Analizamos la Palma de Oro de 2019, Parasite, del coreano Bong Joon-ho, una de las mejores películas de la década

Una imagen estática nos sitúa en una casa situada por debajo del pavimento. Podemos ver a través de su ventana la vida exterior, y con un ligero paneo hacia abajo, abandonamos esta vista y nos metemos de lleno en la vivienda, donde Gi, el hijo de una familia que subsiste como buenamente puede, esta preocupado por no tener señal wifi. Esta imagen, -entre muchas otras que pululan a lo largo de la película-, podría sintetizar Parasite de una forma precisa y concreta.

Porque el filme, es la historia universal de la desigualdad social, pero contada con un humor negro, ácido y cruel, aplicando estas desigualdades a nuestro presente -con todas las oportunidades que esto implica- y mostrando como de factible es la reversión del statu quo, y si finalmente, es posible pasar del subsuelo a la superficie. Aunque para ello, haya que convertirse literalmente, en un parásito.

La cinta es de un cinismo que asusta. El coreano ha conseguido aunar ese cine de festivales que tanto gusta -vamos, el de las desigualdades, lucha de clases y miseria- con una historia más propia del cine negro, con toques de thriller y momentos delirantes y un tanto perversos. Bong Joon-ho articula una historia donde cada decisión va un paso más allá y deriva la trama a un divertidísimo e hilarante desenfreno de situaciones absurdas, en la que dos familias, deben interactuar, siendo una de ellas, auténticos impostores con fines perversos. Esto toca tangencialmente con uno de los temas más profundos de las raíces del film, que es la falsedad en la sociedad actual, y la construcción de una persona o alter ego alternativo.

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Parasite nos muestra a personajes interpretando otros papeles para conseguir sus propios propósitos, pero incluso, los personajes más vulnerables, mienten para defender lo que más quieren, u ocultan información importante con el fin de no verse comprometidos. Al final, todas las referencias del inicio de la película a la falta de wifi -y por ende, a esa ventana que permite ser otra persona- se llevan al extremo cuando es gracias a la tecnología, que se puede perpetuar esta farsa. Incluso, hay una memorable escena en la que el objeto para amenazar y coaccionar que habría sido una pistola en el pasado, aquí no es mas que un simple e “inofensivo” teléfono. Un arma, que puede hacer incluso más daño que las balas, y desenmascarar la verdad.

Aunque la verdad, es un concepto relativo “y un tanto sobrevalorado” cuando entran en juegos valores más primigenios, como la superviviencia, la avaricia, el miedo, o la rabia. Y es ahí, cuando la película empieza a virar a terrenos pantanosos, que lejos de alejarnos de la historia, nos sumergen aún más, pero en una marea de miseria y corrupción moral, que empapa -literalmente- la pantalla, aunque paradójicamente, la película sigue manteniendo ese tono de comedia negra.

La cinta, es un prodigio visual en todos sus aspectos. No son pocas las referencias visuales a como los de abajo permanecen abajo, ya sea en su hogar, escondidos bajo una mesa, una cama, en un bunker, o incluso, bajo tierra, una vez muertos, frente a los planos de la superficie, del jardín o de la propia casa de la familia adinerada.  No solo es extraordinaria en el juego espacial, sino en el en el uso de los planos detalle al más puro estilo Hitchcock, las secuencias de montaje, que agilizan de forma precisa planes bastante complejos. En lo formal, tiene un exquisito planteamiento bastante clásico -mucho plano/contra plano- mezclado con travellings bastante agresivos cuando la historia literalmente avanza, y las interpretaciones, dentro de lo que es el cine asiático, son bastante “contenidas” y occidentales. Todo, al servicio de que trama y forma se compaginen de una forma sublime y cohesionada.

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Al final, Parasite es una obra con connotaciones sociales, filosóficas, y morales, que mezcla temas universales e inmortales, con otros de nuestro tiempo, todo ello rodado con una precisión maravillosa, y un ritmo y montaje que permite que pueda ser disfrutada por cualquier tipo de público. Una de las mejores palmas de oro de la década sin ninguna duda.

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