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Recomendación frustrada: Fauda

¿Que tienen en común Euforia, Homeland, En terapia y Your honor? Además de que en casi todas salen desnudos, que son adaptaciones de series israelies. La industria televisiva de Israel se ha convertido en una auténtica potencia mundial en las últimas décadas. Tanto, que Netflix encontró un inesperado filón con las series de ambientación judía, tanto occidentales (Unortodox, Nadie quiere esto, Long Story Short) como israelíes (Shtisel, Miss Jerusalén, Un chico malo). Pero si hay una serie que destaca por encima de todas las demás: Fauda (curiosamente, la más desconocida de todas en España)

Aprovechando el inminente estreno de su quinta temporada, en cinéfilos frustrados os vamos a recomendar la que es una de las mejores series policíacas que sean rodado nunca. Y eso que seguramente ni te suene, y mira que lleva ya cuatro temporadas en Netflix.

Fauda, series tv de netflix

Se trata de la serie seguramente más exitosa de toda la historia de la televisión hebrea y no es para menos. El problema es que, como todo lo israelí, provocará sentimientos (y prejuicios) encontrados. Si ya vivimos en una sociedad hiper mega polarizada, lo de Israel es polarización elevada a la enésima potencia. De un lado y otro se ha creado una imagen absolutamente paródica de un país y una sociedad de una complejidad suma. Seguramente más que la de cualquier país que hayas conocido. Pues justo por eso os la recomendamos, porque mostrar la absolutamente polidiédrica realidad del conflicto árabe-israelí es el punto fuerte de Fauda. Además, escribía este artículo el día del año nuevo hebreo, así que qué mejor momento para recomendar la serie judía por antonomasia.

Cinco razones por las que engancharse a Fauda.

  • Porque en España sabemos reconocer el cine policiaco.

Esa es nuestra gran especialidad. En lo que respecta al cine de género negro y las series policiales, muy pocas cinematografías nos pueden seguir el ritmo. Por tanto, si una persona del país que vio nacer El crack, La isla mínima, Celda 211, No habrá paz para los malvados, La casa de papel, Antidisturbios etc. te dice que una serie policiaca extranjera es buena… hazle caso.

  • Porque está JODIDAMENTE bien rodada.

La dirección, los actores, los guiones, el ritmo frenético, el suspense que te deja anclado a la butaca… todo en Fauda es un mecanismo de relojería perfectamente equilibrado.

  • Porque (quizá) te va a cambiar la visión de Israel.

Al menos, la matizará en un sentido y en otro. Los israelíes y los palestinos en Fauda son indistinguibles. Los policías hablan árabe y los terroristas hebreo. Escuchan la misma música, comen los mismos platos. Sus costumbres son las mismas. Hay un momento en el que el protagonista, un agente de incógnito con doble identidad, reconoce ser más feliz cuando hace de palestino que en su propio país. Un alto funcionario de Cisjordania dice admirar lo que ha logrado Israel en tan pocos años de existencia y que ojalá hubiera un Tel Aviv en Palestina. Fauda muestra un mundo de hermanos que se ha ido al carajo, pero en el que unos se reconocen a si mismos en el otro.

  • Porque es una serie imposible de haberse rodado en España.

Recuerda la polémica en Antidisturbios, cuando sindicatos policiales de extremo centro como Jusapol se quejaron porque mostraba a efectivos policiales consumiendo cocaína y en actos violentos. ¡Llegaron a pedir el boicot a la serie en pleno siglo XXI! Pues no me quiero ni imaginar si aquí se hiciera una serie como Fauda. Los policías israelíes torturan a los presos e incluso los llegan a asesinar por venganza. Los terroristas, por su parte, son mostrados sin minimizar en absoluto sus actos, pero sí como personas con familia, gente que ama a sus parejas y a sus hijos. La frontera entre quién es el monstruo es absolutamente difusa. Imagina una serie sobre ETA en la que los etarras son mostrados como personas que realmente creen en lo que hacen y que son buenos padres, esposos e hijos. Imagina que en la misma serie se reflejara los maltratos y las torturas en los interrogatorios por parte de la guardia civil. Es mucho imaginar porque hamas jamás se haría nada ni remotamente parecido en España sin que ardiera todo el país. Pues eso es Fauda.

  • Porque el arte está por encima de todo.

Me da igual si eres de los que piensan que Israel es el cuarto reich como si te crees que es el bastión de las cruzadas. Cuando pase los siglos, los milenios, cuando ya nadie recuerde el conflicto territorial de oriente próximo, cuando las fronteras sean otras, cuando haya países nuevos y otros desaparezcan. Cuando ya nada importe sólo importará una cosa: El arte. El arte será lo único que redima las miserias de las sociedades que lo crearon. Siempre ha sido así y siempre lo será. El arte está por encima de todo y todos.

¿Que ni por esas quieres ver una serie israelí? Perfecto. Estás en tu derecho, faltaría más. No me voy a meter en rebatir ni reforzar la idea que tengas de ese país, pero Fauda no es un partido político, Fauda es cine, y siempre he pensado que el arte estaba por encima de todo porque es de lo poco que nos redime como civilización. Me da absolutamente igual que Asghar Farhadi no le sople ni un pelo al régimen iraní con su cine. Zhang Yimou es, literalmente, el director fetiche del régimen chino, completamente asimilado a la propaganda cultural del partido. No los juzgo ni como revolucionarios ni como buenas personas, sino como cineastas y su cine es la re-ostia (Hero es una de las películas que más veces he visto en mi vida). Eso es lo que nos debería importar a la hora de disfrutar una película, creo yo.

Hoy vemos el coliseo de Roma sin pensar en las atrocidades del imperio que lo creó y sus arcos de triunfo celebran sus genocidios. Disfrutamos de las Meninas sin que nos importe toda la mierda de la España imperial. El Paris de Napoleón sobrevive al psicópata que lo levantó. No olvidemos tampoco que absolutas obras maestras del cine han estado al servicio de las ideologías más demoníacas. El acorazado Potémkim, genialidad donde las haya, se rodó como propaganda estalinista y Olimpia a mayor gloria del pintor austriaco del bigote. Ambas son obras maestras.

Esta es nuestra recomendación. Tuya es la elección (y será la correcta, por supuesto… pero ve Fauda).

El Spain Moving Images Festival (SMIF 2026) ilumina Madrid: el Cine Doré acoge la era dorada de Hong Kong con «Los años del neón»

Madrid se convierte un otoño más en el epicentro de la vanguardia y el patrimonio fílmico oriental de la mano del Spain Moving Images Festival (SMIF 2026). En su novena edición, que se celebra del 3 de septiembre al 18 de octubre de 2026, el certamen —el único especializado en creación audiovisual, cine de autor y videoarte asiático con sede en la capital española— presenta una de sus propuestas más ambiciosas: el ciclo retrospectivo «Asian Classics. Hong Kong: Los años del neón». Organizado por la Asociación de Industria del Cine Asiático en España y América Latina (AFIAS), el festival desembarca en el emblemático Cine Doré (Filmoteca Española) para celebrar una época irrepetible: las décadas de los 80 y 90, cuando la cinematografía hongkonesa revolucionó el lenguaje visual mundial a golpe de estilo, melancolía crepuscular, coreografías de acción balística y una lírica urbana teñida de tubos fluorescentes.

Una ventana al impacto global del cine de Hong Kong

Comisariado por el crítico y escritor Jesús Palacios, el ciclo rescata copias de referencia de diez obras clave para entender la eclosión internacional de directores como John Woo, Wong Kar-wai, Ann Hui, Ringo Lam o Johnnie To. En aquellos años, la industria cinematográfica de Hong Kong funcionaba con una energía inusitada: combinaba presupuestos ágiles, hibridación genérica desde el –heroic bloodshed hasta el melodrama romántico desgarrado– y una sensibilidad autoral marcada por la inminencia histórica del traspaso de soberanía a China en 1997. El ciclo cuenta además con el respaldo institucional del Cultural, Sports and Tourism Bureau del Gobierno de Hong Kong, la Oficina Económica y Comercial de Hong Kong en Bruselas, la Cultural and Creative Industries Development Agency y el Film Development Fund. La venta de entradas será presencial en la taquilla del Cine Doré el mismo día de la proyección de 17:00h a 20:00h y online 3 días antes de la sesión a través de www.smifest.com o www.entradasfilmoteca.sacatuentrada.es.

Programación completa: Películas, sinopsis y horarios de proyección

Todas las sesiones tendrán lugar en la sala principal del Cine Doré (Filmoteca Española), situado en la calle de Santa Isabel, 3 (Madrid). Cada título contará con dos pases a lo largo del certamen:

1. Boat People (Tou bun no hoi, 1982) – Dir. Ann Hui

  • Pases: Jueves, 3 de septiembre – 20:00 h | Sábado, 12 de septiembre – 19:00 h
  • Sinopsis: Un fotógrafo japonés viaja a Vietnam con el propósito de documentar la reconstrucción del país tras la guerra y mostrar los supuestos avances del nuevo régimen socialista. Sin embargo, a través de su vínculo con una joven local y su familia, descubre una realidad silenciada de persecución, pobreza extrema y campos de reeducación. Obra fundacional de la Nueva Ola hongkonesa, Ann Hui firma un sobrecogedor e incómodo fresco sobre el desarraigo y las heridas del exilio.

2. Made in Hong Kong (Xiang Gang zhi zao, 1997) – Dir. Fruit Chan

  • Pases: Sábado, 5 de septiembre – 19:00 h | Viernes, 25 de septiembre – 17:30 h
  • Sinopsis: Rodada de forma casi clandestina con restos de celuloide desechado por grandes productoras, la película sigue a Moon, un cobrador de deudas de poca monta en los suburbios de Hong Kong que entabla una relación con una chica enferma terminal. Fruit Chan captura la angustia existencial, el nihilismo juvenil y el vértigo sociopolítico de la colonia británica en los meses previos a su reintegración a China.

3. Twin Dragons (Shuang long hui, 1992) – Dirs. Ringo Lam y Tsui Hark

  • Pases: Domingo, 6 de septiembre – 20:00 h | Miércoles, 16 de septiembre – 19:00 h
  • Sinopsis: Dos gemelos idénticos (interpretados por Jackie Chan) son separados al nacer: uno crece en los bajos fondos como pícaro mecánico callejero y experto en artes marciales, mientras que el otro se educa en la alta sociedad como refinado director de orquesta. Cuando sus vidas convergen fortuitamente en la misma urbe, se desencadena un torbellino de enredos, persecuciones automovilísticas y espectaculares coreografías cómicas al más puro estilo del cine de acción de la era de oro.

4. A Better Tomorrow (Ying hung boon sik, 1986) – Dir. John Woo

  • Pases: Martes, 8 de septiembre – 20:00 h | Viernes, 18 de septiembre – 19:00 h
  • Sinopsis: Ho es un veterano líder de una red de falsificación de moneda que busca redimirse tras salir de prisión, enfrentándose al dilema de proteger a su hermano menor, un recto oficial de policía que ignora su pasado delictivo. Junto a su inseparable compinche Mark (un inolvidable Chow Yun-Fat con gabardina y gafas oscuras), la cinta redefinió el cine de acción moderno instaurando los códigos del heroic bloodshed: lealtad inquebrantable, baladas melancólicas y tiroteos a cámara lenta.

5. City on Fire (Lung fu fung wan, 1987) – Dir. Ringo Lam

  • Pases: Jueves, 10 de septiembre – 20:30 h | Sábado, 26 de septiembre – 20:00 h
  • Sinopsis: Un agente de policía encubierto (Chow Yun-Fat) se infiltra en una letal banda de atracadores de joyerías. A medida que avanza la misión, el lazo de camaradería y confianza que forja con uno de los criminales pone en jaque su lealtad institucional y su propia salud mental. Este descarnado thriller policíaco sirvió de inspiración directa y confesa a Quentin Tarantino para la estructura y clímax de Reservoir Dogs.

6. My Heart Is That Eternal Rose (Sha shou hu die meng, 1989) – Dir. Patrick Tam

  • Pases: Jueves, 17 de septiembre – 19:00 h | Domingo, 27 de septiembre – 20:00 h
  • Sinopsis: Una pareja de amantes ve truncado su destino tras un choque con la mafia local: él huye a Filipinas para convertirse en pistolero a sueldo, mientras ella queda atrapada bajo la custodia de un poderoso capo en Hong Kong. Años después, un último encargo forzará su reencuentro. Patrick Tam, mentor de Wong Kar-wai, compone un deslumbrante melodrama criminal caracterizado por una fotografía saturada, melancolía pop y lirismo visual.

7. The Killer (Dip huet seung hung, 1989) – Dir. John Woo

  • Pases: Sábado, 19 de septiembre – 20:00 h | Sábado, 3 de octubre – 20:00 h
  • Sinopsis: Durante un tiroteo en un club nocturno, el asesino profesional Jeffrey hiere accidentalmente a una cantante, dejándola al borde de la ceguera. Decidido a pagar su cirugía ocular antes de retirarse, acepta un último contrato que pronto se convierte en una trampa orquestada por las tríadas. En su fuga entablará una relación de respeto casi místico con el inspector que le pisa los talones. Es la cumbre expresiva del cine de acción de John Woo y una de las películas más influyentes de finales del siglo XX.

8. Fallen Angels (Duoluo tianshi, 1995) – Dir. Wong Kar-wai

  • Pases: Miércoles, 23 de septiembre – 20:00 h | Domingo, 11 de octubre – 20:00 h
  • Sinopsis: Concebida originalmente como la tercera historia de Chungking Express, la cámara de Wong Kar-wai (y la lente gran angular de Christopher Doyle) se sumerge en las noches febriles de Kowloon. La trama entrelaza las vidas de un sicario desganado, su socia y enamorada platónica, un joven mudo que asalta comercios ajenos para abrirlos de noche y una muchacha desolada por un desamor. Un poema hipnótico sobre la soledad urbana y los encuentros fugaces en la gran metrópoli.

