Repasamos la luces y sombras de Sziget 2025, el festival que se celebra en Budapest cada años a mediados de Agosto.
Llegamos a Budapest un año más para Sziget como siempre, cargados de ilusión, con la energía a tope, y sin ser conscientes de que tan solo una semana después estaremos reventados pero felices por lo vivido. Aquí os dejo una crónica día por día de como fue la experiencia de primera mano.
Día 1

El primer día del festival arrancaba más guitarrero de lo habitual. Decidimos abrir con Rory, esa chica que sobre el escenario parecía cumplir un sueño que todavía no acababa de creerse. Sus temas, con una clara influencia punk-pop y una contagiosa garra, hicieron que se metiera al público en el bolsillo, especialmente a través de sus discursos, en los que recordaba a su madre fallecida o hacía alusión a que nunca es tarde para hacer lo que quieras, teniendo ella 40 años y recién empezando su carrera musical.
Tras ella llegaba el turno de Palaye Royale, grupo que tuve la oportunidad de ver en este mismo escenario hace unos años. Desde entonces han ganado notable popularidad, y la carpa estaba hasta la bandera. Con una propuesta más rockera, se reservaron para el final algunos de sus temas más icónicos, como Lonely, que fue claramente el momento álgido del concierto por la reacción del público. Sziget estaba ardiendo.
No hubo que esperar mucho para el primer lleno del Revolut. Conseguí buen sitio para Papa Roach, pero me costó lo suyo. Los americanos llevan desde los 90 construyendo una discografía sobre el adolescente eterno, aunque para mi sorpresa su directo fue poderosamente bueno. Maduros, con un sonido pulido, y cerrando con un medley en el que mezclaron temas de Deftones, System of a Down y su gran hit Last Resort. El primer gran concierto del festival.
Después de eso estuve dando vueltas por las carpas de electrónica, pero ninguna me satisfacía: ni el sonido simplón de Don Diablo ni la propuesta monotemática de Franck. Así que me dejé caer por el final de Charli XCX para comprobar que no era lo mío.
La siguiente propuesta fue Empire of the Sun, un concierto en el que el escenario estaba tan lleno que resultaba incómodo, más aún cuando el número de imbéciles se había duplicado considerablemente: gente que llega tarde y empuja para ponerse en primera fila, personajes que no se callan y hablan a todo volumen, y una masa inmóvil. Para colmo, un grupo poco inspirado. Decidí irme a picotear un poco de Steve Angello, que al menos estaba vivo y tenía un público muy minoritario, lo que hacía posible disfrutar del concierto sin problema. Pero, llegado cierto punto, probé con The Dare, cuya propuesta —basada en un playback continuo de su propia música— me hizo darme cuenta de que era hora de irme a dormir.
Día 2

El segundo día lo arranqué dejándome caer por el agradable sonido de Ocean Alley, pero el calor me hizo retirarme bastante pronto. Por suerte había algo más de sombra para ver a The Beaches, aunque su propuesta popera con ínfulas surfistas no terminó de convencerme. Me fui entonces al Colosseum a ver un poco de Benwal, que definitivamente tampoco era lo mío.
La suerte cambió cuando me acerqué a la playa para ver a Palo Canto, un dúo con reminiscencias de Darkside. Una pena que estuvieran en un escenario tan increíblemente pequeño, en una zona que parecía la esquina olvidada del festival. Este año, la organización cerró la tradicional zona de la playa por la crecida del Danubio, lo que obligó a mover toda la estructura, y muchas de estas actuaciones, ya de por sí minoritarias, quedaron prácticamente ignoradas. Los dulces y sensuales beats oscuros de Palo Canto fueron refrescantes antes de meterme en el Colosseum, donde confirmé una vez más que Partiboi69 no es lo mío.
Día flojo de saltos entre escenarios, hasta que me planté en el Revolut a la misma hora que Shawn Mendes para ver una de las grandes sorpresas del festival: Co Lee, rapero húngaro que llevaba una banda de un nivel muy superior a lo que suelen aspirar los músicos del género. Elevó toda la propuesta hasta convertirse, hasta ese momento, en mi concierto favorito del festival: potencia, garra, variedad e instrumentalización experimental, todo funcionando como un tiro perfecto.
Después tocaba descansar antes de subirse al Last Train, una de las bandas más prometedoras de la escena rockera actual. Con aires de estrella y una versatilidad que apabulla, los franceses fueron capaces de transitar desde canciones con un aire a The Strokes, al post-rock de Explosions in the Sky, o los sensuales tempos de NIN. Palabras mayores para una banda notable que supo poner las guitarras de nuevo en el mapa del Sziget.
El turno de Justice no defraudó en cuanto a asistencia: el dúo reventó otra vez el Revolut con 90 minutos de tralla. Menos salvajes que en otras ocasiones y más centrados en el funk, pasamos de disfrutar a terminar pidiendo la hora ante la monotonía de su propuesta, con un encore de 15 minutos de canciones que ya habíamos escuchado varias veces antes en versiones distintas.
Para cerrar, el plan era Boris Brechja, pero amigos nos avisaron por el pinganillo de que había problemas de sonido, así que decidí quedarme en la tienda y descansar para el tercer día.
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Día 3

