El cine ha muerto. Larga vida al cine.

Remakes, reboots, universos expandidos, franquicias, secuelas… Parece que el mundo del cine se ha convertido en eso. Es y no es, porque la realidad siempre es más compleja y, lógicamente, eso no es tampoco el grueso de la producción cinematográfica. Pero el cine como lo habíamos entendido sí que murió en 2013. Vamos a ver por qué.

Vale, sé lo que estás pensando, que eso siempre se ha dicho, que siempre hubo remakes y segundas. Y tienes razón. La versión más conocida de Ha nacido una estrella es la dirigida por George Cukor y protagonizada por Judy Garland en 1956. Esa película se versionó en los 70 con Barbra Streisand y está un poco olvidada, aunque el tema central (Evergreen) es maravilloso. La última es la que todos conocemos, el debut de Bradley Cooper tras la cámara y el salto de Lady Gaga al estrellato del cine. Pues incluso la cinta de Cukor era la tercera vez que se llevaba la historia al cine. Otro ejemplo: Moulin Rougue! sería un reciclado de canciones famosas, pero eso también pasaba con temas míticos como As time goes bye (Casablanca) o Singin’ de rain (Bailando bajo a lluvia) ¿Qué diferencia hay entonces si es lo mismo? Toda, porque es lo mismo pero no es igual.

Cuckor tomó una película anterior, pero la rehizo como un producto nuevo. Adapta la historia en Technicolor, sonido estereofónico y CinemaScope para crear una película como no se había visto antes. Su película no apela a la nostalgia del público por la cinta original. Cuckor asume que muchos no la vieron, que otros no la recuerdan o, simplemente, que eso no importa.

Cooper sabe que su película es un remake y actúa como tal. Lo que creó fue un producto dentro de la marca «Ha nacido una estrella«. Oye, que me encanta su trabajo, no lo estoy despreciando por eso, sólo diferencio el concepto de ambas. Es decir, la diferencia es que antes un remake era una película nueva. Hoy es una marca.

Otro clarísimo ejemplo es comparar la relación que tienen el Nosferatu de Robert Eggers y el Drácula de Luc Besson con el original de Murnau. No buscan inventar un nuevo lenguaje cultural, sino profundizar uno viejo. En el caso de Eggers hay una intencionalidad autoral más marcada, pero no deja de ser arqueología cultural sofisticada, cinefilia de prestigio. Ambas operan como productos de la marca «Drácula» para nichos de consumidores diferentes.

Ahora, cojamos el Drácula de 1992. Incluso fusilando sin pudor elementos del Nosferatu original, como el juego de sombras, en Coppola aún la autoría se impone a la marca. No recicla, sino que remodela lo antiguo para crear un producto nuevo. Su Drácula, aun siendo lo mismo, no se parece a nada que hubiéramos visto antes en pantalla y eso fue un trabajo consciente de su director: No ser un «Drácula» mas de la franquicia, sino ser un punto y aparte.


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El problema de las dos cintas nuevas no es el hecho mismo de mirar al mito, sino que eso sea la condición para existir culturalmente. Ahí es donde mirar al pasado deja de ser una tendencia estética y se convierte en un límite histórico.

Que si, que del aluvión de Dráculas que hubo en la Hammer o en el fantaterror podríamos decir lo mismo… Pero no. Esos Dráculas eran cine de ciclo y explotación: usaban el mito como reclamo inmediato, sin autor-marca, sin control de canon ni promesa de identidad a largo plazo.

El Drácula de hoy en cambio, se concibe y se vende como branding: Una marca clásica, con estilo, prestigio y marketing global.

Esto no lo digo yo, lo dice gente más lista y con más estudios que yo. El filósofo Mark Fisher engloba esta muerte de la evolución del cine dentro de su crítica al capitalismo. En su ensayo Los Fantasmas de mi vida: escritos sobre la depresión, la hentología y los futuros perdidos, Fisher desarrolla su idea central: La cancelación del futuro:  Hemos perdido la capacidad de imaginar un porvenir verdaderamente distinto. El futuro ya no aparece como promesa de cambio, sino como una repetición del presente.

Fisher lo vincula con lo que llama realismo capitalista: la creencia extendida de que no existe una alternativa viable al sistema actual. Si no podemos imaginar un mundo distinto, tampoco podemos imaginar un futuro distinto. Por eso, dice Fisher, resulta más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Durante gran parte del siglo XX, el futuro se imaginaba como ruptura con nuevas formas de vida, de arte, de política y de tecnología. Para Fisher, esa expectativa se ha erosionado. Hoy, el futuro es simplemente una extensión del presente: más de lo mismo, apenas actualizado.

