetro camp habido y por haber y, perdonadme la expresión, creo que es la mayor mariconada que se ha rodado nunca (ojo, que lo digo como algo bueno). Cómo sería la cosa que el mismísimo gobierno de la república exigió a la Paramount que destruyera todas las copias de la cinta. Lógicamente, la productora no se molestó ni en hacer un acuse de recibo. Vista casi cien años después, es el espectador el que mira la película con condescendencia. Es tonta, sí, pero ya está, demasiados problemas reales tenemos como para preocuparse de uno inexistente.
Gascón, Audiard y Hool son imbéciles, eso no lo pone en duda ni ellos mismos pero ganamos nada preocupándonos de la estupidez ajena, vamos a ocuparnos de la nuestra, que con esas sí podemos hacer algo. Además, nos olvidamos de la cuestión fundamental: La libertad del artista. Nadie es quien para decirle a una persona de qué tiene que hacer su película y cómo, que luego se nos llena la boca hablando de censura.
¿No te gusta Emilia Pérez por las razones que sea? Perfecto, pero de ahí a decir cómo debería haberse rodado hay un abismo. No existe una manera correcta y otra incorrecta de narrar una historia. Jacques Audiard es soberano absoluto de su cabeza, su arte y sus decisiones. Es SU película, SU casting y SU visión de la narración.
Si no te convence, en vez de decirle lo que tendría que haber hecho él, hazla tú.