Llegamos al ecuador del festival, ese tercer día que suele ser el medidor perfecto de si está siendo bueno o no. Dado que la programación no me atraía demasiado, aproveché para ver varios espectáculos de circo, que siempre salvan un día en el Sziget. De ahí ya solo quedaba salir a ver a Ekkstacy, que venía a demostrar que era más que un proyecto de canciones para TikTok. Generó un buen pogo entre nuevas generaciones que no sabían muy bien cómo hacerlo, pero que agradecí, pese a la sudada.
Después tocaba Kid Cudi, sustituto de A$AP Rocky. Cambio de cromos sobre el papel similar: ninguno gira con banda, y las ganas sobre el escenario son las mismas: nulas. Algún tema nuevo interesante y algún clásico dieron como resultado un cabeza de cartel muy flojo, al que se le quedaba grande el escenario por todos lados.
Por el contrario, a Krúbi se le quedaba increíblemente pequeño el Revolut. El rapero húngaro ya brilló en 2023 y lo volvió a hacer este año. Versátil, mordaz, político (algo que se percibe incluso sin entender húngaro) y con un público entregado. Seguramente sea el C. Tangana húngaro. Sea como fuere, fantástica actuación de principio a fin, que elevó mucho el día y lo dejó listo para Caribou.
Estos no fallan: estructuras musicales loquísimas, músicos talentosos y temazos para aburrir. No soy especialmente fan del último álbum ni del hecho de que centraran el setlist en él, quizá por eso me faltó algo de magia, una magia que sí tuvieron en giras pasadas como la de 2022. Aun así, Caribou siempre son notable alto, incluso en una mala noche.
Y para malo, lo que quedaba. Era la noche de Awakenings y podíamos esperar cosas maravillosas, pero la turra de Blawan fue antológica. Decidí ahorrar fuerzas e irme a dormir. Día bastante irregular.
Día 4

Empezamos el prometedor cuarto día con la siempre imponente Sevdaliza, una diva que lo mismo te pone zapatilla a tope que se marca temas introspectivos que elevan el alma. Para su desgracia, el escenario grande a las 17:30 en el día más caluroso del festival no le hizo ningún favor. Una pena, porque tenía mimbres para dar un gran concierto.
Algo parecido le ocurrió a FKA Twigs, cuya propuesta a plena luz del día y en un escenario grande tampoco tenía mucho sentido. Decidí apostar entonces por el indie de Chartreuse en el Revolut. Escenario casi vacío para una banda que puso mucho corazón pero a la que le faltaron temas reconocibles. Aun así, se agradecen propuestas así en un Sziget en el que cada vez escasean más las guitarras.
Hablando de guitarras, Hermanos Gutiérrez pusieron las suyas en primer plano para llevarnos a paisajes desérticos de western moderno, una dulce transición hacia el cabeza de cartel del día: Anyma. La mitad de Tale of Us se presentó en el escenario grande con temas nuevos y algún remix de su último disco Genesys. El mejor público del festival se reunió esa tarde: juventud sana, dinámica, quizá un poco bajo la influencia de ciertas cosas, pero feliz, haciéndome conectar de nuevo con un artista en el escenario grande.
Después llegó el turno al concierto más íntimo y bonito del festival: Ry X. El señor de la barba perfecta ofreció una hora que bien podría recordar a Bon Iver, pero con un estilo menos épico y más íntimo y sensual. Pese a tener gente hablando en primera fila (sí, ocurrió), la atmósfera que creó merece ser recordada como uno de los mejores conciertos del festival.
No fue el caso de Elderbrook, a quien esperaba con ansias como mi must número uno de esta edición. Su propuesta fue bastante plana, similar a escuchar el disco en directo pero sin apenas variaciones ni corazón. Los pocos cambios que incluyó en sus canciones hacían que perdieran más que ganar. Una pena.
La noche parecía perdida, pero un cambio de última hora hizo posible el milagro: Mathame tocarían a las 03:00 y pude verles de nuevo. No exagero si digo que fue el mejor concierto del festival. Volví a conectar con sus preciosas melodías industriales llenas de melancolía, con beats noventeros tapizados por una producción moderna y elegante. Sencillamente, lo mejor que se puede ver hoy en día en cuanto a DJs. Adriatique empezaron justo después, pero el cansancio me obligó a abandonar antes de tiempo. Una pena, porque siempre dan el nivel.
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Día 5

