¿Controlan los judíos Hollywood? Parte 4 (El caso español)

Si todos los países europeos han tenido una complicada relación con su población judía, lo de España supera cualquier expectativa. Aquí se pasó de tener la mayor población hebrea del mundo (con ciudades como Lucena o Mahón… ¡en los que eran el 100%! algo inaudito en cualquier otro lugar de Europa) a que desaparecieran por completo.

Expulsiones ha habido en prácticamente todos los países, pero con una diferencia crucial: En todos se revertió al poco tiempo. En España, sin embargo, la población fue casi inexistente y clandestina hasta hace prácticamente nada. Un dato: En la Córdoba del S. X se estima una población judía de entre 50.000 y 55.000 judíos viviendo en la capital de Al-Andalus. Eso es más que la población actual de judíos españoles en todo el territorio, cuando la población es 100 veces mayor.

Esto ha hecho que todos los países de Europa hayan tenido una aportación cultural judía excepto España. Por eso no ha habido un Sam Mendes, un Michel Hazanavicius, un Roman Polanzky, un Milos Forman o un Stanley Kubrick español. Sin embargo, y esto es lo verdaderamente interesante, no significa que no haya habido un cine judío. Mínimo, comparado con el del resto de Europa, pero haberlo, haylo. ¿Lo más curioso de todo? Que podemos seguir la misma evolución que hemos visto hasta ahora: El cine de los refugiados del nazismo y la asimilación cultural, el despertar tras los años 70 y el nuevo cine identitario del siglo XXI. En todos estos momentos ha habido un cine judío español. Vamos a verlo.

Hablábamos en el primer artículo de cómo en los inicios del cine, la comunidad judía vio una oportunidad laboral que se les cerraba en otros ámbitos. Esto no ocurrió en España, básicamente, porque la población judía no llegaba al 0,02% y no pintaban absolutamente nada. Además, había cierta romantización con los sefardíes, a los que se había apodado “españoles sin patria” y con cierto fomento institucional para su llegada a España. En este contexto se rodó una de las películas más importantes de todo el cine español: La torre de los siete jorobados. Se la considera el pistoletazo de salida de uno de los géneros patrios más importantes ever and ever: El fantaterror. Se rodó en plena segunda guerra mundial, a dos años de que se abriera el campo de exterminio de Auschwitz y adapta la muy antisemita novela de Emilio Carrere.

La trama parte de que en 1492, una comunidad sefardí no se marchó de España sino que se ocultó bajo Madrid, creando una ciudad judía subterránea hasta el día de hoy. La novela trata a estos personajes de manera caricaturesca, deforme y vil, pero su director, Edgar Neville, le dio la vuelta por completo. En su película, los judíos sólo son pobres diablos que sobreviven como pueden y que tratan de evitar todo contacto y conflicto con el mundo cristiano exterior. Aunque Neville no dejaba de ser un pijo privilegiado, trató a la comunidad judía como lo hubiera hecho uno de ellos: Con respeto. Vuelvo a repetir, todo esto en pleno exterminio nazi. La cinta no tuvo mucha repercusión en su momento, pero hoy en día se ha convertido en uno de los mayores títulos de culto de todo el cine español.

El éxodo de artistas judíos centroeuropeos que huían del nazismo también aterrizó en nuestra cinematografía. La historia de cómo un colectivo judío austríaco recabó en Barcelona y fundaron Ibérica films ya la contamos en este artículo:

Reivindicando… Cuando los cineastas judíos vinieron a España

Este refugio que revitalizó la industria española no pudo tener continuidad por culpa de aquel gallego del bigotito y voz de niña que no merece ser nombrado. Estos pioneros, que podrían haber dado tanto a nuestro cine, tuvieron que volver a huir. El productor David Oliver logró arribar a Reino Unido y fundar otra productora. Algunos otros participantes de la aventura de Ibérica films fueron atrapados en su huida y asesinados en Auschwitz. Eso sí, se dio el caso excepcional del director de fotografía Heinrich Gärtner, que se cambió el nombre a Enrique Guerner y consiguió quedarse y hacer carrera profesional en España.
La relación del gallego del bigotito con los judíos fue mutable y pragmática. Pasó del antisemitismo feroz de la famosa “conspiración judeo-masónica” al «aquí no ha pasado nada». Cuando se dio cuenta que el eje iba a perder la guerra, cambió su alianza con Alemania y ajustó su política judía hacia una postura más neutral y oportunista, como si con él no fuera la cosa. Ya en la posguerra, para evitar el aislamiento internacional, se inventó que había sido el protector de judíos. Esta estratagema permitió que llegaran a España dos de los profesionales más importantes que ha tenido nuestro cine: Ladislao Vajda y Samuel Bronston.

Ladislao Vajda llegó en los años 40, huyendo del nazismo. La guerra civil había vapuleado la industria del cine español y España buscaba “importar” técnicos y artistas europeos que revitalizaran la cinematografía. Daba igual que fuera judío siempre y cuando se asimilara a lo español. Y vaya si lo hizo, pues rodó algunas de las películas más importantes que se han hecho aquí en toda la historia. La más famosa fue, paradójicamente, la catoliquísima Marcelino, pan y vino, pero por encima de todas está El cebo, una de las mejores películas jamás rodadas.

Samuel Bronston fue un productor de cine nacido en la actual Moldavia y llegó a España a finales de los años 50, atraído por las ventajas que ofrecía el país para rodar grandes superproducciones históricas: costes de producción más bajos, abundancia de localizaciones naturales y facilidades del régimen de Francisco Franco para atraer inversión extranjera en el cine. Se estableció en el país y convirtió España en el mayor plató cinematográfico del mundo. Él pensaba a lo grande, y sólo rodó a lo grande películas como El Cid, 55 días en Pekín, La caída del Imperio Romano y la epopeya cristiana Rey de Reyes (Era judío, pero también empresario)

Sin embargo, su empresa quebró porque los costes de producción fueron muchísimo más altos de lo previsto y algunas películas no recuperaron la inversión en taquilla. Su estudio entró en bancarrota tras problemas financieros y legales en Estados Unidos. La película que le quedó por hacer fue la biografía de Isabel la Católica, paradoja donde las haya. Precisamente, Fernando Trueba articuló sobre este fallido proyecto su película La reina de España. Mandy Patinkin, que daba vida al alter ego de Bronston, llega a confesar… ¿Pero qué hace un judío haciendo una película sobre Isabel la Católica?

La otra gran hornada de artistas judíos llegó a España desde Argentina, huyendo de su dictadura militar. Así pudimos tener a una de las mayores estrellas del cine español, Cecilia Roth, aunque anteriormente ya habían llegado otros argentinos judíos por razones puramente laborales, como el director de fantaterror Leon Klimovsky. Como veis, también en el cine hubo una primera etapa caracterizada por los inmigrantes de la shoá y la asimilación cultural para pasar desapercibidos.

A partir de los años 70, comienza un aperturismo social que coincide con una mayor visibilidad de la población hebrea. Aquí, películas como Caso cerrado, Proceso a Jesús y Maravillas se hacen eco de esta población, pero exotiquizándola en modo premium. Aquí no tuvimos un Spielberg, un Allen o una Streisand, sino directores de cultura cristiana dando constancia de que existían españoles judíos, aunque los retrataban como si salieran de Alicia en el país de las maravillas.

Ya hemos hablado en la anterior entrega de este especial cómo a partir del nuevo siglo apareció el llamado cine identitario, centrado en la representación de las identidades invisibilizadas o infrarrepresentadas en el cine convencional. Que sí, que estamos hablando de nuevo de lo woke. La diferencia con la situación estadounidense es que aquí no hay una industria establecida con una agenda oficial. El cine identitario español viene a ser más el cine de autor de toda la vida, aunque más centrado en temas y comunidades menos explotadas que antaño.

