Hemos llegado a los años 60 y el cine ha cambiado para siempre por un hecho clave: La caída de los grandes estudios. Además, después de la shoá, por lo que sea ya no está bien visto ser antisemita, tú sabes. Las historias de este nuevo Hollywood ya no son de los productores, sino de los cineastas.
Y en este mundo del cine, hay directores judíos de tercera o cuarta generación que ya no tienen interiorizado la invisibilidad a la que se les había forzado. Es la época de los derechos civiles, de la emancipación negra y Steven Spielberg, Woody Allen, Alan J. Pakula, Mel Brooks o Paul Mazursky ya no tienen que esconder que son judíos. Hemos pasado de esconder al judío en un búnker a lo que se conoce como el armario de cristal.

Nadie dice claramente que sea judío pero se dejan ver como tal. Son directores que no han vivido el antisemitismo sistémico o estructural de la sociedad (aunque del social no se salvaba ni uno) ni están sometidos a un sistema de estudios rígido que funciona como una fábrica hacer películas con control absoluto. Ahora los directores cuentan su vida. El cine se vuelve autobiográfico y los personajes de las películas son un reflejo de las propias vivencias de sus autores.
Un ejemplo de lo más ilustrativo. Barry Levinson, trató su identidad judía en la trilogía de Baltimore: Diner (1982), Avalon (1990) y Liberty heights (1999). En las dos primeras, lo judío o bien es implícito o bien es histórico. En Liberty heights, en cambio, lo judío es absolutamente explícito, llegando a decir la palabra “jew/jewish” hasta 5 veces cuando la película no lleva ni un minuto y medio. Por cierto, ¿Qué fue de Barry Levison? Lo fue todo en los 80 y principios de los 90 y ya nadie se acuerda de él. Pero sigamos.
La primera piedra del camino fue en 1968 con El graduado de Mike Nichols, director que provenía de una familia judía ruso-alemana. Eligió a un actor judío para interpretar a un personaje que, sobre el guion, era el típico blanco protestante. Reflejó la incomodidad de sentirte en un mundo al que no terminas de pertenecer del todo, ni tampoco harán porque lo hagas. Pero el gran paso lo dará el judío Willian Wilder al año siguiente con Funny face! Su protagonista, Barbra Streisand era una chica judía, con un físico tópicamente judío y que interpretaba a Fanny Brice, una cantante real… judía.

Unos años después otro judío, Sidney Pollack, la dirigió en Tal como éramos. En su personaje, la identidad judía no es decorativa sino que define toda su personalidad y conflictos. Streisand será clave en la normalización de los judíos en el cine, tanto como intérprete como directora. Impuso que sus personajes fueran judíos aunque en el guion no lo fueran y algunas de sus películas están ambientadas en la sociedad hebrea, como Yentl. Ella misma rompía con la imagen que debía tener una estrella femenina protestante anglosajona. Toda Barbra Streisand era un panfleto de visibilización judía (aunque, ya a modo de cotilleo, confesó que se planteó operarse la nariz). Tras ella, no son pocos los actores judíos que han priorizado interpretar a personajes de su comunidad: Adam Sandler, Ben Stiller, Andy Samberg, Seth Rogen, Rachael Bloom, Jonah Hill…

El judío, preferentemente neoyorquino y azquenazí, terminará tomando forma con la figura de Woody Allen y Mel Brooks. Su humor neurótico, intelectual, culpable y analítico (Annie Hall, Los productores) fijara la imagen de los judíos cinematográfico. No hace falta que diga que es judío, porque comportándose así el público ya lo da por hecho. Si viste la serie Seindfied o a Mónica y Ross Geller de Friends, ya sabes como es esta manera de definir a un personaje judío.
El otro gran hito en la normalización audiovisual de la presencia judía no se dará en la gran pantalla, sino en la televisión de los años 90. En dos de las comedias de éxito más arrollador, los protagonistas eran “judíos haciendo de judíos”: Will & Grace y, por encima de todo, La niñera. Will & Grace tenía como motor narrativo un doble contraste: Por un lado, el más evidente, que se producía entre los dos personajes homosexuales y los dos heterosexuales. El otro era la dualidad entre los dos judíos con los dos cristianos. Ambas líneas de tratamiento habrían sido impensables unos años atrás, pero esto no es nada comparado con La niñera. Aunque en televisión ya había habido algunas se haya que buscaba el nicho de espectador judío familiar, alguno incluso en los 60’s como Los Goldberg, lo de la niñera es otro cantar.
Fran Drescher, su protagonista, creó un personaje obscenamente judío en el mejor sentido de la palabra. Era una representación orgullosa, exagerada, protagonista y, más importante, comercialmente masiva. No era una serie judía para público judío, sino para toda la audiencia. Al igual que había pasado con la representación negra de El príncipe de Bel-Air, La hora de Bill Cosby y Cosas de casa, las minorías televisivas salieron del nicho para dirigirse a un público generalista.

La diferencia es que las series “de negros”, la trama y el conflicto no dependen de actores externos. Los protagonistas no se definen en relación a su relación con los blancos, sus historias se fundamentan en ellos mismos. El graduado, Tal como éramos, La niñera etc… se basan en el contraste de la identidad judía con la “cristo-normativa”. Mostrar la diferencia es lo que definen sus planteamientos.
Otra importante representación judía en este momento es la de revertir el antisemitismo clásico cinematográfico por medio de historias de comunidades históricas judías. El cine y la televisión de llenó de películas sobre la shoá e historias de comunidades judías (El violinista en el tejado, Yentl, Avalon, The Chosen…) con una cosa en común: Todas hablaban de un lugar lejano en el tiempo o el espacio. Como si hablar de lo que hacían los judíos en ese momento no fuera con ellos…
Para ver a judíos haciendo de judíos sin más, aún hay que esperar al nuevo siglo, que es lo que veremos en la siguiente entrega.