9. Comrades: Almost a Love Story (Tian mi mi, 1996) – Dir. Peter Chan

  • Pases: Miércoles, 30 de septiembre – 19:00 h | Miércoles, 7 de octubre – 17:30 h
  • Sinopsis: A lo largo de diez años (de 1986 a 1995), dos inmigrantes de la China continental interpretados por Leon Lai y Maggie Cheung intentan forjarse un porvenir en el vertiginoso Hong Kong colonial. Con las canciones de Teresa Teng como hilo conductor emocional, Peter Chan orquesta un prodigioso retrato sobre la identidad, la ambición económica, el desarraigo de la diáspora y un amor condenado a constantes desencuentros geográficos e íntimos.

10. Throw Down (Yau doh lung fu bong, 2004) – Dir. Johnnie To

  • Pases: Viernes, 9 de octubre – 19:00 h | Domingo, 18 de octubre – 20:00 h
  • Sinopsis: Un antiguo prodigio del judo retirado y sumido en el alcoholismo y las deudas de juego regenta un club nocturno. Su rutina se fractura con la llegada de un joven e impetuoso aspirante a campeón que busca retarle y una cantante novata en busca de su sueño. Homenaje explícito a Akira Kurosawa (Sanshiro Sugata), To entrega una fábula rítmica y optimista sobre la perseverancia, la amistad y el arte de levantarse tras caer al tatami de la vida.

Crítica de ‘La Odisea’ (2026): La epopeya de Nolan

¿Qué hacer después de alcanzar la cima? Esa debió ser la pregunta que atormentaba los pensamientos de Christopher Nolan tras su triunfo con Oppenheimer, su anterior película. Después de cinco nominaciones fallidas a los Premios Oscar y no menos de una docena de proyectos que generaron expectación entre el público y la crítica, finalmente ganó la codiciada estatuilla dorada —dos, de hecho, a Mejor Película y Mejor Director, entre los siete premios que recibió la película en total— y no con cualquier título, sino con una película biográfica que recaudó casi mil millones de dólares en taquilla a nivel mundial. En los últimos años, durante décadas, una cosa ha sido segura en lo que respecta al cine: las películas del director británico son esperadas con gran expectación y, sin excepción, constituyen uno de los mayores, a menudo el mayor, acontecimiento cinematográfico del año. Que Oppenheimer arrasara de esa manera —y con razón ya que es absolutamente espectacular— consolidó aún más al director como uno de los cineastas más importantes de la actualidad, dando rienda suelta para que Universal, la productora con la que trabaja, firmara —de nuevo— un cheque en blanco para Nolan. Como consecuencia, con un presupuesto estimado de alrededor de 250 millones de dólares, La Odisea de Nolan es, hasta la fecha, la película más cara de su carrera.

En otras palabras, este fue el escenario que le permitió al cineasta sentirse lo suficientemente seguro para el siguiente paso en su ya extensa carrera, y probablemente el más audaz de todos hasta el momento: adaptar La Odisea de Homero, una de las obras literarias más grandes e importantes de la historia. Cuando Nolan, recién salido de su Oscar, anunció que su próxima película sería La Odisea, nadie se sorprendió particularmente. Un proyecto ambicioso y complejo, que, sin embargo, gira en torno al tema del regreso a casa, uno que el director ya ha explorado de diversas maneras, desde Origen hasta Dunkerque, pasando por Interstellar. Quizás lo más sorprendente de todo el asunto fue que esta elección implicara incluir elementos abiertamente fantásticos, chocando con su enfoque habitual cerebral e hiperrealista y suponiendo un cambio casi radical con respecto a su filmografía anterior. El hecho de que un director como Nolan planteara esta adaptación cinematográfica del clásico prometía implícitamente que nos entregaría una película fiel al texto original y una proeza técnica nunca antes vista, ya que es como suele trabajar el director. Y si nos ceñimos a estas palabras, es un hecho que Nolan lo ha conseguido, pero con muchos matices. La estructura narrativa que nos presenta Nolan es sólida y, según él, extremadamente fiel a la obra original, a pesar de algunas adiciones narrativas y licencias poéticas para lograr mayor fluidez.

Todos estos cambios fueron suficientes para generar controversia incluso mucho antes de su estreno. Desde elecciones de casting hasta decisiones de vestuario, todo dio pie al debate y al intento de boicot. Además, es una cinta que se presenta como la primera película de la historia en ser rodada íntegramente con cámaras IMAX 70 mm —si analizamos su filmografía, este formato solía reservarse solo para las escenas más espectaculares— y que, según el director, solo así el público podría disfrutar plenamente de la experiencia. Pero claro, hecha la ley, hecha la trampa: no todos los cines están equipados para ello. Solo existen 41 salas equipadas para proyectar IMAX 70 mm en todo el mundo, cuatro de ellas en Europa. El resultado: la gran mayoría de los espectadores verán la película en un formato radicalmente distinto —un rectángulo en lugar de un cuadrado, para decirlo de forma sencilla— con la sensación de que algunas imágenes han sido claramente recortadas para ajustarse. Esta compresión lleva a la película recortada a una dimensión visual algo más asfixiante, ya que muchos de los planos se reducen a primeros planos mucho más cerrados.

Si ignoramos esto, de igual manera estas adaptaciones siempre despiertan el mismo dilema: obra original versus adaptación. Siempre existirá un grupo de gente que defienda que una adaptación deba ser íntegramente fiel al original, cuando curiosamente en este caso estamos hablando de una obra con casi 3000 años de antigüedad. Cuando estas historias se rescatan hoy día, deben adaptarse al público actual y a sus valores, dejando una distancia inevitable con respecto a ese material. Dentro de este marco, también considero que es esencial no perder el alma que la historia quiso transmitir.

Para el público occidental, las aventuras de Odiseo forman parte de nuestra herencia cultural básica. Todos hemos absorbido las pruebas y tribulaciones de este primer gran héroe de la literatura desde la infancia: desde libros infantiles, material de lectura escolar, audiolibros, películas… —¿quién no recuerda Las doce pruebas de Astérix o el capítulo de Los Simpson donde Homer era el propio Odiseo?—. La epopeya se ha filmado tantas veces, en su totalidad o en parte, fielmente o con adaptaciones descabelladas, que es más que posible ignorar sin problema que una nueva adaptación no sea exactamente idéntica, siempre y cuando esta respete su esencia original.

Y aquí llega uno de los primeros problemas: Nolan hace precisamente lo contrario. No descubre en ella ni una nueva era ni nuevos personajes, ni una forma sorprendente ni una perspectiva única, sino que la modifica en pos de contar su historia, y no la de Homero. Representa algunas escenas siguiendo fielmente el texto original, con una precisión inigualable por cualquiera de sus predecesores, mientras que con otros elementos, adopta un enfoque muy libre, reinterpretando personajes o inventando otros nuevos, fusionando tramas o interrumpiéndolas según le conviene. El resultado es una curiosa mezcla: una proeza técnica impecable que termina tropezando en lo más importante: capturar el verdadero corazón de la epopeya.

La fórmula perfecta

El principal defecto de esta odisea al estilo Nolan es, paradójicamente, su excesivo didactismo y condescendencia narrativa. Donde Homero jugaba con la elipsis, la película opta por un enfoque más expositivo: los protagonistas narran los acontecimientos antes de recrearlos en pantalla. ¿El resultado? Una redundancia que se hace palpable desde casi los primeros minutos. Se percibe la preocupación del director por que ningún espectador se pierda en el camino, una ironía mordaz para una película que precisamente va sobre el arte de perderse. Lo más asombroso aquí no es que Nolan narre los famosos acontecimientos, sino lo poco que confía en ellos. Ningún «episodio» se sostiene por sí solo y ninguna situación se desarrolla gradualmente. Todo se anuncia, se explica, se subraya y luego se sella musicalmente. Así, la película salta de un recuerdo a otro, de una demostración a otra, de un momento emotivo a otro con un montaje que no crea conexiones productivas. Durante tres horas, la epopeya está tan saturada que no tiene tiempo suficiente para establecer su propio peso emocional. Incluso relatando pérdidas, tentaciones y traumas, no los hace tangibles o emocionalmente palpables.

Algunas escenas parecen una fiel ilustración de los versos de Homero, siendo prácticamente calcadas y manteniendo esa esencia tan importante. Otras, sin embargo, con sus imágenes excesivamente elaboradas y diálogos brutalmente modernizados, buscan complacer a un público más aficionado a las superproducciones, donde lo que prima es asombrar y no hacer pensar mucho al espectador. A veces, este delicado equilibrio entre epopeya y blockbuster superheroico moderno —el mejor ejemplo aquí sería Dune: Parte dos— funciona; otras veces, fracasa. La película contiene numerosas escenas dramáticas, pero resulta increíble cómo la mayoría carecen de emoción y/o del impacto que deberían causar en el espectador. Las películas de Nolan —o más bien algunas de ellas— han adolecido siempre por contar con esta falta de emoción, pero Origen o Interstellar son las excepciones que demuestran que el director sabe encontrar y presentar una línea emocional robusta —casualmente dos de las que coescribió junto a su hermano Jonathan Nolan—. La Odisea es, entre otras cosas, una historia sobre el amor, la lealtad, la amistad, la traición y la lucha —por la vida—. Una historia que rebosa —o debería— de carga emocional, aderezada con la influencia de los dioses. No obstante, aparte de ser visualmente impresionante y técnicamente innovadora, su trama, la que Nolan nos quiere vender es bastante pobre. Es casi inevitable entrever esa fórmula pensada para contentar al público general.

¿Cómo es posible que en los 20 años que Odiseo pasa con sus hombres, ya sea en la guerra y luego a la deriva intentando volver a casa, no haya ni una sola relación de amistad significativa, ni una conversación relevante con ninguno de sus hombres? ¿Cómo es posible que no se genere ningún vínculo palpable entre ellos? Este nulo desarrollo afecta a todos los personajes por igual —excepto, si me apuras, hay dos que se salvan—. Esto nos deja con el mayor problema de esta película y el más imperdonable: los personajes. No hay con quién identificarse, con quién empatizar. No hay personas reales, solo figuras de cartón que se mueven a través de eventos, o la falta de ellos. Resulta aun más impresionante si tenemos en cuenta el elenco estelar que Nolan ha conseguido reunir. Uno absolutamente desaprovechado.

Cómo desperdiciar a un elenco

Matt Damon en La Odisea

Debido a que La Odisea se centra tan claramente en lo visual y la acción, la profundidad narrativa y el desarrollo de personajes quedan relegados a un segundo plano, a pesar de su innegable abundancia de diálogos. En su elenco hay muchos nombres importantes y, aunque la verdad es que todos hacen un buen trabajo, no tienen tampoco mucho con lo que trabajar. Todos parecen actores embutidos en trajes mitológicos que representan demasiado de lo que estos consiguen transmitir. El guion les concede poco más que unas escenas, una postura y un par de frases grandilocuentes a muchos de ellos. Las estrellas no se convierten en personajes, sino en meros puntos de referencia o cameos en un espectáculo abarrotado: es difícil olvidar que estamos viendo a Matt Damon y Anne Hathaway, y no a un rey y a una reina consumidos por el tiempo.

Damon interpreta a Odiseo con esa presencia física pesada y ligeramente cansada que le sienta a la perfección al papel del guerrero anciano. Sin embargo, no puedo evitar ver al actor en el papel, como si este se hubiera encasillado en interpretar siempre al mismo personaje atormentado. Odiseo necesita ser astuto, además de peligroso, y el actor simplemente no sabe demostrar esa cualidad por mucho que frunza el ceño. Además, la epopeya enfatiza mucho su astucia, inteligencia e ingenio, y la película tampoco le da tanta importancia como debería: sus decisiones de ese tipo se tratan como sentido común evidente y no como algo especial que solo Odiseo habría pensado. Esto hace imposible empatizar con Odiseo a pesar de ser el protagonista y eso me parece un problema gravísimo.

Lo mismo ocurre con Tom Holland. El actor dota a su Telémaco de una creíble mezcla de ingenuidad juvenil y desafío contenido, alejándose de su repertorio habitual con buenos resultados, pero no deja de ser un personaje que demuestra motivaciones que no llegan a estar suficientemente respaldadas. Es uno de los tantos que se unen a este grupo de superficialidad y poco desarrollo. Tanto Lupita Nyong’o, Elliot Page, Mia Goth, Jon Bernthal, Zendaya, Charlize Theron y Benny Safdie son poco más que adornos, apareciendo en pantalla apenas unos minutos y siendo reducidos a meros recursos argumentales intercambiables.

En contraposición, tenemos una Penélope fantástica. Anne Hathaway nos regala una grandísima actuación dotando a la reina de dignidad y un dolor contenido, dejando el personaje que más humano se siente dentro de esta película. Por su parte, Robert Pattinson interpreta al pretendiente Antínoo ofreciendo una interpretación patética, convincente, con una arrogancia mordaz y salvaje, encarnando su cobardía innata y estableciendo la mejor actuación de la cinta. Es de los pocos personajes donde es fácil ver por qué es como es, seguramente porque Pattinson se ha propuesto demostrar que es el mejor actor de su generación durante estos últimos meses. Nolan, con La Odisea, vuelve a demostrar que es un director excepcional, pero un pésimo guionista cuando se lo propone.

La épica impuesta y el final más «americano» posible

A pesar de que la trama no está exenta de espectacularizaciones, este enfoque falla a la hora de transmitir la épica. Nolan en todo momento trata de imponer la epicidad con las imágenes, planos y actuaciones, mientras que esta debería transmitirse por sí sola. Es precisamente en este espectáculo impuesto donde se hace evidente la falta de dirección de acción genuina del director. Sus imágenes son grandiosas, sus movimientos pesados, su puesta en escena elaborada, pero rara vez dinámica. Es imposible no notar cómo algunas fases de la película, especialmente la final, terminan recordando a los estereotipos de las películas de acción modernas. La carnicería final podría haber sido la culminación física y moral de la película. En cambio, se asemeja más a un ajuste de cuentas en una película de Tarantino o en un drama de época de Ridley Scott. Incluso esta escena final te hace desear involuntariamente que la hubiera dirigido alguno de ellos dos en vez del propio Nolan y del resultado que acaba obteniendo. El evento se anuncia con grandilocuencia, pero nunca llega a tomar una forma que no pase de la típica «americanada».