Al fin y al cabo, España ha tenido de siempre una tradición de cine social y visibilización de minorías en el que el la nueva cine identitario se ha sumado, sin cambiar realmente gran cosa de lo que ya había. La diferencia es que en España la mirada sigue siendo la del otro. Por ejemplo, Carmen y Lola habla de la comunidad gitana y Chinas de la idem, pero ambas fueron dirigidas por Arantxa Etxebarría que no es ni lo uno ni lo otro. Seguramente la asentadísima trayectoria del cine social en España haya hecho que las ideas woke no se hayan visto tan necesarias.

¿Y la cuestión judía? Pues aquí está la sorpresa, porque sí que hay cine de judíos españoles hablando de sus circunstancias judías. Eso sí, también aquí hay diferencias con el caso americano. El primero es de representabilidad. La comunidad judía española representa el 0,01 de la población total. Sacar de ahí a un director ya es complicado. Por eso sólo se han dado dos películas judías de directores judíos en un cuarto de siglo. Segundo, porque en Estados Unidos el hilo conductor es Cómo encaja la identidad judía dentro de Estados Unidos. En España va a ser cómo encaja dentro del crisol multicultural. No consiste en “cómo ser judío y español” sino en “cómo ser judío en una España cada vez más plural”, una comunidad más de entre todas las que hay. Claro que este análisis se basa en un triste par de cintas que no es suficiente como para hacer un análisis… pero trabajamos con lo que tenemos.

En 2004 se estrenó Seres queridos, dirigida por el matrimonio hispano-anglo-judío Teresa Pelegri y Dominic Harari. Por esas fechas estábamos inmersos en plena segunda Intifada. Remarco esto último porque la película parte de la siguiente premisa: Una chica judía va a presentar a su familia a su novio… palestino. Es una lástima, porque el punto de partida era oro puro, pero la película no resuelve bien todo el potencial cómico, narrativo y social que prometía.

Veinte años después, Violeta Salama rodó Alegría. Violeta es hija del documentalista sefardí melillense Moisés Salama y en su película hay, curiosamente, un punto de conexión con el nuevo cine judío americano. Alegría trata de una mujer judía que vuelve a Melilla por la boda de su sobrina. Allí se reencuentra con sus raíces sefardíes y hace amistad con mujeres cristianas y musulmanas. Vamos, más progre de Malasaña no puede ser el planteamiento pero sí vemos un nexo que la une espiritualmente a El brutalista, Un dolor real o, incluso, Marty Supreme: La necesidad judía de reafirmar no sólo su lugar en su sociedad sino también su nexo con el pasado. Si en el caso estadounidense la mirada está en la inmigración europea tras la shoá, en el de Violeta Salama lo vemos en la diáspora mediterránea. En el fondo, ambas parten de la idea de que un judío no es del todo indígena de su propio país, que siempre tiene la sensación de ser un inmigrante, de estar de prestado.

¿Sabéis lo más curioso de todo? Que pese a que el cine haya tratado la sensación de ser inmigrantes en su propia tierra, la comunidad judía española es la más antigua de todas las que hay hoy. Los hebreos llegaron con los fenicios, antes que griegos, romanos, cristianos y musulmanes. En otras palabras, si existen indígenas hoy en día en España… esos son los judíos.

No ha habido nada más de cine judío español, ni se prevee que lo haya (las nueva película de Salama no tiene nada que ver con sus raíces). La comunidad judía actual está absolutamente invisibilizada a nivel social y cinematográfico. Decíamos que pocos sabían que Cecilia Roth es judía, y mira que es famosa. Hay un cierto miedo a salir del armario. Pero si te estás preguntando a qué viene este interés en la historia del cine judío… pues resulta que Eitán es un nombre hebreo. A ver si la próxima página del cine sefardí español sale de cinéfilos frustrados.

Eitán
Eitán
Soy de Santander, pero es que tengo esta gracia en el hablar

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