Una sección como esta no tendría ningún sentido sin Risky Business: una de las comedias juveniles más populares, mejor criticada y con más mala leche de los años 80. Y por muchos motivos seguimos sin entenderla del todo.

En algunas críticas de Risky Business puede leerse que a la gente le encanta pero, a veces, no sabe porque. Como comedia juvenil de los años 80 lo tiene todo: adolescentes con un subidón de juerga, alcohol y sexo; iconos ochenteros a todo trapo; hits musicales de todo tipo…Pero Risky Business juega en otra liga: encierra todos esos ingredientes en un envoltorio formal sugerente en lo visual y musical, confía en potentes escenas que rozan el vídeo clip y sobre todo se reboza en una pátina de mala leche social que merece toda nuestra atención.

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De entrada conviene aclarar que Risky Business puede erigirse como una de las precursoras, o catalizadoras, del género y a la vez enorgullecerse de no haber sido apenas superada en su apartado visual y sonoro. Paul Brickman, director y guionista (novel en lo primero, ahí es nada), ejecutó un film cuyo empaque y literalidad en su discurso ahuyentan su obra del género asignado. No, Risky Business no es sólo una comedia juvenil: es una comedia negra y, por encima de todo, es una excelente película que trasciende su propio género y década.

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La maravillosa escena inicial es un puñetazo de los que te dejan fuera de órbita. Está todo ahí. Es un prólogo a modo de resumen como una catedral. Joel Goodson (ojo al apellido…) es un adolescente con el preceptivo subidón hormonal cuya voz en off (que apenas tiene incidencia en el film) nos relata su sueño recurrente: entra en la casa de los vecinos, en su barrio residencial acomodado, sube las escaleras y una joven desnuda le invita a entrar con ella en la ducha. El vapor y la música de Tangerine Dream nos sumergen en un sueño que anticipa casi todo lo que vamos a ver: las hormonas, el deseo y una cadena de errores llevan a Joel a un aula escolar en la que se examinan para el acceso a selectividad. Va a suspender. No podrá acceder a una buena universidad. Su futuro se ha esfumado.

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La etapa de Ronald Reagan en el poder estadounidense aupó una ola de aires conservadores y economía liberal. Joel y sus amigos, todos ellos hijos de familias con alto poder adquisitivo, viven obsesionados con el futuro, con hacerse ricos. Todo pasa por obtener buenas notas, acceder a las mejores universidades y empezar a fabricar dinero. El apego a lo material convive con Joel a diario: su padre posee un Porsche 928, su madre un enorme huevo de joyería (la metáfora en ambos casos no es muy sutil), vive en una casa enorme y cuando acude al aeropuerto a despedir a sus padres, para un corto viaje, el único cariño que recibe son unos leves besos entre cuestiones sobre sus exámenes y advertencias sobre que puede y que no puede hacer en su casa durante su ausencia

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Risky Business es, ante todo, una transacción comercial tras otra: los amigos de Joel le presionan para que de un paso claro en lo sexual y uno de ellos inicia la cadena de sucesos que conducirá a Joel (un alelado Tom Cruise) a solicitar los servicios de una prostituta, Lana (una embriagadora Rebecca de Mornay). Todo lo que viene a continuación pone a prueba los escasos conocimientos empresariales de Joel, desde la recuperación de bienes, hasta la conversión de su propio hogar en un enorme prostíbulo basado en la pura oferta y demanda. Prostitutas y adolescentes intercambian sexo y dinero. Risky Business apenas entra en lo moral acerca de Lana y su profesión. Ni siquiera se aprecia intención moralizante en lo económico. En su último tercio el film cae en una zona gris muy sugerente aunque la balanza es más positiva que negativa: Joel ha roto el huevo (literalmente, el de su madre), irá a una buena universidad y, aunque no queda claro del todo (la decisión, desde producción, sobre un final feliz no ayuda a apelar a la voluntad de Paul Brickman como autor), parece que su relación con Lana sigue adelante.

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En la cadena de sucesos que culminan en Joel reconvertido a chulo por una noche destaca el hecho incisivo: Lana roba el huevo de la madre de Joel (de nuevo, la metáfora). Pero Brickman no pierde un segundo en juicios morales al respecto. Tampoco queda claro si él mismo, y en consecuencia el libreto, sabe quien es Lana. Tal vez ese sea el secreto de la facilidad con la que nos creemos que Joel pueda perder, literalmente, todo por ella. En el fondo jamás abandonamos el torrente sensual, sexual y onírico de su primer encuentro con Tangerine Dream sonando de fondo con una ejecución visual muy estilizada y a la vez contundente la concreción física. Risky Business puede ser un ejercicio de crítica u observación a una época y a una sociedad pero reside en ella un sentimiento universal excepcionalmente atado en corto por una Rebecca de Mornay letal en su interpretación.

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No queda clara pues, la intención final de Risky Business, pero ahí radica, posiblemente, su mayor encanto. Un halo de sueño, o pesadilla urbana, envuelve todo el film: la banda sonora original de Tangerine Dream (que supera por mucho la notable selección de éxitos de Bruce Springsteen, The Police, Prince etc) suena ominosa, escandalosamente onírica. Lana, o mejor dicho, Rebecca De Mornay, persiste misteriosa durante todo el metraje hasta el punto de que, con apenas darle algunas vueltas, no queda claro si todo lo que ha sucedido es real -según lo ha vivido Joel- o es todo un plan de ella (y su chulo, un excéntrico Joe Pantoliano).

Risky Business se mueve, además, por si todo lo anterior fuera poco, a través de potentes escenas de empaque cercano al videoclip: la mencionada escena inicial; el también mencionado primer y extremadamente sugerente encuentro sexual entre Lana y Joel; la famosa escena en el metro de Chicago (cuya presencia del famoso In The Air Tonight de Phil Collins rivaliza con el piloto de Miami Vice como escena icónica de los años 80) o ese final en un jardín urbano de la ciudad en el que Lana y Joel dan carpetazo a los diálogos de Risky Business hablando, claro, de dinero.

Reseña Panorama
Puntuación general
7.5
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