Es una muestra considerable de autocomplacencia en las escenas de acción, que no abandonan la dinámica del héroe más plano que vence a los demás por ser más fuerte, más listo y más entrenado. Estas soluciones narrativas parecen estar más en sintonía con la dinámica de los superhéroes que con la de este clásico de la literatura, volviendo de nuevo a ese querer contentar a un público más general.

Odiseo representa una figura simbólica de la razón instrumental: un ser humano que debe dominar la naturaleza, el mito y, en última instancia, a sí mismo para sobrevivir. Nolan podría haber encontrado aquí una película completamente diferente: una sobre el comercio, la migración, la identidad, la manipulación o la dialéctica del progreso. Podría haberse preguntado qué significa el regreso a casa en un mundo donde ni el que regresa ni la patria han permanecido iguales en el tiempo. En cambio, se conforma con la veneración a los héroes de una época pasada. Y ahí reside el verdadero problema: reduce la Odisea al autoexamen de un hombre extraordinario. Su Odiseo sufre, lucha, resiste, cae, se levanta de nuevo y, al más puro estilo del viaje del héroe, finalmente vuelve a ser dueño de su hogar mediante la violencia. La imagen de masculinidad que se reproduce aquí pertenece menos a una lectura moderna de Homero y más a esas tantas fantasías de redención que tan acostumbrados estamos a ver.

Aún más dolorosa es la comparación con El regreso de Ulises de Uberto Pasolini, protagonizada por Ralph Fiennes, estrenada el año pasado. Pasolini se centró en el repatriado anciano y traumatizado, en un cuerpo que sobrevivió a la guerra, pero que ya no encaja en el orden al que se supone que debe regresar. Allí, el regreso a casa, la violencia y el reconocimiento se convierten en cuestiones existenciales. La Odisea, en cambio, es más cruda, más estridente y, sobre todo, intelectualmente más vacía en casi todos estos aspectos.

Los puntos fuertes a admirar

Polifemo de La Odisea

Con todo, reducir La Odisea a un mero tropiezo narrativo sería injusto. Hay virtudes incuestionables en la propuesta de Nolan y pasajes que dejarán satisfecho a cualquiera. La película es indudablemente entretenida, disfrutable y cuenta con hallazgos que merecen aplaudirse. Principalmente, la cinta se beneficia enormemente de la predilección de Nolan por los escenarios auténticos y los efectos prácticos. Habiendo dejado claro que no es fanático del CGI excesivo, el cineasta se basa en elementos físicos reales. La autenticidad es admirable: muchas escenas se filmaron en réplicas gigantescas y realistas de antiguos barcos de guerra y no en un estudio con pantalla verde. Las ciudades y fortalezas lucen convincentes y no son meros decorados. Incluso la representación del Hades me parece sublime. Todo esto crea un realismo notable y hace que la acción sea bastante más tangible para el espectador.

Aparte de este apartado técnico y de materiales prácticos, los verdaderos halagos de la película se reducen a dos secuencias clave. En primer lugar, la escena con Polifemo —el cíclope— es el punto culminante de la película: está brillantemente concebida y ejecutada. Supone una escena de terror verdaderamente espectacular, con claras referencias a Goya y con varios momentos de puesta en escena bastante ingeniosos —el sonido y la luz juegan un papel esencial—. Su diseño combina sólidamente el realismo y la fantasía que tanto le hace falta a esta historia.

En segundo lugar, el episodio en casa de Circe —interpretada brillantemente por Samantha Morton— es digno de mención por cómo coquetea con el horror corporal. La escena recalca el poder del cine físico de Nolan al usar efectos prácticos en lugar de CGI, lo que genera expectativas sobre una posible cinta de terror del director —él mismo sugirió que le gustaría tras alabar el éxito de Obsession—. Sin embargo, incluso aquí tengo sentimientos encontrados. Esta escena, aunque personalmente me gusta de forma aislada, resulta más absurda e innecesariamente abrumadora que significativa, llegando a parecer disfuncional al considerarla en su conjunto con el resto de la cinta, como si hubiera sido copiada de una película de terror folclórico completamente diferente.

El cine como asalto físico

Dicho esto, a pesar de estas reservas, La Odisea sigue siendo un buen entretenimiento y gustará a muchísima gente, como ya lo está haciendo. La esencia del poema está ahí en parte en los hechos: el peso del tiempo que desgasta a los seres, incluidos los héroes, cansados, perdidos y llenos de dudas, pero no en sus personajes. Nolan ha hecho una película de aventuras enorme, bien rodada y con una fotografía maravillosa —firmada por su colaborador habitual Hoyte van Hoytema—; nadie puede negar eso.

Uno sale de ver esta Odisea sin sentirse decepcionado, pero tampoco del todo transportado; convencido de que Nolan se tomó el mito en serio, pero quizás explicándolo en exceso. Su superproducción impresiona más por su rigor que por su alcance, como si temiera constantemente que el público se perdiera allí donde el propio poema invitaba a vagar. Lo que queda, por supuesto, es lo que siempre queda en sus películas: un hombre que finalmente encuentra el camino de regreso a casa. El cine como tal, sin embargo, se queda con las manos vacías y sin una adaptación a la altura del original.

Prestando especial atención a la banda sonora, el compositor Ludwig Göransson vuelve a repetir junto a Nolan tras Oppenheimer. Esta se creó sin orquesta clásica, aparentemente a petición expresa del director, utilizando únicamente sintetizadores e instrumentos propios de la Grecia de aquella época: gongs de bronce, lira y aulos. No obstante, en la práctica, incluso este delicado equilibrio instrumental está sujeto al viejo principio de Nolan: el sonido no está destinado a acompañar, sino a abrumar. Esto encaja con la concepción casi obsesiva del director del cine como un asalto físico. La pantalla y el sonido no están destinados a convencer, sino a conquistar, abrumar, ocupar y penetrar en el cuerpo. En Oppenheimer funcionaba, aquí, no tanto.

Porque sentirse abrumado no siempre es efectivo si no está acompañado de según qué elementos. Cuanto más enfáticamente proclama la película su importancia, menos se siente. La narrativa no logra impactar porque, a pesar de su duración, no se toma el tiempo necesario para desarrollar a sus personajes. La música no logra impactar porque carece de contrastes, porque no conoce el silencio. Y las imágenes no logran impactar lo suficiente porque están constantemente centradas en una sola cosa: la monumentalidad. Porque cuando todo busca ser importante, pronto nada importa ya.

Festival de Annecy 2026: Primera Mitad

El Festival de Annecy se ha celebrado una vez más en los Alpes franceses demostrando que sigue siendo el mayor evento mundial en lo tocante al cine y las series de animación.

El Festival de Annecy se ha llevado a cabo, como ya siendo costumbre, batiendo todos los récords del año anterior. Y es que este 2026 han sido más de 18.000 las personas acreditadas que no han querido perderse la cita más importante del año para la animación. En este artículo vamos a reseñar brevemente cada uno de los contenidos a los que Cinéfilos Frustrados ha tenido acceso durante esta semana de festival.

Luces, cámara, Aardman!

aardman

Festival de Annecy 2025: 9 de junio

En esta edición, y para celebrar su 50 aniversario, Aardman Animations fue el encargado de realizar el corto de presentación del Festival (que se proyecta antes de todas las sesiones) y de estrenar el escenario principal con una masterclass donde la productora de Bristol contó su historia desde sus inicios hasta la actualidad y presentó algunas futuras novedades como las películas ‘Shaun la oveja: La bestia de Mossy Bottom’ y ‘La historia casi sin título de Danger Delilah’, la serie animada ‘¡Vamos, Timmy!’ o la colaboración con Pokémon titulada ‘Cuentos Pokémon: Las desventuras de Sirfetch’d y Pichu’.

Minions & Monsters

Minions and Monsters

Festival de Annecy 2025: 10 de junio

Antes de dar comienzo al festival como tal, la ceremonia de clausura presentó al jurado de la edición de 2026 y proyectó el preestreno de ‘Minions & Monsters’, la nueva entrega del universo de ‘Gru: Mi Villano Favorito’.

Sinopsis: La historia de cómo los Minions conquistaron Hollywood, se convirtieron en estrellas de cine, desataron monstruos en el mundo y se unieron para salvar el planeta.

Sin duda la película fue una sorpresa en lo que amor por el séptimo arte se refiere, ya que los 90 minutos de metraje se dedican casi enteramente a referenciar, parodiar o reinventar famosas escenas de cine clásico y moderno. No sé cómo de eficiente sea esta decisión, ya que obviamente el público objetivo de la película no entenderá los guiños a la mayoría de las obras referenciadas, ‘Ciudadano Kane’, ‘Vértigo’, ‘El Cabo del Miedo’ o ‘Taxi Driver’ por nombrar algunas. Pero seguro que esas mismas escenas sacan alguna sonrisa a los padres que vayan al cine, quizás haciendo que les merezca la pena la experiencia. En mi opinión, la cinta falla totalmente en mantenerse entretenida más allá de la primera hora y la trama se vuelve demasiado irrelevante y genérica como para mantener la atención del espectador.

Decorado

decorado

Festival de Annecy 2025: 11 de junio

Sinopsis: Arnold, un ratón desempleado, atraviesa una crisis existencial. Vive en una ciudad donde la corporación ALMA lo controla todo. A diferencia de su esposa María, siempre ha tenido la impresión de que este mundo es irreal. Decidido a rebelarse, urde un astuto plan para escapar de la ciudad.

Llegamos al primer contenido patrio y a la que es una de las grandes contendientes de esta edición, Decorado. La película, dirigida y escrita por Alberto Vázquez mantiene la misma línea que ya podíamos ver en anteriores trabajos del gallego y fue ya premiada en los premios Goya a mejor película de animación, logro que ya había conseguido con ‘Psiconautas: Los Niños Olvidados‘ y ‘Unicorn Wars‘. En esta ocasión encontramos muchos temas similares a los que habíamos visto en ‘Unicorn Wars’, sin embargo, creo que estos mismos se exploran de una forma más madura y eficiente que da un resultado mucho más pulido y profesional. Sin duda una película que merece la pena ver y que nos tiene que hacer sentir orgullosos del gran nivel que hay en nuestro país.

La Violinista

La Violinista

Festival de Annecy 2025: 12 de junio

Sinopsis: Mientras una reportera española desvela el misterio que rodea a una legendaria violinista veterana y su preciado instrumento, emerge una historia olvidada de amor, guerra y música. En el Singapur de la década de 1930, los amigos de la infancia Fei y Kai están unidos por la música hasta que la guerra y la ocupación japonesa los separan.

Mi opinión se encuentra dividida con esta película. Por un lado, la historia me parece muy destacable, adulta, profunda y narrada con gusto e intención, por otro lado, la animación deja, en mi opinión, mucho que desear, los escenarios se sienten desprovistos de vida, los personajes inexpresivos y, en general, la animación parece denotar alguna falta de presupuesto durante la producción. La película merece la pena, sus dos horas se pasan volando y resulta fácil cogerle cariño a los personajes, sumado a esto, la historia de Singapur es algo que desconocía totalmente, y siempre es agradable cuando una obra logra darte a conocer cosas nuevas de una forma emotiva y entretenida.

Le Corset

Le Corset

Festival de Annecy 2025: 13 de junio

Sinopsis: En la Francia rural, Christophe, de diez años, está destinado a seguir los pasos de su padre en la granja familiar. Pero empieza a inclinarse y a desplomarse sin previo aviso: en el tractor, en el colegio, en la mesa. Obligado a llevar un corsé para no caerse, descubre la música y conoce a Clara, con quien todo parece posible.

Fácilmente Top 3 del Festival, cuando salí de ver Le Corset quedé convencido de que ganaría alguno de los premios que se reparten. Louis Clichy, co-director de las dos últimas películas animadas de Astérix. firma aquí su primera película en solitario sobre la vida de un joven rural al que acaban de poner un corsé. El tono costumbrista encaja perfectamente con la animación a lápiz sobre papel donde rara vez se pueden ver más de dos colores en pantalla al mismo tiempo. Una oda a la adolescencia llena de nostalgia y que, si bien es francesa hasta la médula, logra que cualquier persona de este mundo se identifique con el protagonista.

Company Sports Day

Company Sports Day

Crítica Lesbian Space Princess (2025)

Sinopsis: El equipo de ventas número 3 se convierte en el chivo expiatorio del escándalo de malversación de fondos del presidente. El líder del equipo intenta revelar la verdad, pero la manipulación de las pruebas por parte de un ejecutivo clave lleva a todo el equipo al borde del despido colectivo.

Sin duda reservé esta sesión buscando algo bizarro y divertido como lo fuera el año pasado la maravillosa ‘Lesbian Space Princess’. Tal vez sea por culpa de las expectativas puestas sobre la cinta, pero ‘Company Sports Day’ no logró cautivarme lo suficiente. La película tiene sus momentos divertidos, pero estos funcionan mejor como una serie de sketches independientes que como una comedia continua que acompañe a la trama global de la película, trama que para mí carece de interés y se alarga más de lo que debería.

Prime Video Presents: Building the Future of Adult Animation

Prime video

Entrevista Robert Kirkman

Robert Kirkman (Invincible), Vivienne Medrano (Hazbin Hotel), Sam Riegel (The Legend of Vox Machina / The Mighty Nein), Dave Wilson (Secret Level) y Melissa Wolfe, directora de animación de Prime Video, aprovecharon esta charla para hablar de los secretos detrás del proceso de sacar adelante algunas de las obras de animación para adultos más importantes de la actualidad. Como bonus track tuvimos la revelación por parte de Genndy Tartakovsky de una nueva animación de ‘Conan el Bárbaro’ producida por Prime Video.