El festival empezó a levantar vuelo la noche anterior y la energía seguía en aumento. Gran parte de este impulso se lo debemos a Zaho de Sagazan, una artista francesa con presencia arrolladora que revolucionó el escenario Revolut antes de las siete de la tarde. El espacio se le quedaba corto, al igual que el público, que aunque no era muy numeroso, sí estaba profundamente entregado. Uno de los momentos más memorables fue cuando bajó a cantar directamente a los asistentes de primera fila, que no pudieron evitar emocionarse hasta las lágrimas. Su actuación, una mezcla de electrónica con gran sensibilidad, reafirma que Francia sigue marcando el paso en el electropop. Y si a eso le sumas un cierre con una versión brillante de Modern Love de David Bowie, es difícil no incluirla en el podio del festival. Tras esto, estuve en la loquísima propuesta de las japonesas Hanabe, que ofrecieron screamo mezclado con motivos Kawai, una curiosa y potente combinación.
Después de ese torbellino, me dirigí a ver a Fat Dog, quienes ofrecieron una mezcla explosiva de electrónica con toques de folclore del este de Europa. Una fiesta total, cargada de pogos, ritmos desenfrenados y mucha entrega. Todo lo que le faltó a Post Malone, que aunque llegó con nueva gira, repertorio renovado más inclinado hacia el rock y una banda sólida, no logró transmitir la chispa que sí dejaron los dos shows anteriores.
Más tarde, me instalé en el escenario Bolt para ver por primera vez en vivo a Armin van Buuren. Fue una experiencia impresionante. Aunque esperaba más trance y menos intensidad, el set del holandés —de dos horas— se pasó volando y cerró con fuerza. Vini Vici tomaron el relevo, pero su propuesta, deliberadamente repetitiva, me cansó pronto. Decidí irme a descansar para encarar el último día con fuerzas.
Día 6

No hay duda: los últimos tres días del festival fueron notablemente mejores que los primeros. Arrancamos el día en el Main Stage con Portugal. The Man, cuya actuación fue una bocanada de aire fresco. Después de tantos DJs y solistas, ver una banda disfrutando sobre el escenario era justo lo que necesitaba. Este último día tenía un claro enfoque indie, casi como un Primavera Sound, pero bajo el mando de Live Nation.
La banda dio un auténtico conciertazo, con una energía rock vibrante que había estado ausente durante gran parte del festival. Lo mismo ocurrió con Bartees Strange, que aunque no deslumbraron, aportaron un sonido de rock alternativo americano que enriqueció mucho el cartel.
Luego fue el turno de The Last Dinner Party, un grupo en pleno crecimiento que combina un rock artístico con un fuerte componente feminista y reivindicativo. Sin embargo, su propuesta se sintió algo perdida en un escenario tan grande; en una carpa más íntima habrían brillado con mucha más fuerza.
Pasé brevemente por Refused, pero no conecté con su sonido, así que me encaminé al plato fuerte del día: Chappell Roan. Y no exagero al decir que fue la mejor cabeza de cartel que ha pasado por este festival. Su espectáculo fue una celebración pura de la energía femenina, sin necesidad de proclamas: solo mujeres disfrutando sobre el escenario, rodeadas de color, emoción y contraste. Ahora comprendo perfectamente todo el revuelo que genera.
Para cerrar la jornada, fui a ver a Brutalismus 3000, que resultaron ser mucho más intensos de lo que recordaba. Aun así, su propuesta parecía sinfónica en comparación con los cierres de otros escenarios, que estuvieron entre lo más flojo que he visto en mis seis años asistiendo al festival.
Una lástima que el cierre no estuviera a la altura, ya que es lo que suele dejar la última impresión. Aun así, pese a una primera mitad algo irregular, el festival terminó con varios momentos de auténtico brillo, suficientes para justificar la experiencia y poder contarla en primera persona.