Uno de los síntomas más visibles de esta cancelación es la obsesión cultural con la nostalgia. Remakes, reboots, secuelas interminables, estilos musicales que imitan décadas pasadas, modas que regresan una y otra vez. La cultura no deja de producir, pero lo hace mirando hacia atrás. No crea lo nuevo: recicla lo conocido. Es un estancamiento cultural.

El crítico musical Simon Reynolds explica una idea muy similar en Retromanía. Este libro suele citarse como la explicación de por qué “todo suena igual”. Su propuesta es que la cultura pop se volvió obsesiva con su propio pasado. Internet facilita el acceso inmediato a todo lo anterior y esto frena la aparición de estilos completamente nuevos. Es lo que él llama “Adicción al pasado”.

Supongo que en muchos casos, esta vuelta al pasado no es sino un mecanismo contra el exceso de oferta. La sobresaturación hace que te bloquees y prefieras recurrir a lo que ya conoces. Al lugar seguro. No es nostalgia como tal, sino rechazo al ruido de tanto aluvión. Un cortocircuito mental. Porque esa es la paradoja, que no se deja de producir. Jamás en toda la historia ha habido tal cantidad de contenido cultural disponible y semejante aglomeración productiva. La cuestión no es esa, sino que ya no se rompe con el pasado. Ya no hay un movimiento cultural que busque sustituir a lo ya existente: Falta de ruptura generacional.

El cine de los 70 rompió con el clasicismo, el de los 80 lo sustituye por el espectáculo y el blockbuster, el de los 90 reacciona con ironía y cine independiente, el de los 2000 impone lo digital. A partir de ahí, llegaron los algoritmos, las plataformas y la nostalgia reciclada: un bucle continuo.

Todo esto no significa que no haya autores con voz propia, sino que estos están integrados en la misma dinámica de sobresaturar el mercado con más y más contenido y, al final, ninguno ha iniciado nada nuevo. Villeneuve terminó trabajando para las marcas Dune y Blade Runner. Greta Gershin, para la marca Barbie. Jordan Peele y el citado Robert Eggers al final tampoco le han marcado el camino a nadie. ¿Normal? Pues a lo mejor, pero tampoco tiene por qué.

Tarantino, Soderbergh o Linklater metieron lo indie en el mercado mainstream y ya nada volvió a ser lo que era. John Woo llegó desde la otra punta del mundo a decirle a Hollywood cómo había que hacer el cine de acción. Todos los niñatos en la escuela de cine se tocaban pensando en ser un nuevo Wong Kar Wai. No hay nadie en España que no quisiera ser Almodóvar, Álex de la Iglesia o Amenabar. ¿Y ahora? Porque nadie quiere ser Los Javis. Al final, su única aportación cultural es llenar de memes con Paquita Salas. Hemos pasado de ser trascendentes a ser virales.

Trascendencia VS viral. Inspiración vs algoritmo.

Piensa en cualquier película de los últimos diez años. ¿Cuál crees que será realmente recordada? ¿Crees que dentro de treinta años echarán La la land en la tele y seguirá siendo líder de audiencia como hoy pasa con Preety Woman. Bueno, eso si es que sigue existiendo la televisión, que vete tú a saber, pero has entendido a lo que me refiero. La película de la que todo el mundo hablaba el año pasado, Emilia Pérez, ya nadie se acuerda de ella. Estas son las últimas diez películas en ganar el Oscar: Anora, Oppenheimer, Everything Everywhere All at Once, CODA, Nomadland, Parasite, Green Book, The Shape of Water, Moonlight y Spotlight. Seguro que de la mitad ni te acordabas, pues imagínate dentro de diez años. Esto no significa que el cine sea peor que antes, sólo que ya las películas no son un evento cultural trascendente.

Si hasta aquí estamos todos de acuerdo, lo que me vas a preguntar es… ¿Por qué el año de defunción es el 2013 y no otro? Es una fecha simbólica. El 13 fue el año en el que se consolidaron las redes sociales, los smartphones y las plataformas de streaming. Vamos, que 2013 es, literalmente, el año que el mundo cambió. El 13 es el número de la mala suerte, no es por nada.

Y no, no es que el cine haya muerto. Eso no puede pasar, y menos ahora que cualquiera puede hacer una película con su movil. Lo que ha muerto es el cine como evento cultural y comunitario. ¿Es eso malo? Pues simplemente… es. Vivimos otra época, el mundo ha cambiado y las dinámicas culturales también. ¿Se revertirá este proceso? Pues no tiene mucha pinta. Al final todo cambiará, pero no forzosamente a lo que teníamos antes.

Sólo un dato. El cine físico ya ni siquiera existe. El Blu-ray no tendrá sustituto. Ahora todo está en la nube, en el vacío, en la nada. Sea como sea, me alegro de haber compartido el momento en el que el cine era un acontecimiento social.

Eitán
Eitán
Soy de Santander, pero es que tengo esta gracia en el hablar

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