Tangles

Tangles

Sinopsis: Cuando el Alzheimer empieza a apagar la vibrante personalidad de su madre, una joven se ve obligada a regresar con su familia para cuidarla. Esta historia narra el proceso de maduración de una joven, su proceso de aceptación de su identidad y la superación de la pérdida de su madre, todo ello mientras busca su propia identidad.

Llegamos a la película lacrimógena de esta edición. Esta película se aleja bastante de lo que Annecy nos tiene acostumbrados en cuanto al tamaño de producción, ya que detrás de la misma se encuentran grandes nombre como Julia Louis-Dreyfus, Bryan Cranston o Seth Rogen. La factura técnica es impecable y, si bien la animación base es algo simplista, encaja perfectamente con el tono de la cinta y destaca en algunas escenas en específico dejando un muy buen sabor de boca. La historia, basada en la obra autobiográfica de Sarah Leavitt «Enredos: Una historia sobre el Alzheimer, mi madre y yo», indaga en lo más profundo de las relaciones familiares, las enfermedades mentales y el miedo al olvido y lo hace desde el respeto y el entendimiento dando luz a una obra preciosa al nivel de las premiadas ‘Arrugas’ o ‘El Padre’ (curiosamente las tres obras son adaptaciones de otros medios).

WTF

WTF

En WTF, siempre de sesión nocturna, se proyectan los cortos más raros que la organización ha encontrado entre todas las propuestas de la edición. Sin duda una sesión que merece muchísimo la pena, llena de enormes bizarradas y propuestas extremadamente originales.

Los cortos WTF de esta edición fueron:

  • I have a
  • I’m glad I know that now thank you: Phones
  • Wad is is nu
  • You are not part of the cake
  • Babyface
  • King kong vs Pinocchio
  • Smokedog blue
  • Courtship.com
  • Broc!
  • A day in the life of a pigeon businessman
  • Simian fever
  • Skin flick
  • We’re kinda different
  • I’d rather be a concorde

La verdad es que el 80% de ellos son dignos de mención y verlos en la pantalla grande fue una gran experiencia, pero si hay que recomendar solo algunos creo que ‘I have a’, ‘I’m glad I know that now thank you: Phones’, ‘You are not part of the cake’ y ‘Skin Flick’ destacaron por sobre los demás.

Una Masterclass con Ricky Gervais, Escritor y Director de Netflix’s «Alley Cats»

Ricky Gervais

Sinopsis: Alley Cats es una comedia animada creada y protagonizada por Ricky Gervais. La serie narra las peripecias de un grupo de gatos callejeros británicos que luchan por sobrevivir en un mundo humano indiferente. Desde lo cómico hasta lo absurdo, presenta el estilo inconfundible de Gervais, caracterizado por su emotividad y su crítica social.

Ricky Gervais llegó como un huracán a Annecy el día de su cumpleaños y arrasó en el teatro Bonlieu con la presentación de su nueva serie animada para Netflix. El cómico británico explicó cómo fue la producción de la serie y también mostró en exclusiva los dos primeros episodios de la misma así como algunos clips de episodios posteriores. La serie tiene potencial, si tuviera que describirla comentaría que tiene un tono similar al de su anterior trabajo ‘After Life’, pero con un formato más de sitcom, aprovechando además la flexibilidad en las tramas que da el hecho de tener personajes gatunos animados. Sumado a esto, tanto los episodios como la temporada es de corta duración, por lo que huele a serie que los amantes del humor ácido de Ricy Gervais disfrutarán de una sentada.

Continuará…

Crítica de ‘Obsession’ (2026): Estoy obsesionado

Son pocas las ocasiones en el cine en las que uno se encuentra con una película prácticamente perfecta: esa cinta que lo tiene todo y sabe cómo transmitirlo a través de cientos de capas, con escenas que jamás olvidarás, momentos que erizan la piel y que dejan un poso que perdura semanas en tu cabeza, sumado a un manejo técnico sobresaliente y a unas actuaciones que merecen cada premio habido y por haber.

Todo esto es muy complicado de conseguir, y debería serlo mucho más cuando tienes 26 años, toda la vida por delante y estás ante tu primer largometraje oficial producido por un gran estudio. Es difícil, sí, pero es algo que Curry Barker ha conseguido con creces en Obsession. Es una hazaña que podemos comparar directamente en magnitud con Tiburón de Steven Spielberg —el propio director se ha declarado fan absoluto de la película—. Una comparación enorme, lo sé, pero consciente en alcance y estructura: no hay que olvidar que la cinta del escualo fue, de igual modo, su primer largometraje bajo el paraguas de un gran estudio, con tan solo 28 años, muy pocos recursos y una idea brillante. Ahí, en ese momento, Spielberg estaba creando sin saberlo el primer blockbuster moderno de la historia. Si hablamos de hitos, Obsession ya ha entrado en la historia del cine por la puerta grande, y continúa haciéndola a día de hoy. Una situación extraordinaria y mucho más que merecida.

El éxito que está cosechando se estudiará en el futuro, y es directamente proporcional al talento y a la dedicación de Barker —que dirige, guioniza y edita—. En plena época marcada por mantras como «el cine ha muerto», al fin y al cabo, el talento basta para marcar la diferencia y destacar en un panorama de producción cinematográfica poco comprometido con la originalidad, que se nutre mayoritariamente de la imitación y la nostalgia —algo que precisamente comentaba en la crítica de la nueva Scary Movie—. Casi de forma indirecta, Barker ya se consagra como uno de los mejores autores modernos del cine de terror. Con Obsession, en menos de dos horas, captura a la perfección la esencia más profunda del género, conectando de forma brutal con una audiencia cansada y con un hambre voraz de historias nuevas y relevantes.

La comparación de Barker con Spielberg era clara, pero es que incluso podemos equiparar la época actual con el New Hollywood, un movimiento que comenzó a principios de los 70 y que cambió el cine para siempre. El Hollywood clásico ya no conectaba con los jóvenes, el tan explotado western perdía popularidad y los estudios, al darse cuenta de esto, empezaron a darle oportunidades a los directores más jóvenes. De ahí salieron nombres que a día de hoy son historia y referentes para todos: Spielberg, Martin Scorsese, Brian de Palma, George Lucas, Francis Ford Coppola… en fin, qué decir. No solo eran más jóvenes, tenían una forma distinta de hacer cine: eran más arriesgados y estaban más influenciados por el cine europeo y todo lo que se saliera del molde habitual. La pregunta que aquí nos concierne es: ¿estamos viviendo una nueva era de cambio radical en Hollywood? Mi respuesta es sí. El New Hollywood trajo multitud de visiones nuevas y películas que rompieron los esquemas de la industria para siempre y, como decía anteriormente, ahora mismo Obsession ya es partícipe de ese cambio.

Las cifras y los datos que está manejando son absolutamente demenciales. Con un presupuesto de producción de apenas 750.000 dólares, lleva recaudados más de 375 millones en todo el mundo desde su estreno hace 7 semanas; una recaudación masiva dividida entre los 237 millones del mercado doméstico y 138 millones en el resto del mundo. Estos datos marcan un hito: es la primera película de este siglo con un presupuesto por debajo del millón en superar los 200 millones en taquilla, rompiendo el récord de rentabilidad que ostentaba El proyecto de la bruja de Blair desde 1999. También es oficialmente la producción más taquillera en los 24 años de historia de su distribuidora, Focus Features, que la adquirió en el TIFF —festival de cine de Toronto— por 15 millones de dólares, convirtiéndola en la adquisición de festival más exitosa de la historia del cine.

Tras apenas estar 7 semanas en cartelera, mantiene un aguante insólito que está siendo estudiado dada su rareza, ya que se mantiene sin caídas semanales superiores al 30%, superando el recorrido comercial de grandes superproducciones de este año como Star Wars: The Mandalorian and Grogu o la propia cinta de Spielberg, El día de la revelación. En la industria actual, lo normal —incluso para los grandes blockbusters— es que la recaudación se desplome semana a semana; lo que ha conseguido Curry Barker es una anomalía brutal que no se veía en 44 años. Y es que Obsession se ha convertido en la primera película desde el clásico E.T. el Extraterrestre (1982) en subir en taquilla de forma consecutiva tanto en su segundo como en su tercer fin de semana.

Igualmente la cosa no acaba ahí, porque también ha batido récords en su propio género. Ha logrado el mejor cuarto fin de semana de la historia para una película de terror al sumar 25,6 millones —récord que también mantenía El proyecto de la bruja de Blair—, ha superado esta semana a Los pecadores convirtiéndose en la película original de acción real más taquillera de toda la década, y ha adelantado a El exorcista (1973) en la taquilla histórica norteamericana, metiéndose en el Top 4 de su género. Y todo esto cuando las cifras siguen aumentando, a pesar de haberse estrenado en plataformas digitales este martes mismo —batiendo más récords de streaming—. Una absoluta barbaridad.

De YouTube a revolucionar la industria

Michael Johnston

La carrera de Curry Barker no hace más que confirmar que el cine de terror moderno se está oxigenando a través de dos corrientes revolucionarias que hoy dominan la industria. La primera es que YouTube se ha convertido en la nueva meca del género: una plataforma que sirve de altavoz para una nueva generación de creadores jóvenes con un altísimo talento que la utilizan como salida a su creatividad, compartiendo su arte e historias sin necesidad de un gran presupuesto ni de depender de una distribución tradicional. La segunda es el desembarco de creadores provenientes del mundo del humor. Al fin y al cabo, conseguir que alguien se sienta muy incómodo y que alguien se ría es exactamente lo mismo, o funciona de la misma forma; ambos estímulos dependen por completo de manejar y romper la tensión en el segundo exacto.

Al igual que el New Hollywood de los 70 entregó las llaves a directores jóvenes para salvar un cine estancado, hoy los estudios buscan esa misma frescura en estos dos frentes. A veces, ambas vías se cruzan de forma perfecta, como ocurre con los hermanos Philippou —que ya nos han regalado dos joyas del terror y el body horror con Háblame y Devuélvemela— o con el propio Barker. Es un hijo de la Generación Z que lleva años creando sketches de humor negro e intercalando cortos de terror en su canal That’s a bad idea junto a su inseparable mejor amigo Cooper Tomlinson, quien además le acompaña dando el salto a la gran pantalla como uno de los actores protagonistas de Obsession.

Otras veces, estas corrientes funcionan de manera independiente. Por un lado, tenemos a cineastas que llegaron consagrados desde la comedia de sketches de la televisión tradicional para revolucionar el terror actual, como Jordan Peele con la maravillosa Déjame salir o Zach Cregger con la aclamada Barbarian o la reciente Weapons. Por el otro, encontramos el terror atmosférico puro y sin humor nacido de las entrañas de internet. El ejemplo definitivo de este hito es Kane Parsons: con tan solo 16 años, revolucionó las redes dando forma visual y narrativa al célebre creepypasta de los Backrooms. Hoy, con apenas 20 años, ha creado de la mano de A24 la adaptación cinematográfica homónima, convirtiéndola en otro rotundo éxito comercial. Sin duda, dos caminos distintos que sirven para transformar las obsesiones contemporáneas en auténticos acontecimientos de la cultura pop.

El billete de entrada a las grandes ligas para Barker fue Milk & Serial (2024), un thriller de found-footage de 62 minutos que rodó por apenas 800 dólares y que, tras intentar conseguir distribución sin éxito, estrenó directamente en su canal. El revuelo fue tan abrumador que llamó la atención de Blumhouse. Seamos sinceros, desde hace años ver el logo de la productora al inicio de una película suele dar escalofríos por las razones equivocadas, ya que gran parte de su filmografía reciente no pasa de la mediocridad comercial y explota ese término del que siempre suelo hablar en mis críticas del género: terror visto como fast food. Sin embargo, Jason Blum de vez en cuando tiene un ojo clínico para financiar a la persona adecuada —como hizo con Whiplash de Damien Chazelle o con el propio Peele—, y decidió poner los 750.000 dólares sobre la mesa para el siguiente proyecto del youtuber.

Así nació Obsession. Y para más inri, lo que ocurrió durante su producción y postproducción es un reflejo perfecto de cómo la juventud viene pisando fuerte, combinando una energía arrolladora con un descaro y una estrategia comercial que podrían parecer impropios de un equipo sin mucha experiencia a sus espaldas. Por un lado, la película se rodó en un tiempo récord de 20 días y con un dato que cuesta digerir: absolutamente nadie en el equipo técnico, artístico y actoral superaba los 30 años de edad. Una demostración de fuerza de una generación desbordante de talento que viene a dar un aire fresco a una industria adormecida y encasillada en los mismos tropos de siempre. Por el otro, ese descaro y esa inteligentísima estrategia de mercado destacaron claramente tras su proyección en el festival. El éxito fue tan rotundo que desató una salvaje guerra de ofertas entre gigantes de la talla de A24, Neon y Focus Features. Cualquier cineasta novel, cegado por el prestigio autoral y la moda, habría elegido a ciegas a A24 como distribuidora. Pero Barker había hecho los deberes.

Sabía que A24 y Neon limitan gran parte de su maquinaria al territorio norteamericano. Elegir a Focus Features, por el contrario, al formar parte de Universal Pictures, le garantizaba una red de distribución global para estrenar de manera coordinada en decenas de países y, lo que es más importante, le prometieron un control creativo total sobre la originalísima campaña de marketing. Fue un contrato que cambió para siempre el destino de Obsession. Una jugada maestra que nos recuerda algo fundamental en esta industria: hacer una película no consiste solo en escribirla o dirigirla maravillosamente; entender las entrañas de la distribución es lo que convierte a una buena cinta en un fenómeno mundial.

Anatomía de un milagro cinematográfico

Inde Navarrete

Si Milk & Serial demostró lo que Curry Barker podía hacer con una cámara y 800 dólares, Obsession es la confirmación de que, cuando le das recursos a un genio, los convierte en oro puro. Absolutamente todos los aspectos técnicos de esta película se pueden destacar, consolidando una propuesta donde la dirección, la escritura, el montaje, la fotografía, la banda sonora y las actuaciones son sencillamente brillantes y, hasta cierto punto, casi imposibles —como si fuera un milagro— si recordamos su presupuesto. La película incluso se beneficia de esto: en lugar de perderse en costosos efectos especiales que desnaturalizan cualquier obra, Barker se basa en composiciones precisas, iluminación y un lenguaje visual que transmite de forma consistente el horror psicológico de la historia.

