Desde Noruega nos llega un film difícil de describir: Sick of Myself es por momentos una comedia negra, un drama, un retrato sobre la obsesión enfermiza o una sutil aproximación a la sociedad actual basada en la noción de hacer lo que sea para que te hagan caso en el mundo de las redes. Sick of Myself se estrena en cines el próximo 10 de marzo.

Si algo contundente, sólido e incuestionable podemos decir de Sick of Myself es que a veces no sabes muy bien que tipo de film estás viendo. Cuidado, sí sabes, de sobras, qué trama estás siguiendo (no, no es un bizarro ejercicio fílmico: la historia está clara, entretiene y cuenta con su punto comercial). Pero no sabes muy bien a que juega. Y en su ambigüedad reside su encanto: te apetece seguir para saber a que estamos jugando en realidad.

Signe, una joven noruega, es testigo de un violento accidente en la cafetería donde trabaja. El interés mostrado por unos pocos al verla cubierta de sangre despierta en ella una obsesión por repetir la experiencia. Decide probar con un medicamento ruso que ha dejado horribles marcas en la piel de muchos jóvenes.

Sick of Myself (01)

La premisa ya deja a uno descolocado. Bien pues ahí da inicio este curioso viaje. Signe, efectivamente (no incurrimos en spoiler, por supuesto) decide adquirir esos medicamentos para sufrir esos horribles efectos y que la gente le haga caso. Tan sencillo como eso. La chicha llega en como Sick of Myself va desgranando las distintas caras de su ensalada de intenciones. Y lo hace a modo de una suerte de figura poliedrica. A veces parece pisar la comedia, otras se acerca al drama, la crítica a la sociedad actual es incuestionable y, sin duda, muchas veces parece un film de terror.

Sick of Myself (02)

Kristoffer Borgli, director y autor del libreto, opta por esta narrativa zigzagueante que le da un particular aspecto onírico al film. La evolución física de Signe, que efectivamente logra su primer propósito (enfermar), abre la veda tonal de Sick of Myself cuando no logra por completo el segundo (que le hagan caso). Borgli, que en ese punto no oculta su crítica a como hemos vendido nuestra imagen al que dirán en las redes sociales, se marca el tanto definitivo cuando no sabemos siquiera si lo que vemos es real o no. Y es que Signe, claro, se imagina todo aquello que su enferma mente desea: un caso infinito, dar pena y despertar admiración a partes iguales. Y en el choque con la realidad reside el sopapo definitivo, directo a nuestras butacas, de tan particular película de origen noruego.

Ese punto casi de terror, especialmente cuando progresa la enfermedad hasta niveles que la comedia termina y empiezas a ponerte nervioso, se enmarca en un film notablemente frío y distante (no echamos de menos ese punto dramático llorón que tendría de ser un film estadounidense y no escandinavo). Kristine Kujath Thorp, que da vida a Signe, es la razón primera y última que explica el porque Sick of Myself llega a funcionar pese a su mezcla tonal: nadie en su entorno, y por supuesto en la platea del cine, anticiparía de que es capaz para lograr la atención que tanto anhela. Pero lo que da miedo es que Sick of Myself, y Signe, se sienten terroríficamente reales.

 

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