Tras su paso por la última edición del Festival de Venecia, el pasado viernes se estrenó en España Ema, la última película de Pablo Larraín

Que quede claro que Pablo Larraín es uno de los directores de cine más interesantes de los últimos tiempos. Donde el cineasta chileno pone el ojo, pone la bala. Ha sabido transgredir las convenciones de géneros tan manidos como el cine social, No (2012) el biopic  Jackie (2016) y Neruda (2016), pasando por el realismo picasiano de El Club (2015). En Cinéfilos Frustrados os hemos hablado anteriormente de este director a propósito del trailer de Jackie . Sin embargo, Ema, no se cuenta entre estos aciertos. Una lástima. Estamos ante una de esas películas donde ves que el director se precipita por el abismo sin paracaídas. Nada fuera de lo común por otra parte. Muchos autores, ávidos de experimentar con el lenguaje, tienen algún que otro traspiés de modernez del que no acaban de salir airosos. Pero a pesar de todo, por ser vos quien sois, se lo perdonamos.

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Ema cuenta la historia de Ema y Gastón, interpretados por Mariana Di Girolamo y Gael García Bernal, dos artistas chilenos que se ven sometidos a un duro enjuiciamiento social  tras haber “devuelto” al niño al que habían adoptado. Gastón, coreógrafo bohemio, y Ema, bailarina más bien punk, también tendrán que enfrentarse con las rencillas que ha dejado en la pareja la adopción y el abandono del pequeño Polo. Hasta aquí, todo claro.

La historia avanza mediante elipsis y poco a poco vamos urdiendo el rompecabezas de los protagonistas: el tabú de la adopción, el instinto maternal como una realidad impuesta y la incomprensión del entorno.

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Pero de repente, Larraín decide que esta no es la historia que le interesa contar en Ema. Sino que quiere abarcar más: quiere hablar del desmoronamiento de la familia tradicional,  de los roles de género, del reggaeton como metáfora de la libertad. En resumen, un brebaje difícilmente digerible, narrativamente inverosímil y estéticamente agotador.

La película alterna diálogos artificiosos, números de trap al atardecer y un erotismo superficial a ritmo de videoclip. Larraín se saca el poliamor de la chistera sin otro pretexto narrativo que el baile y su conexión con el cuerpo. Hay un momento en Ema en el que una no sabe si esta viendo una película, un musical o una recopilación de instagram stories. Pero eso no es lo peor.

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Lo peor es el discurso que subyace debajo de toda esta sucesión de imágenes, una idea de  provocación que de tan obvia produce sonrojo: Gastón, el hombre paternalista y condescendiente que rechaza la danza callejera desde una supuesta superioridad cultural. Ema, la figura incendiaria y a la vez maternal, capaz de unir a través del baile, el sexo y una nueva manera de concebir las relaciones, todo lo que ella misma había destruido anteriormente. El director se encarga de subrayarnos todo esto a través de un lenguaje enfático y detonante: travellings circulares, luces de neón, semáforos ardiendo y una protagonista que a veces parece una Madona anarquista y otras, una mística contemporánea.

Si la propuesta de Ema consiste en que nos preguntemos qué estamos viendo, desde luego, lo consigue. Pero la originalidad y el experimento no son un valor en sí mismos si la obra pierde toda unidad, coherencia y sentido. Por muy atractivo que pueda ser el contenido de la imagen, no sirve para explicar la película y el filme de Larraín termina dejando un regusto a performance, a panfleto, a UPA dance a la chilena.

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Reseña Panorama
Ema
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Comunicadora Audiovisual y Crítica de Cine desde los seis años. Intensita sin complejos. Dirijo el podcast La Ilusionista. Tengo más cuento que Calleja. Veo pelis. Escribo. Sobrevivo por encima de mis posibilidades.