No es ninguna novedad que pocas series de televisión resisten demasiadas temporadas sin colapsar en su propia fórmula, cediendo a la pérdida de calidad, y en muchos casos, ambas a la vez. Homeland culmina su penúltima temporada entrando en esa fase  crepuscular pese a los encantos profesionales de la espía más emocionalmente inestable de la televisión.

En 2011, en un prolongado estado de efervescencia de la etapa de oro actual de la televisión, Showtime estrenaba Homeland, drama sobre espionaje estadounidense que adaptaba la serie israelí Prisoners of War, de Gideon Raff, con Claire Danes y Damian Lewis como protagonistas y un éxito inmediato, tanto de público, como crítica (triunfo absoluto en los Emmy de 2012 inclusive). Probablemente con la sana, y recurrida, intención de prolongar ese éxito, los productores optaron por alargar la trama inicial hasta una tercera y dudosa tercera temporada que ponía en peligro el devenir cualitativo de Homeland. Y entonces llegó la cuarta temporada.

En aquel cuarto año Homeland se transformó en otra serie. Ya sin Damian Lewis (a estas alturas esto apenas puede considerarse spoiler), Homeland se reinventó a sí misma como una serie de espionaje con una premisa basada en el personaje de Carrie Mathison (Claire Danes), arropada como siempre por el incombustible mando de la CIA, Saul Berenson (Mandy Patinkin), pero sin las ataduras de la trama inicial: los dos primeros años de la nueva Homeland nos llevaron a Kabul y a Alemania en los mejores años de la serie, excitantes, casi tan nerviosos como la mente enferma de su protagonista, rozando los niveles exhibidos en aquella primera temporada.

Pese a dicha reinvención, Homeland, que podía ofrecer un espectro del espionaje urbano y sofisticado en la moderna Washington D.C. y en la cosmopolita Berlín, o adentrarse en zonas en pleno conflicto bélico, viró hacia una suerte de House of Cards (compartiendo incluso a Elizabeth Marvel en papeles similares), por aquello de contar con la presidencia de los Estados Unidos y toda su imaginería política insertada en las ya tibias tramas de una serie que resistía a morir, merced de una Claire Danes que ha hecho de su personaje un auténtico tótem de la televisión.

La séptima temporada, la que nos ocupa en este híbrido de repaso general y parcial a Homeland, repite los defectos del año anterior, con una trama aún menos interesante, recurriendo a algunas conveniencias impropias de la serie y recuperando sus puntos álgidos cuando Carrie y Saul convergen en lo que mejor saben hacer: espionaje de alto calibre, del que puede agujerear un poco más sus resquebrajadas vidas personales.

Enlazando con los hechos de la anterior temporada, una descarriada (¡novedad!), Carrie prosigue su particular lucha investigando una trama de espionaje ruso que pretende desestabilizar al gobierno estadounidense. El descontrol argumental redunda en el personaje de Brett O’Keefe (Jake Weber), el cual desaparece sin más, o los problemas de custodia de la hija de Carrie, Frannie (un problema triple: para la espía, para la serie y para el espectador), recuperando el tino de antaño en los dos últimos episodios.

El futuro de Homeland, teóricamente limitado a una octava y última temporada, deja margen para otro año en el que podemos garantizar nuevas dosis de disfrute con lo mejor que ha dado esta serie, Carrie Mathison, un personaje brillantemente interpretado por Claire Danes, hasta el punto en el que lejos de la naturalidad (los pormenores de Homeland impiden demasiada empatía salvo que uno sea espía o parecido), o de una técnica depurada, transmite una fuerza personal casi colosal, más allá de simpatías, regalando puro disfrute cada vez que decide seguir protegiendo a su país, aunque sea a costa de perder la cordura.

Advertisements