Demuestra una más que notable habilidad en la dirección, el guion, e incluso el montaje —más adelante comentaré un detalle chulísimo— que lo proclaman como un portento fuera de serie. El horror que nos presenta funciona tan bien precisamente porque muestra situaciones familiares que se ven interrumpidas por momentos completamente impredecibles. Esta incertidumbre sobre qué esperar a continuación crea una atmósfera opresiva constante, pocas veces vista con tanta eficacia —recuerda directamente a la obra maestra It Follows de David Robert Mitchell— donde el diseño visual —incluyendo el maquillaje y el diseño de set— juega un papel crucial. Y es precisamente esto lo que hace que Obsession sea tan efectiva.

El terror surge de la incomodidad, la torpeza, la constante sensación de que algo se degenera irremediablemente ante los ojos del espectador hasta volverse insoportable y tornarse cada vez más extremo, perturbador, opresivo y brutal. Un humor negro intenso también impregna la película, con algunos diálogos y escenas desconcertantes que resultan casi cómicos por su absurdidad, provocando risas forzadas y nerviosas que terminan por ahogarse en la garganta de un momento a otro. Esta constante alternancia entre ironía y tensión desestabiliza continuamente al espectador, creando una experiencia emocionalmente agotadora que deja la piel de gallina, literalmente, y un malestar y trauma emocional que dura más allá de los créditos. Obsession tiene una fuerza tan grande que te coloca completamente a su merced, transformando a toda la sala en uno solo y elevando la experiencia al máximo.

La fotografía de esta cinta, firmada por Taylor Clemons, es una auténtica salvajada. Es tan buena que hasta incluso los eruditos están alabando la hazaña de conseguir algo así con un presupuesto tan bajo. La película construye gradualmente esa tensión cada vez más perturbadora gracias en parte al trabajazo de Clemons. Esto se ve reflejado a la perfección en el personaje de Nikki: siempre, de alguna manera, se mantiene en la oscuridad generando una tensión que interactúa directamente con el espectador. Lo conocido se vuelve desconocido de un momento a otro. Simplemente sensacional. Destaco en particular el plano que tanto está dando que hablar, y con razón, donde solo los ojos de Nikki aparecen iluminados en una cara completamente sumida en la penumbra. Me recordó directamente a ese toque de genialidad que nos trajo John Carpenter en La cosa.

A su vez, la banda sonora de Rock Burwell nos regala unas piezas que se te quedan grabadas y que ya han pasado a la cultura popular. Escucharlas a solas es suficiente para revivir la magia, la fuerza y el control que ejerce la cinta; y combinadas con las imágenes de esta, la experiencia se vuelve mágica, cautivadora y crea un tono que refleja a la perfección las emociones de los personajes y las impregna directamente en el espectador.

Incluso ignorando todos los aciertos que acabo de comentar, el casting posiblemente sea lo que ha puesto a Obsession en unas cotas tan altas. Los rostros nuevos y frescos que Barker ha elegido para su reparto facilitan que los personajes resulten auténticos, ya que son prácticamente desconocidos, lo que mejora la inmersión. El verdadero valor añadido de esta obra y su mayor fortaleza reside en las interpretaciones del reparto, entre las que destaca la extraordinaria e indiscutible Inde Navarrette en el papel de Nikki. Si bien Michael Johnston logra que Bear resulte irritante, frágil y patéticamente humano, es Navarrette quien carga con el peso emocional más complejo de la película.

Su increíble actuación la convierte en la estrella de la película y del panorama actoral actual de Hollywood. Su interpretación es magnética y desquiciante, logrando transitar con facilidad por una línea muy delgada que parece casi imposible. Oscila constantemente entre la dulzura, la inquietud, la vulnerabilidad y el terror puro, transformando gradualmente al personaje en algo cada vez más perturbador sin perder nunca por completo su humanidad. Es una actuación audaz, atrevida y brillantemente equilibrada, donde la actriz domina con maestría la coreografía —algunos movimientos son espeluznantes y antinaturales, rozando el valle inquietante— y las expresiones faciales de su personaje. Transita con increíble facilidad por una amplia gama de estados emocionales y de ánimo: desde una apatía gélida y aterradora, pasando por celos infantiles, hasta violentos arrebatos de desesperación o rabia. En una sola escena, puede interpretar literalmente cualquier papel.

De verdad que lo que hace no tiene ningún sentido y es casi imposible de transmitir con palabras. Tal y como se ha comentado en entrevistas, el propio equipo de rodaje no daba crédito en el set ante lo que estaba viendo. Es una actuación que ha de verse en primera persona para entender la magnitud de la que estoy hablando. Ha entrado por la puerta grande y se compara con la presencia en escena de Amy Madigan en Weapons que le valió una estatuilla, con Toni Collette en Hereditary —una de las mayores influencias de Barker—, considerada una de las mejores, si no la mejor, actuación del género de la historia, o con la fisicalidad y crudeza de Mia Goth en Pearl. El trabajo de Navarrette va a arrasar en la temporada de premios y sin duda va a llevarse una nominación al Óscar —debería ganarlo—. Es la base y el alma de toda la película.

Esta actuación promueve y eleva los ocasionales estallidos de violencia ingeniosamente colocados hasta el punto de poder hacerte sentir náuseas —las imágenes son tan impactantes y gráficas que te dejan en shock—. Son secuencias que probablemente se quedarán grabadas durante años en la memoria colectiva, ya que te sacuden hasta la médula no solo por su brutalidad física, sino, sobre todo, psicológica. Los efectos prácticos que utiliza Barker son increíblemente realistas, haciendo que el dolor sea casi palpable a través de una crudeza tan bestia que cuesta creerlo, clavándose para siempre en la retina del espectador. Rara vez se ve una violencia de tal magnitud en el cine reciente —un trabajazo técnico que recuerda directamente a la impronta de los hermanos Philippou—. En definitiva, el alcance de Obsession es un absoluto triunfo cinematográfico que ha venido a reventar las reglas del juego.

La trampa del «chico bueno»

Inde Navarrette y Michael Johnston

Voy a hacer algo que no suelo hacer habitualmente en mis críticas: hablar con spoilers, ya que es imposible evitarlo si quiero comentar el mensaje tan importante y crudo que refleja la película. Si has llegado hasta aquí y por lo que sea aún no has visto Obsession —no sé qué estás haciendo—, salta hasta el bloque final de conclusión y vuelve cuando lo hayas hecho. El debate que genera esta cinta es importantísimo.

Obsession invita a la reflexión y a cuestionarse, confrontándonos con preguntas incómodas y reflexiones sobre el chantaje emocional, el consentimiento, el abuso, la responsabilidad y la dependencia emocional. No lo hace con un tono didáctico, sino llevando al extremo dinámicas reconocibles: los celos, el control, el miedo al abandono y la enfermiza idea de que el amor se obtiene en lugar de recibirse. Reflexiona sobre la incapacidad emocional de una generación frágil e indecisa, terminando por leer de una manera muy sutil, casi imperceptible —y por lo tanto resulta aún más efectiva—, los límites de una relación amorosa forzada y tóxica.

Uno de los aspectos más interesantes de la película reside en la construcción del protagonista: Bear. Dado que no es intrínsecamente un villano del que podamos distanciarnos claramente, todo se vuelve aún más fascinante. Nunca se presenta como un villano tradicional ni como un «monstruo» clásico, sino como una persona común —Johnston lo retrata con bastante empatía—, profundamente insegura e incapaz de afrontar abiertamente sus emociones. Y es precisamente esto lo que hace que el personaje sea tan perturbador.

La película, de hecho, explota una forma muy contemporánea de egoísmo emocional, vinculada a la idea tóxica de que el amor se puede obtener, merecer o incluso controlar. Bear se niega a arriesgarse al rechazo y, en cambio, elige un atajo que socava por completo la voluntad de la persona que dice amar. El punto más cruel de la película llega cuando esta obliga constantemente al espectador a ver la historia desde su punto de vista, siguiendo su lento colapso psicológico. Obsession nunca intenta justificar sus acciones y tampoco lo convierte en una caricatura malvada; al contrario, lo retrata como una persona normal y es precisamente esta normalidad lo que hace que la película resulte tan incómoda.

Por lo tanto, la historia de Bear puede interpretarse no como la de un personaje malvado, sino como la de un deseo aparentemente bienintencionado. ¿Cuántas veces en la vida nos hemos enamorado de personas que en realidad no sentían nada por nosotros? Barker logra acercar al espectador al mundo emocional del personaje, pero le está haciendo caer en una trampa de la que después salir será doloroso. El verdadero horror no reside en los actos que Nikki comete, sino en que, bajo las circunstancias adecuadas, tu mejor amigo se aprovechará de ti, te violará y nunca se detendrá a considerar que lo que está haciendo podría estar mal.

Hay muchos momentos en esta película en los que la honestidad, la vulnerabilidad y el coraje —lo más importante— podrían haber salvado a este grupo de amigos. Bear podría haberlo manejado de cien maneras diferentes; sin embargo, siempre decide ignorar la ayuda que se le ofrece. Ian le pregunta en varias ocasiones si va todo bien, incluso le ofrece ayuda. La ignora. Bear descubre que Nikki mintió sobre el cáncer de su padre. Lo ignora. En la fiesta, Nikki lee un relato sobre Hansel y Gretel que básicamente cuenta cómo ella ve a Bear como un hermano que se está aprovechando de ella, para justo después autolesionarse con una botella. Lo ignora. Bear llama al teléfono de atención al cliente de One Wish Willow, donde el locutor —la voz es del propio Barker— le pregunta si quiere anular el deseo y dice directamente que no, que lo quiere modificar —quiere seguir manteniendo el control—. Vuelve a ignorar esta ayuda. Sarah muere por su culpa, ya que Bear queda con ella sabiendo que probablemente pasará algo. Lo ignora. Decide suicidarse con las pastillas, para justo en el último momento arrepentirse e intentar vomitarlas. Iba a permitir que todo continuara.

No obstante, el más inquietante de todos es cuando ella es capaz de comunicarse con Bear mientras está durmiendo y le pide que la mate. Él responde: «¿Qué hay de malo en estar conmigo?» —qué barbaridad—. Ver así a Nikki es desgarrador y te parte el corazón. El título Obsession es perfecto. Esta respuesta es el culmen de la cinta y es la que remarca que la obsesión no viene de Nikki y del hechizo que conjura el deseo; la obsesión viene de Bear hacia sí mismo. El control se disfraza de cariño, el chantaje emocional se malinterpreta como una expresión de amor y los límites personales se erosionan paso a paso hasta tal punto de que el espectador es testigo de una violación enmascarada a simple vista. Así, Obsession despliega su mayor impacto no en los momentos de horror explícito, sino donde la relación entre Bear y Nikki se siente sorprendentemente real.

Como dato curioso, y que demuestra que Barker es un genio, este utiliza un recurso en el montaje para ayudar a que esta relación se sienta real. En la escena del coche, antes de que Bear pida el deseo, Barker le dijo a Navarrette que grabara la escena de dos formas distintas: una en la que ella internamente sí sentía algo por Bear y otra en la que solo le veía como un amigo. Partiendo de esto, Barker entremezcla estas tomas unas con otras para confundir al espectador. Todo se vuelve más real, como la vida misma: nunca sabes qué pensar.

La película construye la tensión precisamente sobre esta ambigüedad moral. Una que también surge en las conversaciones de Bear con sus amigos en común, Sarah e Ian. Ian cree que Bear se aprovecha de la vulnerabilidad de Nikki, mientras que Sarah argumenta que es Nikki quien se aprovecha de Bear. Curiosamente, la película no presenta ninguna de estas perspectivas como la única correcta. Barker crea la posibilidad de evaluar la misma situación desde dos puntos de vista diferentes, revelando así la complejidad moral de la relación entre los personajes. Por lo tanto, las escenas no solo transmiten información, sino que también invitan al espectador a realizar una valoración ética y permiten hacer un escáner de la situación social actual.

Obsession desarrolla una crítica a la cultura incel, tema recurrente en los últimos años. El concepto de incel —célibe involuntario— se asocia con comunidades donde la misoginia y la radicalización del sentimiento de rechazo se han vuelto predominantes. La cinta toma este tema y expresa un miedo que la mayoría de las mujeres conocen bien: que los hombres de su alrededor no reconozcan en silencio su persona, sus valores, sus deseos o su vida como igual a la suya.

Lo más aterrador de Obsession es lo bien que retrata la sociedad actual y cómo este es un problema real que sigue y está sucediendo. No tienes más que ponerte a leer críticas de gente que aprueba y defiende el comportamiento de Bear, que culpa a Nikki por los resultados del deseo, que insulta al director por retratar a los incel de esa manera —alerta, alguien se siente identificado— y que, literalmente, se ríe durante los momentos más visceralmente dolorosos de Nikki. Eso, para mí, dice MUCHO sobre nuestra sociedad actual.

Por qué el cine de verdad todavía importa

Inde Navarrette

Hay películas que ves, te entretienen y, al encenderse las luces de la sala, las dejas atrás en la butaca. Pero luego están esas raras excepciones que se te meten bajo la piel, te secuestran la cabeza y se niegan por completo a abandonarte semanas después. Obsession es, irónicamente, eso: una obsesión incurable. Es una de esas joyas salvajes que te recuerdan exactamente por qué te apasiona el cine y por qué estoy escribiendo esta crítica ahora mismo. Es asistir al nacimiento de un clásico instantáneo que equilibra de forma deslumbrante la tensión, la incomodidad y el drama humano. Como última recomendación, tienes que ver esta película en una sala, con gente y en versión original —las cientos de capas de la actuación de Navarrette se perderán con el doblaje— para sentir la experiencia completa.

