Hoy repasamos una de las películas más misteriosas, extrañas y fascinantes de esta década, la increíble e imperturbable The Lighthouse.

Difícil describir esa especie de solemnidad o casi epifanía, cuando uno está ante una obra o representación artística, que entiende, es extraordinaria incluso dentro de los niveles mas magistrales de dicho arte. Existen películas redondas, con guiones férreos de esos que gustan a académicos, o direcciones ejemplares, en las que no queda ni un solo cabo por cerrar. Pero a veces, muy de vez en cuando, emergen -nunca mejor dicho – piezas de alta mar, capaces de poner en jaque las narrativas mas convencionales, estimular a los que las observan, y sobre todo, corromper ese sistema autoimpuesto por la industria, de lo que “debe ser considerada una película“.

The Lighthouse, es un ejemplo de esto. La esperadísima segunda película de Robert Eggers tras The Witch (2015), es un ejemplo perfecto de lo que el cine fue en su forma primigenia: pura experiencia y espectáculo. Pero no en el sentido que entendemos precisamente hoy en día. La magia del cine, radicaba en la mágica simbiosis entre lo rudimentario y precoz vs. la inocencia y falta de referentes del espectador. Cada proyección, por simple que nos parezca en el presente, estaba dotada de mil matices extraordinarios, y no vivíamos dentro de esta prisión actual que marcan los guiones. Porque si fuese así, una película como The Lighthouse, jamas existiría.

Y esto ocurre, porque la sinopsis de la película, no es mas que la llegada de dos hombres (Robert Pattinson y Williem Dafoe) a un faro, y el tiempo que deben de permanecer juntos esperando a sus sustitutos. Sin más. Todo lo que ocurre a posteriori –delirium tremens incluso- tienen mucho más peso dentro del trabajo realizado con la cámara – y con el brillante sonido- que con la historia en si.

Crítica de Ghostland 

Y es que lo que comienza como una simple -pero dura- tarea de mantenimiento, acaba en una lucha de personalidades similar a la que podríamos ver y sentir en Persona de Ingmar Bergman (1966), con una estética en blanco y negro sombría al mas puro estilo Dreyer (desde Phantom hasta Ordet), aunque en la práctica, no hay nada mas antagónico a esta película, que el estilo de Dreyer. Porque la contención, da paso a la locura, a la alegoría y a la metáfora visual, el montaje rompe cualquier linealidad y opta por seguir los parajes del mejor David Lynch: ninguna realidad, es más real que otra.

Llega un momento en el que la película se rompe, entre maldiciones, supersticiones, confesiones, y borracheras -con bailes- incluidos. Las actuaciones mas desquiciadas y grotescas que he visto en la gran pantalla este año, no son mas que perturbaciones y proyecciones de la propia esencia de la película, que es la construcción de una persona y la ocultación de uno mismo. Uno puede tener todo tipo de teorías viéndola, desde que la cinta habla de la debilidad del hombre ante la mujer, de la deconstrucción personal de un hombre esquizofrénico, del miedo y la incapacidad de enfrentarse a tu estrato y condición social -y la incapacidad para salir de él- o de la búsqueda de lo imposible -materializado en la forma del faro- a través de un viaje con ciertas referencias a la cultura griega y varios mitos que encuentran en esta obra un nuevo sentido.

Aunque hay que decir, que gran parte de la atmósfera -que es el gran baluarte sobre el que se sustenta todo- lo tienen los aspectos técnicos. Rodada en 4:3 , en 35mm y en celuloide de blanco y negro, la película consigue una textura de imagen que recuerda a clásicos del cine mudo, desde clásicos escandinavos de antes de 1920, hasta el propio expresionismo alemán. La planificación, optando siempre por la simetría e intentando ubicar al objeto clave exactamente en el centro, marca una disonancia extraordinaria, al estar sintiendo que vemos algo de hace mucho tiempo, pero con técnicas del presente. Mención especial se merece el diseño de sonido, trabajado hasta el horror con sintes con reverberación hasta la extenuación, que cabalgan unos encimas de otros en un bucle infinito, haciendo la función de las olas, el elemento que rodea a los personajes y les deja totalmente atrapados. Aunque llegados a este punto, habría que ver, hasta que punto las cárceles las llevan ellos mismos a cuestas. Una autentica genialidad y una de esas cintas que dejará huella en la historia del cine.

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