El descomunal fenómeno comercial y artístico en el que se ha convertido no es un golpe de suerte ni una casualidad inexplicable: es la consecuencia lógica e inevitable de una película excepcionalmente perfecta. En un momento donde la industria parece cómoda repitiendo fórmulas sin parar, esta cinta demuestra que el terror sigue siendo el mejor espejo para retratar las partes más oscuras de nuestra sociedad y para interpretar a los monstruos en los que nos hemos convertido. Es una película redonda, dolorosa y sencillamente imperdible.

Corre al cine a verla. Hacía años que una película no me destrozaba y me hacía sentir de esta manera. Es una auténtica maravilla recordar lo que se siente cuando el cine de verdad te marca para siempre.

Crítica de ‘El drama’ (2026): ¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?

El drama es más que una cinta con dos de las estrellas de Hollywood más influyentes de su generación y mucho más que una comedia romántica al uso. Se podría describir como una comedia negra, una comedia romántica, una comedia, un drama y un romance. Sin embargo, resulta ser todo eso y nada de eso a la vez.

Kristoffer Borgli pertenece a ese grupo aún relativamente pequeño de cineastas contemporáneos cuyo estilo distintivo resulta inconfundible tras solo unos minutos de metraje y donde precisamente Hollywood está poniendo mucha más atención que antaño, ya que este necesita con urgencia renovar sus géneros tradicionales, y esta nueva corriente de directores con un toque de rareza, excentricidad y sátira está comenzando a emerger gracias a ello. El trabajo de Borgli, si bien no es tan peculiar como el de Yorgos Lanthimos, es comparable a otro excéntrico escandinavo: Ruben Östlund, que nos regaló El triángulo de la tristeza hace unos años.

Al igual que este, Borgli se ha consolidado como un narrador preciso de la autoimagen moderna, creando películas caracterizadas por un humor negro, una dolorosa vergüenza ajena y una infalible percepción del abismo de las sociedades narcisistas. Borgli conduce a sus personajes con deleite y coherencia hacia situaciones de máxima autoexposición, lo que le ha valido no solo para obtener el reconocimiento de la crítica internacional, sino también para acceder a oportunidades de producción cada vez mayores.

Aquí nos encontramos con El drama, su tercer largometraje, donde continúa por este camino y nos trae de nuevo su ya marcado estilo y una gran intención de involucrar al espectador en una vorágine de preguntas existenciales e incluso introspectivas. Siempre haciendo uso de su poética de análisis de los comportamientos sociales en el mundo contemporáneo, partiendo de lo «pequeño» y lo cotidiano que, en apariencia, es insignificante, pero con un efecto capaz de trastornar por completo la realidad de sus personajes protagonistas y la del espectador.

El drama pone de relieve la fragilidad de las relaciones modernas y las dificultades que surgen al intentar conciliar las expectativas con la intimidad de la realidad personal. Borgli, que entró en mi radar hace tres años con la maravillosa Dream Scenario, lleva esto al extremo al integrar un nivel metatextual de tal magnitud que no solo influye en la relación del dúo protagonista, sino también en la del espectador con la propia cinta. Inicialmente te encuentras con una comedia romántica clásica, pero tras un detonante que transforma por completo la película y que surge en una escena sublime a la par que inofensiva, el espectador se encontrará a sí mismo perdido en un mar de autopreguntas y de juicios rápidos.

Todo esto con una mantenida sensación de náuseas psicológicas e inseguridad hasta un desenlace emocionalmente exigente, donde además el espectador se ve sometido a una presión adicional para posicionarse respecto al tema de la película —lo cual no es nada fácil— sin recibir ningún tipo de ayuda por parte del director. El espectador se queda lidiando no solo con la historia y con su ambivalencia moral, sino sobre todo consigo mismo.

En sus casi dos horas de duración, Borgli logra crear una atmósfera de tensión constante. El humor cínico y macabro de El drama no sirve principalmente como desahogo, sino más bien como un elemento que amplifica la tensión. Junto con una excelente realización en cuanto a banda sonora, sonido y, sobre todo, edición —hablaré de esto más adelante—, esta tensión se intensifica aún más y nos deja con una cinta más que recomendable.

Juega con el espectador

Robert Pattinson y Zendaya

El drama se mantiene fiel a los temas habituales de Borgli. Una vez más, todo gira en torno a la fragilidad de la autoimagen, la discrepancia entre la percepción interna y la actuación externa, y las estrategias a menudo grotescas que los personajes emplean para reconciliar estos dos ámbitos. Tras ese detonante que comentaba anteriormente, Borgli está menos interesado en el peso fáctico de lo dicho y se centra mucho más en el cambio de percepción resultante.

¿Cuánto puede cambiar un momento así la imagen de alguien a quien creías conocer? ¿Y se puede perdonar algo que nunca sucedió, pero que, sin embargo, lo pone todo en tela de juicio? Estas son preguntas que la película no solo plantea a sus personajes, sino que también refleja deliberadamente al público. Todo esto se logra y sustenta en las extraordinarias interpretaciones de los dos protagonistas, con el dúo Zendaya–Pattinson funcionando a la perfección, y de manera particularmente efectiva a través de Emma. Junto con su prometido, que mezcla una peculiaridad y un afecto entrañable, nosotros como espectadores también comenzamos a verla bajo una luz diferente, a reevaluar sus acciones, a interpretar su aura de otra manera, y la actriz maneja esto con una templanza sublime. De este modo, Borgli desvía la atención de la pura autoimagen hacia esa imagen frágil y siempre cambiante que una persona proyecta al mundo exterior, una imagen que, una vez hecha añicos, rara vez vuelve a su forma original.

El drama ofrece mucho en qué pensar, pero no proporciona respuestas definitivas. En cambio, juega con la ambivalencia, generando bastante inquietud. En concreto, con respecto al comportamiento de otros personajes para ofrecer diferentes puntos de vista muy marcados, donde estos muchas veces se contradicen y generan muchísima más fricción, y con respecto al uso de diferentes secuencias que quedan en entredicho de si reflejan la realidad o la imaginación de uno de los personajes, contribuyendo al juego mental. Borgli mantiene deliberadamente estos niveles ambiguos, utilizando esta incertidumbre como motor dramático.

Sin querer contar mucho más para no estropear la sorpresa, no puedo quedarme sin alabar la maravillosa interpretación de Alana Haim, Rachel en la cinta, ya que se convierte en el enemigo número uno del espectador con una maestría brillante.

El verdadero drama

Reparto de El drama

Contrariamente a lo que sugieren mis palabras y el título mismo de la película, esta es sorprendentemente divertida cuando retrata situaciones embarazosas y cuando juega estupendamente con la edición y el engaño en las imágenes subliminales. La edición de El drama es algo que la hace única, original y, por tanto, imprescindible.

Todo sirve simplemente como metáfora de la imposibilidad de la comunicación humana propia de la época actual y como una crítica sutil a la hipocresía de la corrección política y el radicalismo que conlleva. En resumen, funciona como un experimento mental sobre la percepción, la confianza y la fragilidad de la autoimagen que resulta tan inquietante como fascinante, y que logrará sin duda perdurar en la mente del espectador mucho después de que terminen los créditos. La pregunta «¿Cómo habría reaccionado yo?» surge inevitablemente, pero cuando uno realmente se pregunta: «¿Qué es lo peor que has hecho en tu vida?», ahí es precisamente cuando empieza el verdadero drama.

Diez veces que los negros hicieron de blancos (y a nadie le importó)

Más o menos a partir de 2015 se afianzó una etiqueta que empezó siendo positiva y ha terminado usándose como insulto: Woke. Viene a ser, más o menos, la introducción deliberada de diversidad racial y que el mensaje de la película gire en torno a la minoría correspondiente. Esto puso nervioso a mucha gente. Ya sabes, que si las cuotas, que si la inclusión forzada y exigiendo veracidad histórica en lo respectivo a las razas a una una obra de ficción… qué aburrimiento todo. Los partidarios, por otra parte, se dedicaron a llamar fascistas y racistas a cualquiera que osara levantar la mano, dando literalmente la misma pereza.

Sin embargo, esto no siempre fue así. No me refiero a que personajes racializados fueran interpretados por rubios de ojos azules (véase cualquier historia de la Bíblia) y que nadie se quejara. Me refiero exactamente a lo contrario, al «race swapping» o cambio de raza. Qué pereza que hasta tenga nombre. Sí, pereza es el término que más veces se va a repetir en este artículo, por si no lo habíais ya notado.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que la gente no estaba tan sumamente ensimismada en si misma que asumían que su mierda de opinión era más importante que la libertad artística del cineasta. Porque sí, porque un artista puede y debe contar SU historia de la manera que le salga de los collons. Así, los directores tenían la osadía de elegir el reparto que consideraban mejor para levantar el mensaje que querían. ¡Y sin que nadie se quejara! Que sí, que el colocar a un negro haciendo de Julio Cesar, de Ana Bolena o de la Sirenita es activismo, pero es que eso es literalmente lo que quiere hacer el director. Haz tú tu puta propia película de la antigua Roma y coloca al actor nacido en el Lacio y que menos haya variado genéticamente en dos milenios. Será igual de perfecto porque es tu historia, pero no le digas a otro artista qué y cómo tiene que trabajar.

Pues vamos a ver diez casos en los que negros fueron blancos y nadie quemó contendedores por ello.

Eartha Kitt como Catwoman

Cuando Julie Newmar rechazó seguir interpretando a la villana más famosa de Batman en la serie de televisión de los 60, los productores buscaron un golpe de efecto contratando a una celebridad del momento. Seguramente fue el primer gran “race swap” moderno mediático (si obviamos los casos contrarios, como tener al rubísimo Charton Heston haciendo de semita en Los diez mandamientos). Para sustituirla buscaron a una celebrity: Eartha Kitt, que era una presencia muy popular como cantante de jazz y actriz de teatro. Además, por su voz ronroneante les pareció una elección perfecta. No hubo una intención de cambiar la raza como tal, sino el colocar a una cara muy conocida en pantalla y vaya si les funcionó.

La elección de Eartha Kitt fue especialmente significativa en el contexto social de los años 60. En una televisión estadounidense todavía muy segregada culturalmente, ver a una mujer negra interpretando a una villana glamourosa y seductora junto a Batman era algo poco habitual. La serie evitó convertir su raza en el centro de la historia; simplemente presentó a una famosa como Kitt en el papel de Catwoman, lo que para muchos espectadores resultó atractivo sin necesidad de discursos explícitos.

Además de su impacto cultural, su interpretación destacó por la personalidad que aportó al personaje. Kitt combinaba humor, sensualidad y astucia con una energía distinta a las versiones anteriores. Su Catwoman parecía más impredecible y sofisticada, casi como la cantante de cabaret que era la propia Eartha, convertida ahora en criminal elegante. Esa mezcla hizo que, aunque solo apareciera en unos pocos episodios, su versión quedara grabada en la historia de Batman.

Su Catwoman se volvió tan icónica que abrió el personaje a la variación étnica como canon. Halle Berry y Zoe Kravitz han interpretado a Catwoman, e incluso en la serie de animación Harley Quinn está diseñada como mulata.

Bernie Casey como Felix Leiter

El Felix Leiter de Bernie Casey es otro ejemplo temprano importante de un personaje tradicionalmente blanco interpretado por un actor negro. Conocido en Estados Unidos como exjugador profesional de fútbol americano y actor de acción, fue elegido para interpretar a la contrarréplica de James Bond en Nunca digas nunca jamás.

Es un caso notable, porque en las novelas de Ian Fleming y en películas anteriores de James Bond, Felix Leiter siempre había sido representado como blanco. Eso sí, a nadie le llamó demasiado la atención porque Casey tenía presencia seria, voz fuerte y energía creíble como agente de la CIA. Además, Felix Leiter no era el protagonista central, no tenía el peso icónico visual de Bond y cambiaba bastante entre películas incluso en apariencia.

Leiter es otro de los casos en los que la variedad racial se ha convertido en canon desde que Casey se puso en su piel. Tanto, que desde Casino Royale lleva siendo encarnado por Jeffrey Wright. Actor, todo sea dicho, cuya carrera no está a la altura de su talentazo.

Vanessa Williams como Calipso

Hablando de artistas cuyas carreras que no están a la altura de su talento, lo de Vanessa Williams es todo un Expediente X. No sólo era bellísima, es que fue la primera mujer negra que ganó Miss América. Su fama le vino principalmente como cantante de éxito (11 nominaciones a los Grammys), aunque también fue bailarina (La vimos con Chayanne en Baila conmigo) y actriz. Eso sí, no tiene el aura de leyenda que se merece. Uno de sus principales papeles fue el de la ninfa Calipso en La Odisea. Ese personaje la le iba como anillo al dedo por su elegancia innata, su pose seductora y su belleza clásica.

En serio, pocas mujeres tan bellas como Williams ha habido en pantalla. Aquí ya vemos que en los 90 Hollywood empezaba a hacer más castings “color-blind” en adaptaciones mitológicas o teatrales, especialmente en televisión y fantasía. La lógica era que los personajes míticos no son figuras históricas reales documentadas, así que podían reinterpretarse visualmente. Además, Calipso es una figura sobrenatural, no una figura histórica griega real, así que los productores sentían más libertad estética. Seguramente como Penélope no la habrían considerado, pero ahí queda el que una negra haya interpretado a uno de los grandes iconos de la literatura griega.

Will Smith como Jim West

En la serie de televisión original, el personaje James West era interpretado por el blanco Robert Conrad. Pero cuando Hollywood hizo la película de 1999, eligieron a Will Smith, probablemente la mayor estrella taquillera del mundo tras Independence Day y Men in Black. Fue una decisión principalmente comercial.

A finales de los 90 Hollywood estaba entrando en una etapa más abierta al “color-blind casting” en blockbusters, pero que el protagonista fuera negro era lo de menos. Simplemente querían construir una superproducción alrededor de Will Smith porque era una máquina de hacer dinero.

Aun así, el casting sí tenía implicaciones culturales interesantes. La película ocurre en una versión fantástica del oeste estadounidense posterior a la Guerra Civil, una época donde en la realidad un agente negro con tanto poder habría sido extremadamente improbable. Imposible, seguramente. La película ignora esas limitaciones históricas y trata al personaje como un héroe de acción moderno dentro de un mundo estilizado y exagerado.

Will Smith como Robert Neville

Volvemos a lo mismo. Soy leyenda está basada en la novela de Richard Matheson, que ya había sido llevada al cine anteriormente en The Last Man on Earth con Vincent Price y The Omega Man con Charlton Heston. Ambos blancos, igual que en el libro. Cuando hicieron la versión de 2007 eligieron a Will Smith básicamente porque ya era una megaestrella global y porque podía sostener una película prácticamente solo.

Smith era el centro absoluto de la historia, ya que gran parte del filme depende únicamente de su presencia en pantalla, su voz y su capacidad para transmitir aislamiento y desesperación. Muy pocos actores tenían la confianza de un estudio para ser prácticamente el único actor de la película sin que se resintiera la taquilla.

Will Smith se fue convirtiendo en una de las pocas estrellas negras valoradas para cualquier protagonista importante, independientemente de su raza. No son tantos y los vamos a ver a continuación.

Morgan Freeman como Ellis “Red” Redding

Morgan Freeman es uno de ellos, e interpretó a Ellis “Red” Redding en Pena de muerte. Fue una de las actuaciones más reconocidas de su carrera y por la que recibió su tercera nominación al Oscar. El personaje provenía originalmente del relato de Stephen King, donde Red era descrito como un hombre irlandés pelirrojo (Red significa rojo). El propio filme hace una broma sobre ello cuando Red dice: “Quizá porque soy irlandés”.

La elección de Freeman se basó en su prestigio y presencia. Su voz calmada, su autoridad natural y su capacidad para transmitir humanidad hicieron que el personaje adquiriera una profundidad enorme. Red se convirtió en el corazón emocional de la historia y en el narrador que guía al espectador a través de la vida en prisión y de la amistad con Andy Dufresne.

Con el paso de los años, la interpretación de Morgan Freeman ha sido vista como uno de los mejores ejemplos de “color-blind casting” en Hollywood. Aunque el personaje cambió racialmente respecto al texto original, el público prácticamente dejó de asociarlo con la descripción del libro porque Freeman redefinió completamente el papel. Hoy resulta difícil imaginar otra versión de Red que no sea la suya.

Denzel Washington como Don Pedro

Este es el tercer caso de «negro para todo» y uno de los casos más citados siempre: El Don Pedro de Denzel Washington en Mucho ruido y pocas nueces, dirigida por Kenneth Branagh. El personaje, escrito originalmente como un noble europeo en la obra de William Shakespeare, había sido representado tradicionalmente por actores blancos, pero la película apostó por un enfoque más abierto y teatral en el casting. Total, estaba Keanu Reeves en una obra de Shakespeare, que eso sí que era poco creíble.

La elección de Denzel Washington fue ampliamente aceptada porque encajaba con la tradición teatral de priorizar la fuerza interpretativa por encima de la raza del actor. Esto se ve mucho en ópera, donde una soprano negrísima Barbara Hendricks ha sido la japonesísima Cio-Cio-San en Madamme Butterfly, la chinísima Lui de Turandot o la sevillanísima Micaela de Carmen.

Por cierto, Denzel Washington volvió a interpretar a otro gran personaje de Shakespeare en La tragedia de Macbeth, de Joel Coen. Peliculón en el que sus dos protagonistas están inmensos. Washington fue nominado al Oscar, pero su partenaire Frances MacDormand se lo merecía igual. La tragedia de Macbeth pasó muy desapercibida. No entiendo por qué, es buenísima.

Brandy Norwood como Cenicienta

Unos años antes de que las redes sociales nos aburrieran con el debate de que si Halle Bailey podía o no hacer de una sirenita negra, la cantante Brandy se metió en la piel de Cenicienta en la adaptación televisiva de 1997. Realmente todo el reparto era negro y la propia Whitney Houston interpretaba al hada madrina (qué maravillosa elección). Este tipo de producciones no era tan raro y, como todo el mundo era negro, nadie la entendió como forzado sino como un cambio de código. Exactamente igual que Ran, el Rey Lear de Akira Kurosawa. Por ejemplo, en los años 70 hubo una versión negra de El mago de Oz con Diana Ross como Dorothy y Michael Jackson como el Espantapájaros.

Es más, veo tu apuesta y la doblo. En 1938 se estrenó The Terror of Tiny Town, un western musical con un elenco exclusivamente de actores con enanismo o acondroplasia. En 1991 se estrenó Vegas in space, con un elenco exclusivo de travestis espaciales. Así que este tipo de películas de «nicho», sin ser demasiado frecuentes, tampoco son son tan inusuales.

El por qué conozco estas películas es algo que lo mismo debería preocuparme…

Michael Clarke Duncan como Kingpin

Al Darerevil de 2003 le llovieron ostias por todos lados, pero ninguna le afectó a Michael Clarke Duncan como villano de la cinta. Independientemente de que el personaje original era blanco como la leche, no había ni un sólo actor en el universo al que le pegara más que él. No había plan B. No había ningún otro al que ofrecerle ese papel porque Duncan era Kingpin. Además, venía de su popular personaje en La milla verde, por el que había sido nominado a los Oscar y quedado como referente en la cultura popular (Si sales en Los Simpson, es que eres parte del ADN de esta sociedad). Aunque el villano de Darerevil no coincidiera en la raza, desde luego que nadie se imaginaba a otra persona que lo pudiera encarnar. No sólo por su imponente físico, sino también por su forma de hablar pausada y su control emocional, que refuerza la idea de un criminal que no necesita levantar la voz para imponer respeto. Vamos, que Michael Clarke Duncan era Kingpin.

Por cierto, el personaje de Elektra se lo ofrecieron a Maribel Verdú, pero ya estaba comprometida para Y tu mamá también. Se le debió quedar la espinita, porque luego aceptó el papel de la madre de Flash en la peli de 2023.

Samuel L. Jackson como Nick Fury

Seguramente, si Iron Man se hubiera rodado un par de años después, la aparición de Samuel L. Jackson como Nick Fury la habrían acusado de cuota racial. Por suerte, estábamos aún en la década de 2000 y todo el mundo se flipó al verlo en el Universo Marvel. De todos modos, este casting tiene más miga de lo que parece, porque Jackson estaba destinado a este papel. En la serie Ultimate X-Men de 2004, cuatro años antes de Iron Man, el editor Brian Michael Bendis redibujó al personaje inspirado en Samuel L. Jackson.

El Nick Fury original había sido siempre blanco, e incluso David Hasselhoff había hecho de él en televisión. Pero el cómic le dio la vuelta y claro, en la adaptación al cine solo Samuel L. Jackson podría hacerlo porque el personaje era literalmente él. Tras el éxito de la película, esta nueva apariencia del personaje se quedó fijada como canon en el cómic. No es que el cómic copiara la película ni que la película copiara el cómic, sino un caso raro de “retroalimentación creativa” entre ambos.

Maravilla.

Y así acabamos este repaso de un tiempo que tenía sus cosas malas, como todos. A lo mejor peores que ahora, que no digo que no. Pero en el que la gente no lloraba y se tomaba como algo personal la osadía de que un director eligiera el reparto que quisiera para contar su historia.

Crítica de ‘Scary Movie’ (2026): El regreso de los Wayans

Posiblemente, a día de hoy, Scary Movie no necesite ningún tipo de presentación. En el año 2000, los hermanos Wayans fueron los responsables del resurgimiento del género de la parodia con esta cinta. Una obra que cosechó un éxito tan abrumador que incluso consiguió que la cara de Ghostface se relacionara directamente con ella y no con la película de terror a la que pertenecía y estaba parodiando: Scream. Ese éxito dio pie a múltiples secuelas que contaron con un futuro no tan prometedor como seguramente esperaban.

Esa fórmula mágica inicial también influyó en el resto de la industria e intentó ser replicada hasta la saciedad. Una ola de «películas tipo» inundó los cines, con bodrios como Date Movie, Disaster Movie, Epic Movie o Superhero Movie –incluso tuvimos nuestra versión española Spanish Movie–. Estas producciones copiaban una fórmula, pero olvidaban aplicar la esencia que la hacía única y exitosa —un tema que trataré más adelante—. Es incluso posible remarcar y pensar que la aparición posterior de estas «copias» puede haber contribuido a elevar retroactivamente el estatus del trabajo que realizaron los Wayans allá por los años 2000.

Sin embargo, eliminando la nostalgia y revisando la franquicia completa, la primera película no fue gran cosa. Dio en muchos clavos y estableció el concepto inicial, pero nada más allá de eso. Scary Movie 2 ciertamente tampoco lo fue. Las prisas del estudio, propiedad de los hermanos Weinstein —sí, ese Weinstein que te suena—, por no perder el impacto fueron tantas que los Wayans tuvieron que escribir, producir, grabar y estrenar esta segunda entrega en un tiempo récord: apenas un año después. El manejo de esos tiempos, impensable antes y ahora, no fue inconveniente para que lo consiguieran, a medias, dejando una secuela que se siente más como Scary Movie 1.5.

De igual manera, su repetido éxito fue suficiente para que los Weinstein sacaran a los Wayans de su propio proyecto, dando por hecho que la franquicia era capaz de mantenerse por sí sola. Y, de hecho, así lo hizo con la tercera entrega y bajo las nuevas riendas de David Zucker —Aterriza como puedas—, que supo recoger ese testigo y pulirlo con maestría, dejando, con diferencia, la mejor cinta del conjunto. Sin embargo, el declive comenzó a asomarse claramente con la cuarta, y la quinta supuso la muerte de la franquicia. ¿El humor había evolucionado en la industria o simplemente fue el desgaste?

Intenciones no faltan

En plena época de remakes y reboots, resulta casi imposible no pensar que en algún momento esta querida franquicia iba a ser «explotada» de nuevo. Llevamos años viendo ejemplos, muchos malos y otros no tanto, que demuestran que la nostalgia vende, y mucho. ¿Quiénes podrían ser mejor que los creadores originales para retomar esta franquicia y hacerla grande de nuevo?

Así que aquí estamos: Scary Movie «6» regresa tras una pausa de más de una década, y lo hace, al menos en apariencia, a lo grande, con los hermanos Wayans, antes considerados prescindibles, ahora retomando el mando del proyecto después de haberlo iniciado hace veintiséis años. Para ellos es claramente una reconquista de su imaginación, una emancipación más metanarrativa que nunca, ya que regresan a los espacios de «su» Scary Movie, adoptando un enfoque muy similar al de la nueva saga de Halloween de David Gordon Green.

La cinta sin duda tiene la marca característica de los hermanos. Se ofrece un excesivo metacomentario sobre la turbulenta historia de la saga en sí y varios miembros del reparto de la primera película regresan por primera vez en 26 años. Se trata de una secuela de legado en toda regla, con la mejor de las intenciones, aunque con una cantidad de peros, lamentablemente, grandísima.

El regreso de personajes clásicos como Cindy (Anna Faris), Brenda (Regina Hall), Ray (Shawn Wayans) y Shorty (Marlon Wayans) podría haber sido un punto fuerte, pero la película se basa casi exclusivamente en la nostalgia sin ofrecer ideas realmente novedosas. No busca reinventar la rueda, sino sostenerse sobre los hombros de lo que un día fue un monstruo exitoso. He ahí el primer fallo, el que tantas películas del mismo estilo cometieron justo después: copiar la fórmula y olvidar la esencia, esa misma esencia que ellos mismos crearon. Ni siquiera el carisma de los actores logra salvar un guion que confunde la provocación con la comedia. Mientras que las primeras entregas conseguían ser irreverentes y desenfadadas, esta sexta entrega a menudo se siente forzada y más interesada en seguir las tendencias y las referencias actuales que en crear situaciones verdaderamente entretenidas y conexas entre sí.

Potencial perdido

Los Wayans siguen atrapados en una nostalgia por la nostalgia misma, sin abordarla de una manera verdaderamente crítica. Ante todo, malinterpretan la evolución de la franquicia, abandonando las entregas 3 y 4, las mejores y más pulidas en la fórmula, casi por capricho, para regresar a su humor visceral y destructivo, basado principalmente en dobles sentidos y metáforas sexuales. Pero, sobre todo, nos dejan con un guion inestable que a veces parece perder el control del material parodiado, introduciéndolo en una amalgama de sketches inconexos sin considerar su potencial, para abandonarlos justo después de ser usados como un alivio cómico rápido. Da más la impresión de que los hermanos organizaron una lluvia de ideas para parodias y luego se pusieron manos a la obra para plasmarlas todas una detrás de otra. Todo se siente menos como una verdadera parodia cinematográfica y más como navegar por un feed de Instagram o TikTok, donde clips cortos y sin relación entre sí brindan entretenimiento. Unos son hilarantes y otros desearías ignorarlos por completo. Quizás sin quererlo, esta Scary Movie se adapta perfectamente a nuestros tiempos, pero no de la manera que precisamente debería. La gran cantidad de chistes acaban por resultar predecibles, repetitivos y, a menudo, completamente desconectados de la época actual.

Y es que esa es otra cuestión. Scary Movie nunca capta el espíritu de la época actual; siempre parece que llega un momento tarde, con un ritmo que también deja mucho que desear: algunas secuencias se alargan innecesariamente y muchos chistes se extienden demasiado, perdiendo por completo su impacto cómico. Aunque muchas de las películas que los hermanos Wayans intentan parodiar abordan temas socialmente relevantes, desaprovechan constantemente oportunidades para hacer una sátira genuina. Sus chistes políticos se limitan a clichés sobre pronombres, corrección política, diversidad, equidad, inclusión y violencia policial racista. Independientemente de tu opinión sobre estos temas, quien crea que no lo ha visto todo ya cien veces es porque ha estado viviendo aislado del mundo.

La sátira de las franquicias de terror modernas, que podría haber sido el corazón de la película, se queda en la superficie y rara vez da en el clavo. El resultado es otro museo interactivo de nostalgia, un viaje a lo extravagante, pero sin su deseo de jugar y de poner a prueba una imaginería en sintonía con las tensiones de la época presente, sino más bien con la presunción de tener la fórmula para la película extravagante perfecta desde el principio. No logra disimular la incertidumbre de haber llegado demasiado tarde o de querer recuperar el tiempo perdido a toda costa.

En definitiva, Scary Movie no es un desastre total, pero representa una gran oportunidad perdida. En lugar de revivir la franquicia, termina recordándonos por qué muchos espectadores pensaban que era mejor dejarla en el pasado. Con sus chistes poco inspirados, su sátira floja y una trama que no logra encontrar su rumbo, la película resulta ser un regreso que se queda muy por debajo de las expectativas y que solo contentará a quienes extrañan el ritmo característico que estos hermanos Wayans transformaron en oro hace años.

Juicio a Netflix: ¿Asesino o salvador del cine?

Llevamos matando el cine desde el principio de los tiempos. Primero, que la televisión haría que nadie fuera a la sala. Pero el cine sobrevivió. Luego, que si el vídeoclub sería la puntilla para que la gente dejara de ir al cine… Pero tampoco pasó nada. Ahora el fatalismo se repite con la plataformas de streaming… Pero ahora realmente la cosa ha cambiado.

Desde hace una década mal contada, sobrevuela la idea de que “Netflix ha matado al cine”. No es una afirmación literal —las salas siguen abiertas y los estrenos continúan—, pero sí condensa un cambio profundo en cómo se produce, distribuye y consume el audiovisual. Estamos viviendo un cambio de ciclo. No es algo que se le deba achacar exclusivamente a las plataformas de series, ni tampoco afecta solo al cine. También la televisión está en decadencia y ya vivimos en su día la muerte de las tiendas de discos.

Hemos experimentado un cambio radical de modelo en un tiempo récord. Tenemos que asumir que ya no vivimos en los tiempos del grupo, sino en el del individuo y las plataformas y redes sociales son al mismo tiempo causa y efecto de este individualismo neoliberal atroz en el que hemos caído. ¿Es malo? Depende. Vamos a ver los pros y los contras de estos nuevos hábitos de consumo cultural.

La principal ventaja de este mundo digital es la inmediatez y acceso universal a prácticamente cualquier libro, película, serie o película que queramos disfrutar. Eso es innegable y es una de los grandes beneficios del tiempo que nos ha tocado. No solo en cuestión lúdica, sino que tenemos todo el conocimiento de la humanidad en la pantalla del móvil. Cualquier Einstein, Newton o Aristóteles habría matado por tener un smartphone en el bolsillo.

Pero todo tiene su reverso tenebroso. Podríamos decir que la calidad media ha bajado porque las plataformas propician guiones sobrexplicados y un apartado visual más pobre para que no se pierda la imagen con la compresión en cualquier dispositivo. Pero esto tampoco sería justo, puesto que títulos como como El irlandés, Roma, El poder del perro o Historia de un matrimonio son producciones de Netflix y brillan en todos los sentidos. El problema es otro. Dos, para ser exactos.

El primero es que hemos dejado de compartir el cine como un evento social y las mayores perjudicadas son las salas de cine. Lo que no consiguió ni los videoclubs ni la televisión, ahora lo han logrado las plataformas. Las salas de cine han quedado sólo para los grandes eventos; películas de Marvel, estrenos en 4D, fenómenos como lo que pasará con La Odisea de Nolan. Más allá de las grandes producciones, la exhibición en salas está tocada, esta vez sí, de muerte.

Mira que me cuesta reconocerles nada bueno, pero aquí quien lo está haciendo mejor es Francia. Allí existe una regulación muy conocida llamada “chronologie des médias” (cronología de medios). Básicamente, es un sistema legal y de acuerdos del sector que obliga a esperar cierto tiempo entre el estreno de una película en el cine y su llegada a plataformas de streaming. La idea principal es proteger a los cines y, ya de paso, financiar el cine francés. Por eso, cuanto más dinero invierte una plataforma en producción francesa, antes puede estrenarse en streaming. Ya que hablamos de Netflix, normalmente puede colgar la película 15 meses después del estreno en salas si financian cine francés; si no, más tarde.

Las plataformas no sólo se han llevado por delante las salas de cine. También nos han anestasieado. Cuando se tiene todo, y aparentemente «gratis» (puesto que por lo que cuesta una entrada tienes todo el contenido de la plataforma), se deja de valorar. Eso es así. Vemos una película tras otra, nos tragamos maratones enteros de series, escuchamos una canción y otra, y otra, y otra… y lo que siempre había sido especial, valorado, esperado… ahora se ha transformado en ruido de fondo. Esto no es una rabieta de abuelo cebolleta. Sobre este proceso ya ha hablado gente más lista que yo.

El psicólogo Barry Schwartz, en su libro La paradoja de la elección explica cómo ante demasiadas opciones se reduce la satisfacción y aumenta la ansiedad. Por ejemplo, tener miles de películas o canciones disponibles puede dificultar elegir, generar sensación de pérdida («¿y si había algo mejor?») y hacer el consumo más superficial. Lo ha llamado «La fatiga por decisión». Mucho antes de internet, nada menos que en 1935, Walter Benjamin escribió en El trabajo del arte en la era de la reproducción manual que cuando el arte puede reproducirse infinitamente, pierde parte de su singularidad ritual (lo que llamó «aura»). ¡Si llega a conocer Netflix le da un infarto!

Porque yo me pregunto. Es cierto que tenemos todo el conocimiento del mundo en el bolsillo, pero… ¿Realmente buscamos activamente lo que realmente deseamos ver o entender? Porque sobre el papel, me resulta apasionante saber que tengo toda la filmografía de Akira Kurosawa disponible, algo impensable si tuviera que depender de la televisión, cinematecas y videoclubs. Pero… ¿Me he puesto alguna vez en serio a buscarlo, más allá de dos o tres títulos en concreto? Porque al cuarto ya estaba me estaba tragando lo que Netflix había decidido por mi. El pretendido alcance activo de la cultura se ha convertido en consumo pasivo basado en algoritmos. O eso, o ver en bucle siempre lo mismo. Ante el exceso de oferta, te cortocircuiteas y te refugias en lo que ya conoces. Nos ha pasado a más de uno: No sabemos ya qué elegir, por lo que volvemos a lo que ya nos sabemos.

Es decir, que es cierto que por primera vez tenemos la fortuna de disponer de toda la cultura universal asequible, aunque tener acceso a todo no significa elegir libremente. Gran parte del consumo actual no nace de una búsqueda consciente, sino de recomendaciones automáticas, impulsos momentáneos y el tóxico scroll. Vamos a reconocerlo: No somos más listos ni más cultos desde que tenemos internet. De hecho, cada vez que abro tik-tok, solo veo a gilipollas. Supongo que es lo de siempre, que el capitalismo y el neo-liberalismo encuentran siempre la manera de corromperlo todo. Lo que era un avance al servicio de la humanidad lo han sabido convertir en un instrumento para su propio beneficio, volviéndonos a nosotros en el producto.

Le escuché a Juan Soto Ivars una vez hablar de cómo el sistema nos había puesto en bandeja este ocio low-cost. Lo planteaba como una forma de entretenimiento extremadamente barato, cómodo y pasivizador que encaja muy bien con las necesidades del sistema económico actual. Básicamente, el capitalismo contemporáneo ha encontrado una forma de mantener a la población entretenida, emocionalmente anestesiada y relativamente satisfecha mediante ocio de consumo continuo, barato y doméstico. Es muy eficiente, muy rentable y, más importante todavía, muy poco conflictivo socialmente: El entretenimiento como sedación social. El pan y circo romano, básicamente.

Mientras la gente consume series y scrollea, le queda menos energía para la participación política, la organización colectiva, la vida comunitaria o cuestionar el sistema. Además, las plataformas permiten una vida completamente casera. Todo se hace desde el sofá: trabajar, comprar, socializar… La expresión “ocio low cost” no sólo se refiere a barato en dinero, también en lo personal: poca paciencia, poca implicación, poco esfuerzo intelectual, poca presencia física. El mismo sistema te ofrece un entretenimiento optimizado para que no pienses en cómo ese mismo sistema ha precarizado tu vida. Os juro que eso lo decía Soto Ivars. Quién lo ha visto y quién lo ve. Aunque, para ser justos, esas ideas las cogió prestadas de Guy Debord (La sociedad del Espectáculo), Neil Postman (Divertirse hasta morir) y Byung-Chul Ha (La sociedad del agotamiento).

Que sí a todo, pero… ¿Sabes también una cosa? Mi padre ha estado en el hospital una semana entera. Le encantan de siempre las películas de Jack Lemmon y Walther Matthaw. Las hemos visto todas mientras ha estado enfermo, algo imposible de no haber sido por el acceso universal a la cultura. Pues a lo mejor eso me compensa por todo lo malo que nos ha traído.

Reivindicando a Silke

La mitad de vosotros no os acordaréis de su existencia y la otra mitad ni sabréis quien era, pero Silke no fue una actriz de cine. Fue el cine de los 90. Pocas veces un intérprete ha encarnado una época como lo hizo ella. Si era buena o mala actriz ya era lo de menos. Son etiquetas que no se le aplican, porque estaba por encima de toda consideración. Ella no era intérprete. Ella fue una época.

Hay actrices que nacieron para el cine y hay otras que, simplemente, aparecen en pantalla como un error de Matrix. Una cosa muy rara. Y quizá ahí estaba precisamente el secreto de Silke. Porque Silke era una actriz mala mediocre limitada de otra pasta. No me imagino a ningún flipado saliendo del cine diciendo “No me extraña que esté en todas las películas españolas. Es la Meryl Streep patria”. Pero estaba en todas las películas, en todos los anuncios, en todas las conversaciones. Lo interesante de Silke es que no pegaba ni con cola en el cine español.

No era sofisticada como Aitana Sánchez Gijón. No emanaba sexualidad como Maribel Verdú. No tenia la belleza de Penélope Cruz, ni el exotismo nórdico de Elsa Pataki. No era tan polifacética como Ana Risueño ni, mucho menos, un animal interpretativo como Victoria Abril. Era otra cosa. Porque cualquiera de esas actrices podrían haber nacido en cualquier década. Silke solo tenía sentido en el momento en el que estuvo. Por ahí van los tiros. Por cierto, algún día tendremos que preguntarnos cómo una actriz mayúscula como Ana Risueño no ha tenido una carrera a su altura. Pero esa es otra historia.

Silke llegó al cine por casualidad y sin que lo pidiera… ni ella ni nadie. De hecho, muchas veces daba la sensación de que era la asistente de producción, que se había colado en plano y que el director tiró p’alante.

Pero «eso» funcionaba. Fuera lo que fuera, que nadie sabía describir. En su momento ya llamaba la atención lo disruptivo que era verla en pantalla. Quizá haya tenido que pasar el tiempo, con la perspectiva que eso nos da, para que hayamos entendido cuál era el secreto de Silke: Encarnar una época.

Silke es todo lo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en los 90: Juventud, ilusión, diversidad, rebeldía, optimismo… ese momento en el que aún se creía que todo era posible. Ni los noventa se entienden sin Silke, ni Silke sin los noventa porque eran una misma cosa. Aitana no era los años 90. Penélope tampoco. Ni Maribel, ni ninguna otra. Pero Silke si. Tampoco hay nadie que sea los años 2000, ni los 10, ni los 20. No hay otra Silke.

Para colmo, transmitía algo radicalmente potente: soplapollismo como filosofía de vida. Parecía darle absolutamente igual ser la imagen del momento. Seguramente porque se lo daba. Y eso la hacía auténtica… Y única. No había nada impostado o pretendido. No había pose. Cómo decía Jessica Rabbit, no era su culpa, es que la habían dibujado así.

Para entenderlo, vamos a llevarlo al día de hoy. Imagina que una chica se abre un Instagram sin saber muy bien para qué. Sube las fotos sin filtro, medio enfocadas y cuando se acuerda. No hace nada que se presuponga viral, son las fotos de cualquier chica de la facultad. Pues aún así se convierte en la influencer más famosa y con más seguidores de España. Fíjate si era grande lo suyo que hasta Silke, perfecto nombre de instagramer… Era su nombre real. ¡Incluso en eso era única!

Silke no sólo es importante porque personificara una época, sino también porque creó un arquetipo: La «hippy limpia». Esa chica que todo lo que ahorra en las tiendas de ropa de segunda mano lo emplea en champú del bueno e hidratante de marca. Esto fue, a mi juicio, lo que la encumbró como referente social. Ni era una fashionista clónica más ni tenía lo incómodo de las punkys de la movida. Era fresca, moderna, novedosa… pero olía a perfume, tenía las uñas bien pintadas y se la podías presentar a tus padres. Era una idea perfecta.

Silke inició este modelo humano que llegaría a su sumun con Beth. Cual evolución pokémon, la cantante catalana llevó el espíritu de Silke a su última potencia, con una imagen absolutamente icónica. No entiendo que Beth no se haya convertido en un referente cultural. Seguramente fuera porque ella nunca creyó que lo fuera. Renegó muy rápido y sin venir a cuento de sus rastas y de un FUCKING TEMAZO por el que hasta Rosalía mataría. Cuando tenía entre sus manos ser historia de España, lo soltó. Puede que Beth no estuviera preparada para si misma. Miedo al éxito, como cuando fallas tres bolas de partido en la final de Wimbledon. Eras grande Beth… y eras la única que no lo sabía.

¿Quién puede estar tocando el djembé en Los Caños de Meca por la noche y por la mañana anunciar Yogures Activia? Eso está a la altura de muy pocas. Silke lo estaba, Beth también. España está huérfana desde que ellas renunciaron a ser si mismas.

Silke, para sorpresa de nadie, vende ahora artesanía en Ibiza. Difícilmente tendremos un producto como ella una vez más. Una actriz que no era actriz, era el sino de los tiempos.